Hacer el what?

¿Se acuerdan de la época en la que a tener sexo se le decía hacer el amor? Eso era cuando todavía teníamos RCTV y vivíamos imbuidos en el mundo de las telenovelas. No sé si en el resto de América Latina las novelas conservan aún su popularidad, pero por lo que puedo ver, en Venezuela ya casi no se ven. De hecho, en general se ve menos televisión, y ese poco tiempo se destina más a películas y series que ahora, además de estadounidenses, también son francesas, argentinas o inglesas.

Yo recuerdo una época en que la gente definía al amor y las relaciones en función de los referentes que encontraba en televisión. Y en televisión nacional, esos referentes eran, casi exclusivamente, novelas. Por una parte parece que las “maiameras” no lograron calar en el público y por otro, las buenas colombianas y las mexicanas, un poco más rosas, sencillamente fueron menguando su calidad, al menos, las que yo he revisado.

Pero es que ha cambiado la forma en la que el público venezolano (e imagino que el latinoamericano) se entretiene. Por ejemplo, en mi infancia, el Miss Venezuela era el deporte nacional. Ese día se paraba todo (si, doble sentido intencional). Y si en el Miss Universo nos robaban la corona, entrabamos en estado pre-guerra. Solo nos consolábamos si había ganado otra latinoamericana. Pero, ya hace un par de años, que yo me entero del Miss Venezuela al día siguiente en el periódico.

Ahora que las misses ya no saltan a la fama en las telenovelas, para definir el amor no queda más que el internet y las noches de copas. También ha cambiado la forma en que entendemos las relaciones. O quizás es que yo soy novata (que no nueva) en esto de la soltería a los 20.  Yo recuerdo hace unos años, cuando pasé una temporada en Boston, que si algún chico en la calle me pedía mi teléfono o flirteaba conmigo, yo sentía que estaba en la próxima película de Jennifer Aniston. Y como había visto muchas comedias románticas, interpretaba mi parte. No es que no existiese en Venezuela cultura de flirteo, sino que era distinta.

En Venezuela se estilaba el uso de un tercero (amigo de uno o ambos), que se asegurara de que aquellas dos personas podían funcionar. Una especie de wingman, pero con más permanencia.

La primera pista de que las cosas estaban cambiando fue algo que me sucedió en un aeropuerto, a punto de abordar un trasatlántico, cuando el guardia de seguridad me dijo que si iba a volver pronto y me pidió mi número. Yo le respondí que no creía que a mi novio nigeriano le pareciera buena idea. (Yo -en serio- en esa época salía con un nigeriano. Después de eso más nunca he podido salir con alguien sobre quién la sola mención de su nacionalidad inhiba a un guardia nacional).

Parece que las cosas han cambiado, y de repente, estoy en medio de una cultura del flirteo. Quizás es que llegada la segunda mitad de los 20 todo el mundo a mi alrededor siente que es tiempo de atar los nudos, lanzarse al agua, caminar hacia el altar, y así, cumplir la función reproductiva. Mis amigos me comentan que quieren una pareja, y los que están emparejados están decidiendo si casarse o vivir juntos.

Mi hermana me cuenta que, en una discoteca, un chico le soltó un discurso sobre que es un hecho comprobado que a una mujer le toma 10 segundos decidir si quiere salir con alguien. La dejó que se tomara su tiempo y  se fue con su número. Me gusta que ese candidato a cuñado haya empezado aplicando la ciencia. No sé si me gusta que un discotequero salga con mi hermana.

Otras amigas me cuentan cómo les han sucedido cosas parecidas. Una de ellas está involucrada en una relación super moderna de ganar-ganar de comprensión mutua, sobre los términos de la cual, no me voy a extender aquí. Pero esta relación entraría dentro de la definición de amor que aparece en wikipedia: “concepto universal relativo a la afinidad entre seres”. Suponiendo, claro, que definas afinidad en un sentido amplio.

La RAE, en cambio, es más romántica y define al amor como “un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Entonces efectivamente, mi amiga no está enamorada.

Una de las áreas más importantes implicada en el proceso del amor romántico es el área tegmental ventral (A.T.V.) relacionada con la felicidad y el sistema de recompensas. Otra es el núcleo caudal que involucra, entre otras cosas, la excitación del placer, la motivación y la discriminación de preferencias. Desde luego estoy reduciendo este asunto, pero quiero hacer notar cómo la recompensa y la satisfacción, en un sentido tristemente animal, parecen ser centrales a esto del amor. Y nosotros aquí, con nuestras canciones tan civilizadas, cantándole a la necesidad biológica de procreación.

En estos días estaba hablando con mis amigas sobre el tema de las relaciones, lo que harían y no harían, lo que hacen y no hacen… y lo que deshacen. Y de repente una de ellas nos coloca una situación de ensueño, en plan ceniciento y la inventora de la cura del cáncer, y entonces otra comenta “es que eso sí que es hacer el amor”. Disculpa ¿El qué?

A todas nos tomó un momento procesar aquella frase que parecía sacada del baúl de la abuela y que seguro data de la época de Mambrú. Por cierto, encontré de donde venía aquello de Mambrú y la historia es muy interesante. Lo que no pude encontrar fue en qué momento se le ocurrió a la humanidad que el amor podía hacerse. Y luego, en qué minuto de los últimos veinte años de indagar en el cerebro humano, de hablar abiertamente de sexualidad, de comprendernos mejor y de redefinir las emociones, resultó que va a ser que no. Como sigan buscando, va a resultar que el amor, aquel amor de las telenovelas, ni siquiera existe.

