Nosotros, las ovejas negras de la revolución bolivariana

Se acuerdan los lectores venezolanos, cuando Winston Vallenilla gritaba “FAMILIA!!” por la pantalla de RCTV. ¿A quién le gritaba? No a su familia, ni a las hipotéticas familias que estarían viendo el programa, porque a decir verdad, es posible que muy pocos televidentes estuviesen de hecho viendo el programa en familia: la audiencia target tenía una delimitación de edad que hacía difícil que el programa apelara a todos los miembros de un grupo intergeneracional, como es la familia. Vallenilla lo gritaba sin más, a toda Venezuela o a la “familia televidente” de aprieta y gana.

La equiparación de un grupo social cualquiera con la célula base de la sociedad es tan común que pasa sin el menor análisis. “mis amigos son mi familia”, “este mundo es una gran familia” y ¿por qué no? El país como familia, equiparación que funciona mejor en países americanos que en países europeos… y probablemente mucho mejor en países árabes y/o asiáticos, puesto que depende de los niveles de la identificación del individuo con su patria.

La equiparación se ve más clara en expresiones como la “madre patria” (usada en Hispanoamérica para referirse a España, si bien hoy solo se hace a modo de broma)  o los hijos de la patria.

Quienes pertenecemos a la generación de los tardíos 80  (yo soy del 87) caemos en una línea divisoria borrosa. Nuestros padres son los hijos de la democracia, nacidos alrededor de la caída de Marcos Pérez Jiménez y criados en esos primeros años en que la democracia parecía no estar aún demasiado viciada. Tenía que probar a la población que funcionaba.

Mi generación, que ha vivido la mayoría de su vida, y desde luego, toda su vida política, bajo el gobierno de Hugo Chávez está formada por los hijos adoptivos de la revolución bolivariana que llegó al poder en nuestra infancia tardía.

Yo tenía 11 o 12 años y estaba en el último grado de primaria cuando inició la campaña por la presidencia que terminaría con el 54% de los votos para Chávez. Nosotros crecimos experimentando los cambios que la revolución introdujo al sistema educativo, escuchando o al menos haciendo zapping por el programa de aló presidente y las cadenas presidenciales.

Se fueron borrando nuestros vagos recuerdos de otros presidentes en el poder. Yo recordaba haber escuchado a un anciano Caldera hablar por televisión desde el lugar donde muchas veces había visto a Hugo Rafael…. Pero el recuerdo estaba más alimentado por los libros de historia que por la verdad de un hecho pasado.

La confirmación de que somos los hijos de la revolución me llegó durante los funerales de Chávez. Se nombró a los jóvenes que iban a rendir honores al padre de la revolución que los había criado y quienes aparecieron tenían edades que rondaban la mía. Lo que sucede con un grupo de nosotros es que no somos sus hijos mimados.

Recientemente hablaba con un amigo, chavista de pura cepa, 10 u 11 años mayor que yo, y él me recordaba los males de la democracia caduca que antecedió a las elecciones del 98, en caso de que mi mente infantil hubiese olvidado lo que nunca supo y de lo que solo me enteré después. La democracia había olvidado a sus hijos más frágiles, y estos se habían emancipado en un episodio edípico.

Él me recordaba la pobreza, la insuficiencia de los planes sociales (o su virtual inexistencia), el descuido en el que había caído la educación pública, la consolidación de una élite en el poder. Y desde luego, sus acusaciones eran justas y adecuadas. El era un hijo de esa democracia, pero en tanto que le había tocado ese rol, era la oveja negra de la familia.

Sus críticas tenían el propósito de hacerme entender lo que debía agradecerle a la revolución que me adoptó, y con ello me salvó de una adolescencia de espectadora en la cancha de ping pong donde Acción Democrática  y Copei se intercalaban el poder.

Yo soy una hija de la revolución, pero en tanto que su hija, yo y también una porción importante de mi generación, somos sus ovejas negras. Criados con historias de promesas incumplidas, la revolución nos abrió los ojos. Pero una vez bien abiertos, nos percatamos de la lotería arbitraria en la que los más pobres se juegan la posibilidad de tener una vivienda propia. 200 familias sin hogar, reparte 30 y los demás votarán por la posibilidad de ser ellos los próximos afortunados.

Baja algo de dinero por la cadena de mando… No importa en bolsillos de quién acabe mientras que la comunidad vea que un dinero se repartió…. La culpa no es del gobierno.

Construye enemigos comunes, aún cuando se desafíe a la lógica: los productores no quieren distribuir lo que produjeron, los vendedores no quieren vender y los chigüires están en contra de la compañía eléctrica de la nación (por eso se va la luz). Culpa a los productores, mientras que atacas al consumismo.

Mientras tanto, las compañías son del gobierno (o de los gobernantes), los vendedores saben que en tu sistema económico el producto escaseará mañana, y quienes podrían ser productores, no producen, porque les sale más económico guardar su dinero en moneda extranjera que trabajar en una economía que se infla por minutos y estallará en cualquier momento.

