Voltaire y la desobediencia

El ancien regime, el antiguo régimen, es el término con el que se bautizó al estado anterior a la revolución francesa, en el que la monarquía tenía el lugar preponderante y en el que la sociedad se organizaba de acuerdo a la siguiente división: los que trabajan (campesinos, obreros), los que pelean (la monarquía, los caballeros) y los que rezan (el clero).

El surgimiento de un nuevo grupo, el de los filósofos, fue lo que realmente revolucionó a Francia, ya que el antiguo régimen no podía ofrecer un lugar a esa nueva clase: los que piensan. Para ubicar a estos pensadores fue necesario reorganizar la sociedad.

Desde luego, en Francia se pensaba desde antes. Pero aquellos que pensaban eran aquellos que pensaban en Dios o en la guerra… o en ambas cosas.

De toda la historia pre-revolución francesa, el personaje más prominente es Voltaire, a quien muchos conocerán por su frase: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a decirlo”. Que como dato curioso, sería más fielmente traducida como: “No estoy de acuerdo con sus ideas, pero me batiría (en duelo) para que usted pudiera expresarlas”, pero esta traducción más fiel no es tan sonora.

Luego de haberse enfrentado a la iglesia y a la monarquía, Voltaire dijo en alguna oportunidad: “Solo he rezado a Dios una vez en mi vida y fue una oración corta: Oh señor por favor haz a mis enemigos ridículos. Y Dios me lo concedió”.  Voltaire no se conformaba con el orden del Ancien Regime, por eso –y por querer batirse en duelo con un conde- fue expulsado a Inglaterra. Solo para volver habiéndose ganado un lugar en la historia.

¿Quién es Voltaire para mí? Uno de los primeros desobedientes de quienes tuve noticia, después de Simón Bolivar y Manuela Sáenz. La historia de la grandeza humana puede ser vista como un recuento de anécdotas de los desobedientes. Desde Eva hasta Reti Levi lo que admiramos es la desobediencia.

Y sin embargo también están llenas de desobedientes las cárceles. Son desobedientes también los antihéroes, los malvados de las películas y de la vida real. Si la obediencia y la desobediencia no son ni buenas ni malas en sí mismas ¿Por qué habríamos de enaltecer a una o la otra?

No me entiendan mal, yo misma soy de las de cinturón de seguridad hasta para ir a la esquina, pero no quisiera tener nunca la innoble tarea de entrenar a un niño para que sea un ser obediente. Y es que ser obediente pareciera ir en la misma categoría que ser pusilánime.

Enseñar a alguien a  ser obediente es el equivalente a ponerle pilas y un botón de apagado y encendido. Si lo que deseas es estar rodeado de gente obediente, tú no quieres una familia o un salón de clases, lo que tú quieres es un ejército de robots. Entonces, ¿Qué podemos hacer para juzgar las acciones de aquellos a quienes nos toca corregir?

Después de pensar y repensar el tema, creo concluir que la obediencia por si misma es perversa, posee la capacidad de convertir a naciones enteras en conejillos de indias y a intelectuales en máquinas de hacer mandados. Y sin embargo, lo más perverso de todo, es que siempre la deseamos. Basta que nos dejen solos con un primito de 5 años para que empecemos a predicarla.

Lo que sucede, es que en tanto esté subordinada a la razón y a los principios, la obediencia es irreprochable. La desobediencia, en cambio, siempre es reprochable, al menos desde el punto de vista de la tradición, la convención social o la legislatura vigente, pero no es por eso menos necesaria ni menos deseable.

Conozco un tipo de personas a las podemos llamar los desobedientes conscientes. Son distintos de los desobedientes en los que nuestros padres no querían que nos convirtiéramos. A estos segundos podemos llamarlos desobedientes tipo 2 y a los primeros, desobedientes tipo 1, así, numerados para no confundirnos.

Los desobedientes tipo 1 son las personas que se negaron a adoptar sencillamente los principios que les impusieron otros y se han preocupado por analizar sus valores. Que ante un mandato se preguntan cuáles serán las consecuencias a futuro de su obediencia, no tienen miedo a desobedecer pero disfrutan del estado de orden que brindan las normas.

Son las personas que saben que pueden desobedecer cuando quieran y que por ende, obedecen porque quieren. Ser un desobediente tipo 1 requiere bondad, pues a menudo supone obviar los intereses personales en pro del bienestar de los otros.

Los desobedientes tipo 2 son los que no desobedecen en nombre de un ideal o de un bien superior, sino que obtienen placer del reto a la autoridad,  la ausencia de normas y el desorden. Aquellos que son desobedientes patológicos, antisociales y sociópatas. O peor, aquellos que sin cumplir con los criterios diagnóstico de alguna enfermedad psicológica sencillamente actúan como que si las leyes no estuviesen allí para ellos.

Son los que no hacen la fila del banco, los que te adelantan por la derecha y, de paso, se comen la luz roja, los que se copian en los exámenes hasta en la universidad. Son demasiado machitos, demasiado cool, para respetar a los demás. Si tienen la nariz grande, es una suerte, porque nunca van a ver más allá de ella.

¿Cómo saber cuando un acto de desobediencia está impulsado por razones nobles? Desobedecer es como apostar, a veces se pierde. Un desobediente tipo 1 posee la valentía para soportar el castigo, pues comprende que la obediencia hubiese sido el peor de los males. Solamente puede ser un desobediente así la persona que cree, firmemente, en algo.

Las creencias y los ideales requieren complejos procesos de pensamiento abstracto, son accesibles a todos en sus formas más simples, pero en gran medida están reservados a aquellos que puedan pensarlos, evaluarlos, analizarlos y encararlos. Requieren inteligencia.

Aprender a desobedecer conlleva desarrollar habilidades de empatía, pensamiento crítico y autoconocimiento. Pensar, para aquellos que podemos hacerlo, es una obligación moral. Actuar moralmente es una responsabilidad ineludible. Las razones detrás de las acciones son más importantes que las acciones en sí mismas. Un acto de desobediencia no es nada, sin un ideal que lo respalde.

La desobediencia tipo 1 es un privilegio. Quienes poseen bondad e inteligencia pueden acceder a ella. Los demás deben obedecer o convertirse en desobedientes de la categoría de perros mal entrenados, sin atender a más razones que las de la voluntad inmediata.

Desobedecer como ven es muy difícil, pero una frase de Voltaire ayuda: “Cada hombre es culpable del bien que no hizo”. Siempre es preferible la desobediencia a esa culpa.

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