Contra el “¿Quién eres?”

Los psicólogos tienen por costumbre, cuando desean probar un punto o cambiar de tema y derribar al contrincante, lanzar una pregunta que yo encuentro a lo menos molesta y muchas veces incluso absurda. Les sucede a mis colegas que si quieren probar la importancia de su ciencia, suelen preguntar: ¿Quién eres? Y ninguna respuesta jamás les satisface, porque el título de psicólogo y el de juez de esencialidades es todo uno.

Cómo me muevo en un ambiente de psicólogos, me topo más frecuentemente de lo que yo desearía con esa pregunta de disfraz trascendental que parece imposible responder satisfactoriamente. Pero yo pienso que la pregunta sobre quién eres es limitante y trillada y se ha convertido en una estrategia que la psicología barata utiliza cuando se queda sin nada más que decir.

Recuerdo un día en que, viajando con mi padre por Estados Unidos nos detuvimos frente a un  centro comercial nuevo. Mi padre que me lo mostraba entusiasmado, me dijo: “cuando yo sea grande, quiero ser centro comercial como ese”. Sonaba casi honesto. Su expresión y el tono de sus palabras me causaron risa, sobre todo porque, a sus más de 55 años, él ya era muy grande. Varios años, viajes y muerte de mi padre después, sus palabras todavía resuenan ocasionalmente en mi cabeza, cuando estoy frente a algo que me ha entusiasmado.

Si yo pudiese escoger ser cualquier cosa, escogería ser de aquellos que, al estilo de Aquiles Nazoa, le dan las malas nuevas al Ávila.  Alguna vez quise ser escritora, luego abandoné la idea por falta de talento y de una vida que contar, nunca más tuve un plan claro.

A mis 25 años las preguntas sobre ¿Quién soy y qué quiero ser cuando sea grande? tienen el mismo cariz que tenían a los 10. Nunca lograré entender del todo a aquellas personas que crecieron a los 21 y envejecieron a los 26. Que sabían a los 22 donde iban a estar por el resto de sus vidas y que nunca han tenido un atisbo de inseguridad cuando colocan su dirección en un formulario, saben que siempre estarán en el mismo lugar. Que asisten a sus trabajos, regañan a sus hijos, comen y duermen. Yo en cambio soy como mi padre y, en cada nuevo viaje, en cada nuevo libro y en cada nuevo proyecto me he topado con algo de lo que me he querido apropiar, que he querido ser.

Concluí, quizás erróneamente, que no en todas las ocasiones es válido un dicho, este de mi madre, que yo escuchaba a menudo en mi adolescencia: “para estar guindando es mejor caer”. Para mi caer siempre será caer; saber quién eres siempre será estrellarte en el pavimento frío que es la realidad. “Ser algo” tiene el tinte de lo acabado, de lo finito; “querer ser” en cambio es sinónimo de inconcluso, de posibilidades.

Yo prefiero aguantar la vida sin saber qué seré en unos años, mirando centros comerciales, minaretes y plazoletas y pensando en que cosas quiero ser, que cosas puedo todavía ser. Y entonces, aunque no sepa quién soy, se por qué no sé quién soy. Soy, por sobre todas las cosas, un algo inacabado, y es mejor así.

Voltaire y la desobediencia

El ancien regime, el antiguo régimen, es el término con el que se bautizó al estado anterior a la revolución francesa, en el que la monarquía tenía el lugar preponderante y en el que la sociedad se organizaba de acuerdo a la siguiente división: los que trabajan (campesinos, obreros), los que pelean (la monarquía, los caballeros) y los que rezan (el clero).

El surgimiento de un nuevo grupo, el de los filósofos, fue lo que realmente revolucionó a Francia, ya que el antiguo régimen no podía ofrecer un lugar a esa nueva clase: los que piensan. Para ubicar a estos pensadores fue necesario reorganizar la sociedad.

Desde luego, en Francia se pensaba desde antes. Pero aquellos que pensaban eran aquellos que pensaban en Dios o en la guerra… o en ambas cosas.

