Las comillas del “rol especial”

Las mujeres, las personas con discapacidad, los homosexuales y los pobres tenemos un papel que representar en el escenario social, sin embargo, los directores han tenido dificultades para ubicarnos en los cambios de luces y escenas. Nuestros diálogos son cortos. Nuestro rol, muy a menudo, de acompañantes. Nuestro trabajo principal: comentar la vida de los otros, adornar la escena, vender un producto, conmover.

Cuando Alison Bechdel hizo, a modo de broma, su test para medir la brecha de género en las películas de Hollywood, quizás no pensó que su prueba sería válida 30 años después. Entre las películas más famosas, de excelente guión e impecable formato, un alto porcentaje no supera el sencillo examen que consiste en contener al menos dos mujeres, que hablen entre ellas en algún momento, sobre otra cosa que no sea un hombre.

A las feministas se las llama exageradas y se las invita a aumentar la frecuencia de sus orgasmos, como cura para su actitud apasionada y su percibida autosuficiencia. Los historiadores hablan del “rol especial” de las mujeres, pero cuando lo hacen, a lo que se refieren es a su rol secundario en los importantes eventos que han dado forma a la cultura occidental.

Algo similar pasa en la literatura, y no es infrecuente encontrar entre las mejores colecciones de clásicos una larga lista de excelentes escritores, en que resalta la ausencia de sus contrapartes femeninas. Un vistazo más profundo a la historia de la literatura nos demuestra que, sorprendentemente, varias mujeres escribían, pero sus trabajos no cumplían con el canon. Algo en su forma de contar historias no compelía a los críticos encargados de identificar a los mejores. Y sin embargo, allí están sus obras, Santa Teresa, María De Zayas… escritoras excelentes. En bachillerato se nos obliga a leer ‘Cien años de soledad’, La muerte de Honorio, Doña Bárbara, La Ilíada y el Quijote, pero a Sor Juana Inés de la Cruz, una de las mejores escritoras latinoamericanas y la última de los grandes de la edad de oro, no se la incluye entre los clásicos, y el grueso de la población hispanoparlante ignora su obra.

A las mujeres se les da flores, pero no se les da poder. De la misma forma que a los homosexuales se les da tolerancia, pero no aceptación. O a los alumnos con discapacidad se les da un cupo, pero no se les integra. No saben qué hacer con nosotros, no saben dónde ponernos. Somos -como decía Facundo Cabral sobre el amor- una incomodidad necesaria. O innecesaria, pero presente.

La “no pertenencia” de los grupos “incómodos” está tan inmersa en el discurso cotidiano que a veces no nos damos cuenta. “marica”, “retrasado”, “mamita” siguen siendo insultos. “macho” es prácticamente un cumplido.

Pero hay esperanza. Si bien es cierto que somos los receptores de esta cultura, también lo es que somos sus escultores. Vale la pena empezar a cambiar las formas, cuestionarnos los contenidos del discurso. Se habla de las personas con discapacidad como grandes ejemplos, pero si nos creyésemos la historia, elegiríamos a un mudo de presidente.

A las mujeres se las alienta a seguir los ejemplos de las otras “grandes mujeres”, mientras que sabemos que los líderes principales eran hombres… se las alienta a ser las “grandes secundarias”. María y María Magdalena, dicen los religiosos, pero no Jesucristo, esa aspiración ya está reservada… para el otro tipo de gente.

A los homosexuales se les pregunta por qué se empeñan en imitar el matrimonio tradicional, cuando todos sabemos que, si inventasen algo nuevo, también eso se los prohibiríamos. Se habla de que deben encontrar su “propio lugar” porque el matrimonio es la base de la sociedad, y la desviación no pueden ser la base de una sociedad tan ejemplar e impecable como la nuestra. Lo que sucede es que la base de la sociedad no es el amor, señores, es la tradición.

El entrecomillado que acompaña a nuestro rol de “personas especiales” y “lugar importante” más que representar un problema, es parte de la solución. Cada vez que en un discurso público cabe colocar las comillas cuando se habla de nosotros, lo que significa es que el orador no sabe dónde ponernos y nos dice: “los de distinta orientación”, “los angelitos del cielo”, “los más necesitados”…

Lo cierto es que tampoco tiene por qué saberlo. El orador sabe cuál es su lugar y yo sé cuál es el mío. Ni yo puedo decidir el suyo, ni él debe decidir por mí. Sean honestos, admitan que no saben qué hacer con nosotros y dennos la palabra, que ya encontraremos donde colocarnos. No corren el riesgo de una caída moral de la sociedad (eso, quizás, ya sucedió). El único riesgo que corren, es tener que rodar las sillas y abrir espacio en la mesa.

Anuncios

2 pensamientos en “Las comillas del “rol especial”

  1. Pingback: Las comillas del “rol especial”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s