Sería interesante ver competir dos propuestas de socialismo, la actual, contra otra que no se olvide que el bienestar económico es requisito para el bienestar social y se enfoque propiamente en garantizar el progreso de toda población, desdeñando, como no ha hecho esta, la corrupción y la consolidación de su élite.

Por ahora, una persona 30 años mayor que yo, me habla de las maravillas de la democracia, una persona 11 años mayor que yo me habla de los vicios de los políticos de la democracia.

Una persona 11 años mayor que yo me habla de las maravillas de socialismo. Y yo le hablo de sus vicios. La historia se repite con precisión irónica.

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2 pensamientos en “Nosotros, las ovejas negras de la revolución bolivariana

  1. Lo prometido,mi comentario.

    3 años no son pocos y esta obeja del 84 recuerda el ascenso y caída de CAP. La aparición del chiripero y y al finado HCF.

    Mi padre Adeco de base y mi madre copeyana de pasado masista(del MAS no Marx aclara ella), ellos fueron de los hijos privilegiados de la cuarta república, no fue su culpa pero tampocolos exime del castigo que corresponde por el olvido y la distancia que tomaron de la llamada “Cuestión Social”.

    Yo y quien escribe este blog, creo, somos huérfanos, no somos hijos de esta nueva Era ni de la anterior. Estamos atrapados en un vacío en el medio. Somos huérfanos actores de este circo, te concederé en aceptar que somos hijos “recogidos”, término peyorativo para este tipo de casos.

    Al punto, considerare un halago ser una oveja negra nuestra posición nos libra de prejuicios hacia el pasado y hacia el futuro, nos permite mirar con visión de centro por encima de la izquierda y la derecha de esto que hoy es nuestra Venezuela.

    Gracias por forzar mi mente al viaje del tiempo de los recuerdos, objetivo logrado

    Esperare con ganas el próximo, y a por los 1000 ese café será mío y prometo no tirarlo esta vez(por ahora.)

  2. Excelente, profe.

    Opino que no busquemos regresar o alcanzar, sino que hagamos de la oveja negra nuestra bandera y avancemos solitos. En vez de sentarte a escojer entre Lacan o el Conductual-Cognitivismo, puedes cooperar con las demás ovejas para desarrollar nosotros ideas científicas que nos sirvan.

    ¿Chávez?
    ¿A.D.Copey?
    Who needs that shit?

    Bastante tierra fertil que hay en Venezuela para estarse cortando las venas por el petro-gobiernismo, ya sea democrático o no-tan-democrático. La lección que aprendimos los que nacimos con CAP-II es que es una estafa para bobos, ya sea gringoimperialista, comunistadecócrata, o un pana tuyo.

    Saludos, guarda mi email para lo que sea. ¡Me gusta este blog! Te dedico esta de Humano, Demasiado Humano:

    473. El socialismo desde el punto de vista de sus medios de acción.

    El socialismo es el fantasioso hermano menor del despotismo agonizante, cuya herencia pretende recoger; sus aspiraciones son, entonces, reaccionarias en el más hondo sentido, porque desea el poder estatal en ese grado de plenitud que sólo ha llegado a alcanzar el despotismo, superando incluso al pasado al tratar de aniquilar pura y simplemente al individuo, que le parece un lujo injustificado de la naturaleza, que se cree obligado a corregir para convertirlo en un órgano útil de la comunidad. A causa de esta afinidad, se encuentra siempre en los aledaños de todo despliegue excesivo de poder, como hizo el antiguo socialista típico que fue Platón en la Corte del tirano de Siracusa. Desea (y en su caso secunda) el despotismo estatal y cesarista de nuestro siglo, porque, como he dicho, querría ser su heredero. Sin embargo, ni esta herencia colmaría sus fines, ya que precisa la sumisión más servil de todos los ciudadanos al Estado absoluto en un grado que todavía no ha tenido parangón alguno; y como ya no puede contar con la antigua piedad religiosa de la que se beneficiaba el Estado, ya que, de buen o mal grado se ve obligado a combatirla constantemente, ya que se esfuerza, de hecho, en eliminar toda forma de «Estado» constituido, no puede aspirar más que a una existencia breve y dispersa, y ello recurriendo al
    terrorismo más extremado. Por eso se prepara en secreto para el ejercicio soberano del terror e introduce como un clavo la palabra «justicia» en la cabeza de las masas poco cultivadas para privarlas totalmente de su buen sentido (ese buen sentido que ya ha sufrido en buena medida el efecto negativo de la poca cultura) y darles la tranquilidad de conciencia necesaria para representar el vil papel que les tocará desempeñar. El socialismo puede servir para mostrar de forma brutal y sobrecogedora el peligro que entraña toda acumulación de poder en el Estado y para inspirar la subsiguiente desconfianza hacia éste. Cuando su ronca voz se suma al grito de guerra: «lo más posible de Estado», éste resonará más estentóreo que nunca; pero pronto estallará con no menos energía el grito radicalmente opuesto: «lo menos posible de Estado».

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