De toda la historia pre-revolución francesa, el personaje más prominente es Voltaire, a quien muchos conocerán por su frase: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a decirlo”. Que como dato curioso, sería más fielmente traducida como: “No estoy de acuerdo con sus ideas, pero me batiría (en duelo) para que usted pudiera expresarlas”, pero esta traducción más fiel no es tan sonora.

Luego de haberse enfrentado a la iglesia y a la monarquía, Voltaire dijo en alguna oportunidad: “Solo he rezado a Dios una vez en mi vida y fue una oración corta: Oh señor por favor haz a mis enemigos ridículos. Y Dios me lo concedió”.  Voltaire no se conformaba con el orden del Ancien Regime, por eso –y por querer batirse en duelo con un conde- fue expulsado a Inglaterra. Solo para volver habiéndose ganado un lugar en la historia.

¿Quién es Voltaire para mí? Uno de los primeros desobedientes de quienes tuve noticia, después de Simón Bolivar y Manuela Sáenz. La historia de la grandeza humana puede ser vista como un recuento de anécdotas de los desobedientes. Desde Eva hasta Reti Levi lo que admiramos es la desobediencia.

Y sin embargo también están llenas de desobedientes las cárceles. Son desobedientes también los antihéroes, los malvados de las películas y de la vida real. Si la obediencia y la desobediencia no son ni buenas ni malas en sí mismas ¿Por qué habríamos de enaltecer a una o la otra?

No me entiendan mal, yo misma soy de las de cinturón de seguridad hasta para ir a la esquina, pero no quisiera tener nunca la innoble tarea de entrenar a un niño para que sea un ser obediente. Y es que ser obediente pareciera ir en la misma categoría que ser pusilánime.

Enseñar a alguien a  ser obediente es el equivalente a ponerle pilas y un botón de apagado y encendido. Si lo que deseas es estar rodeado de gente obediente, tú no quieres una familia o un salón de clases, lo que tú quieres es un ejército de robots. Entonces, ¿Qué podemos hacer para juzgar las acciones de aquellos a quienes nos toca corregir?

Después de pensar y repensar el tema, creo concluir que la obediencia por si misma es perversa, posee la capacidad de convertir a naciones enteras en conejillos de indias y a intelectuales en máquinas de hacer mandados. Y sin embargo, lo más perverso de todo, es que siempre la deseamos. Basta que nos dejen solos con un primito de 5 años para que empecemos a predicarla.

Lo que sucede, es que en tanto esté subordinada a la razón y a los principios, la obediencia es irreprochable. La desobediencia, en cambio, siempre es reprochable, al menos desde el punto de vista de la tradición, la convención social o la legislatura vigente, pero no es por eso menos necesaria ni menos deseable.

Conozco un tipo de personas a las podemos llamar los desobedientes conscientes. Son distintos de los desobedientes en los que nuestros padres no querían que nos convirtiéramos. A estos segundos podemos llamarlos desobedientes tipo 2 y a los primeros, desobedientes tipo 1, así, numerados para no confundirnos.

Los desobedientes tipo 1 son las personas que se negaron a adoptar sencillamente los principios que les impusieron otros y se han preocupado por analizar sus valores. Que ante un mandato se preguntan cuáles serán las consecuencias a futuro de su obediencia, no tienen miedo a desobedecer pero disfrutan del estado de orden que brindan las normas.

Son las personas que saben que pueden desobedecer cuando quieran y que por ende, obedecen porque quieren. Ser un desobediente tipo 1 requiere bondad, pues a menudo supone obviar los intereses personales en pro del bienestar de los otros.

Los desobedientes tipo 2 son los que no desobedecen en nombre de un ideal o de un bien superior, sino que obtienen placer del reto a la autoridad,  la ausencia de normas y el desorden. Aquellos que son desobedientes patológicos, antisociales y sociópatas. O peor, aquellos que sin cumplir con los criterios diagnóstico de alguna enfermedad psicológica sencillamente actúan como que si las leyes no estuviesen allí para ellos.

Son los que no hacen la fila del banco, los que te adelantan por la derecha y, de paso, se comen la luz roja, los que se copian en los exámenes hasta en la universidad. Son demasiado machitos, demasiado cool, para respetar a los demás. Si tienen la nariz grande, es una suerte, porque nunca van a ver más allá de ella.

¿Cómo saber cuando un acto de desobediencia está impulsado por razones nobles? Desobedecer es como apostar, a veces se pierde. Un desobediente tipo 1 posee la valentía para soportar el castigo, pues comprende que la obediencia hubiese sido el peor de los males. Solamente puede ser un desobediente así la persona que cree, firmemente, en algo.

Las creencias y los ideales requieren complejos procesos de pensamiento abstracto, son accesibles a todos en sus formas más simples, pero en gran medida están reservados a aquellos que puedan pensarlos, evaluarlos, analizarlos y encararlos. Requieren inteligencia.

Aprender a desobedecer conlleva desarrollar habilidades de empatía, pensamiento crítico y autoconocimiento. Pensar, para aquellos que podemos hacerlo, es una obligación moral. Actuar moralmente es una responsabilidad ineludible. Las razones detrás de las acciones son más importantes que las acciones en sí mismas. Un acto de desobediencia no es nada, sin un ideal que lo respalde.

La desobediencia tipo 1 es un privilegio. Quienes poseen bondad e inteligencia pueden acceder a ella. Los demás deben obedecer o convertirse en desobedientes de la categoría de perros mal entrenados, sin atender a más razones que las de la voluntad inmediata.

Desobedecer como ven es muy difícil, pero una frase de Voltaire ayuda: “Cada hombre es culpable del bien que no hizo”. Siempre es preferible la desobediencia a esa culpa.

Un libro que no leí, los amantes panaderos y los católicos

A mí me gusta hablar de la iglesia católica porque es un tema de dos mil años de duración. Eso es más que la democracia moderna y el método científico combinados. Yo vivo en un país católico y la religión es, quieran o no los ateos, un tema que nunca deja de ser importante.

No ser católico en este país es muy parecido a tener un nombre raro, la gente te hace todo tipo de preguntas: que si cómo se escribe, de dónde viene, qué efecto tiene en tu personalidad y si serían malos tu mamá y tu papá. La cosa se pone más complicada si eres un ex-católico, pues entonces es como haberte llamado Andreina y pasar a llamarte Yubiridixaida.

El asunto es que así soy y de la lista de las herejías modernas (feminismo, secularización) yo he hecho un repaso y comprobación. No hay cosa que Ratzinger diga que no se debe hacer que yo no haya hecho, y no hay cosa que él piense que no se deba pensar que yo no piense que hay que pensarla absolutamente. Por regla general, si el opina algo, yo opino absolutamente lo contrario, regla que viene confirmada por la excepción del aborto.

Hay gente que piensa como Ratzinger y hay gente como yo. Pero dado que son ellos y no nosotros los que son católicos eminentes, debemos ser nosotros y no ellos quienes tenemos que abandonar la iglesia. Con esto yo he hecho las paces.

Lo que motiva este post no es el conflicto largo y extenso que yo suelo mantener con Mr. Ratzinger frente al espejo, y que tiene siempre algo de monólogo enfurecido, sino la publicación de un libro en inglés llamado ‘Survival guide for thinking catholics’ (guía de supervivencia para católicos pensantes), escrito por el cura jesuita Thomas J. Reese.

Este libro es uno de esos productos que ves en Amazon y que te hacen desear ser el dueño de Amazon, porque quisieras tenerlos pero no pagarías por ellos. Confieso que me encantaría leerlo porque yo fracasé en esa tarea y frente a ser católica o ser pensante, tuve que decantarme por lo segundo. He leído algunos artículos de Fr. Thomas J. Reese  y me han gustado sus ideas, pero imagino que, al menos aquí, tendría poco público.

El tema que trata Reese es interesante y tiene que ver con todo el rollo sobre pensar y obedecer, que parecen ser acciones que no se la llevan bien. Imaginen –porque hoy estoy filosófica- que la orden que tenemos es la de pensar. Entonces cabría preguntarse y ¿Por qué tengo que pensar, por qué no podría no pensar? Pero al hacerte estás preguntas estarías pensando, obedeciendo. Podrías decidir no pensar pero para eso tendrías que haber pensado que no vas a pensar, es decir habrías obedecido ya previamente y como llegaste a esa conclusión mediante el pensamiento racional, aún no has incumplido la orden.

La cuestión es que la iglesia católica nunca ha mandado a la gente a pensar, sino a obedecer. Y si desobedeces, es una doble desobediencia: porque es un hecho de desobediencia y porque es una desobediencia a la orden de no desobedecer. Y no creo que esta sea una de esas situaciones en las que dos negativos se cancelan. Para mí la obediencia no es un valor. De entrada, cero en catecismo.

En la iglesia católica la obediencia al papa es una cuestión teológica, por aquello de que es el vicario de Cristo y que mas que respeto merece sujeción. Pero yo creo que las conclusiones que los teólogos católicos vapulean como verdades absolutas, son meramente opiniones, que ellos mismos van a cambiar en unos miles de años, cuando ya no les dé el mercado. Si coincido con algunas tesis de la teología de la liberación, pero con esta gente solamente en lo religioso, porque si llego a ser comunista, me suicido del asco.

Pero volvamos al libro que no leí. Lo que me agradó de su solapa es que Reese parece reafirmar que es posible ser creyente y ser pensante, tesis que yo, absolutamente apoyaría. Para nada comulgo con esa idea que anda circulando por internet de que los ateos sean más inteligentes que los creyentes. Algunas personas que afirman esto se basan en la constatación de que las personas más inteligentes del siglo, son ateas. Pero pensémoslo por un minuto: estas personas tan inteligentes no lo son porque hayan demostrado talento para la filosofía y la teología, sino para la ciencia y la tecnología.

En ese caso, es como pensar que un buen panadero tiene que ser también un buen amante. Hay una conexión: es bueno con las manos, te lleva un sándwich a la cama para el después de y cuando se acerca huele a pastel de chocolate. Pero no tiene porqué ser mejor amante que el carnicero (ojo, que yo no estoy diciendo que lo sepa por experiencia).

Pero si sé por experiencia que los creyentes pueden ser pensantes. Yo vivo en un país donde casi todo el mundo es pensante y en el que es difícil determinar cuántos son creyentes. Pero son muchos. Al menos el 80% se identifica con alguna denominación cristiana. Claro que también pareciera que el 70% se identifica con la democracia, pero cuando cuentan los votos la conclusión parece otra: el mismo hombre al poder durante muchos años, que vivan los Castro, no voté, me quedé en mi camita (con  el panadero)…

Es difícil tener cifras confiables sobre la cantidad de católicos puesto que habría que definir qué cosa es un católico. No todos los bautizados contaríamos. Además, parece que en nuestra sociedad domina lo que se ha dado por llamar “católico a mi manera”, que es una especie de ‘Pick-n-choose’ partes de la religión.

Es este fenómeno, el de “católico a mi manera”, el que me permite afirmar la inteligencia de los creyentes, pues lo que esto significa es que la mayoría prefiere el sentido común a la obediencia. Desde luego, que también esto se debe a que la mayoría de los católicos no conoce a fondo la doctrina religiosa, pero aún esto me parece motivado por el hecho de que saben que si se preocupasen por entender la doctrina, acabarían como yo.

De entrada son, al menos, más inteligentes que yo, puesto que si yo me hubiese dado cuenta no me hubiese metido nunca en la página del vaticano, ni me hubiese preocupado por saber quién es que era Ratzinger.

Están además esos otros católicos, los que practican porque realmente acuerdan con la doctrina. Estos son inteligentes, puesto que para entender la teología católica después de la modernidad es necesario cómo mínimo un coeficiente intelectual de 150.

Por lo tanto, los católicos, que son los creyentes que yo conozco, no son para nada tontos. Pero lo que si les sucede a muchos, es que sufren de un profundo desinterés por ahondar en su religión. Este desinterés me parece que es legítimo, puesto que quizás se deba a la intuición de que muchas cosas no andan bien con las leyes canónicas, y si no puedes influenciarlas, ¿Para qué enfrentarlas?

Lo que yo he constatado en conversaciones cotidianas es que los católicos que me rodean poco comprenden de transubstanciación, prohibición de anticonceptivos e infalibilidad papal. Sencillamente creen en la virgen y para todo lo demás aplican el sentido común. No tienen ni idea de los conflictos de los que el señor Reese habla en su libro, y es por eso que, al menos aquí, tendría pocos lectores.