Pero por favor, que de que existe, tiene que existir, porque si no ¿Qué hago yo un sábado por la noche, devorándome una bandeja de pudín de chocolate?

Love Brain

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El juego del anquilosamiento

Anquilosamiento es una palabrilla interesante que mi amigo Ernesto y yo descubrimos en algún libro de la época en que España luchaba por insertarse en la modernidad, la época de Lorca y Martín-Santos. Palabra extraña que denota la detención del progreso de algo, o bien, la disminución o pérdida de la movilidad en una articulación. Palabrilla vieja que nunca habíamos escuchado y a la cual yo le pasé por encima sin darle la menor importancia. Ernesto, en cambio llamó mi atención sobre ella, y luego de comprobar su significado, prometió incorporarla en sus conversaciones cotidianas y, ante mi advertencia de que no convenía confundir a sus interlocutores, él respondió que era precisamente eso lo que deseaba, llamar la atención de los interlocutores con su pequeño jueguillo que, desde ese momento, tendría dos reglas:

1)        la palabra debe ser usada en contexto.

2)      el resto de las palabras de la frase deben ser comprendidas por el interlocutor.

El juego tiene además una concesión, dado que Ernesto y yo somos de la opinión de que las reglas del lenguaje deben poder ser aplicadas a cualquier palabra hispana o extranjera, según la necesidad del caso, la palabra anquilosamiento, en el juego, puede ser conjugada (anquilosar, anquilosé) o a ella pueden serle incorporados cualquier prefijo o sufijo reconocido por la RAE (anquilosamente, subanquilosado).

Ernesto se había decidido a usar la palabra, y él es un político de esos que cumplen lo que dicen, el equivalente posmoderno de un unicornio con alas. Así se dio a la tarea de notificarme por escrito cada vez que lograba incorporar la susodicha palabra. Lo que me extrañó fue que la tarea no se le hizo fácil.

En tiempos como los nuestros (y en la historia parece que no han escaseado tiempos como los nuestros) en los que vaga en el aire una sensación de carencia, un retroceso producto de la crisis nacional y mundial, parece fácil hablar de la falta de progreso (aeronáutico, artístico, social, humano), es decir, del anquilosamiento. Soy de la opinión de que el mundo siempre está progresando, pero reconozco que hoy lo está haciendo muy lentamente, y solo en algunas áreas. Entonces, lo más difícil del juego debería ser recordar la palabra, y no, hablar de la detención del progreso.

De todas formas, como cada deporte conlleva su práctica, decidimos intercambiar algunas frasecillas pseudointelectuales con ejemplos de su uso:

– El desaquilosador que nos desanquilosile primero, buen desanquilosador será.

-Las artes, a las que el capitalismo ha colocado a merced del juicio del espectador, sufren un anquilosamiento en la dimensión estética y en su función social.

– La modorra se siente en el aire. Hasta la rotación del planeta parece atravesar un proceso de progresivo anquilosamiento.

– Prefiero el continente americano, es el más nuevo, y el único en el que no siento una historia larga, plagada de anquilosantes monarquías.

-Completa ausencia de sentido; las películas, las canciones, los bestsellers carecen de profundidad, de niveles, es el anquilosamiento de la producción intelectual, en un mundo en que te enseñan a pensar solo en aquello que puedas pagarte.

Aún así, a los pocos días, continuaba teniendo dificultades para insertarla en la cotidianidad, y se atrevió a pedirme que contara como válidas las veces en que otra gente, a la que él había enseñado la palabra, la usasen.  Tus alumnos no anotan goles por ti. Esa regla no se vale.

Y entonces, ahí está Ernesto, intentando introducir el tema de la ausencia del progreso en las conversaciones sobre los precios de la mantequilla y el peinado de Miley Cyrus; intentará referirse con ella a la investigación ambientalista, cuando alguien se queje del calor que hace; se la dirá a los adolescentes que, escuchando su música, regresan del colegio porque hoy no hubo clase; se la mencionará a políticos y artistas por igual, cuando los interpele sobre su trabajo. Serán escenas grotescas. Y de pronto, anquilosará de usarla, porque no se puede andar jugando todo el tiempo.

Yo, en cambio, deberé admitir que el tiempo que ha durado el juego ha sido muy interesante. Es agradable hacer constantemente el esfuerzo por hablar de algo importante, para variar.

¿Por qué no se rayan los libros?

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Nos lo dijeron un día en tercer grado y la sentencia era definitiva: los libros no se rayan. Al inicio del año escolar nuestros papás nos habrían comprado la lista de útiles, y en ocasiones, tendríamos que transcribir como curitas medievales la información del libro al cuaderno. Si te veían un libro rayado, te metías en problemas, no eran para rayarlos aunque fueran tus libros, No dañarlos era un modo de mostrar respeto.

Había otras formas de mostrar respeto en mi colegio, como levantarse y decir “buenos días” al unísono, cuando un profesor entraba al salón; izábamos la bandera y cantábamos el himno nacional, con las manitas atrás y la frente alto; dos veces al día, rezábamos. Todas, costumbres muy apropiadas.

Había más cosas que no podía hacerse con los libros. Aquella vez la profesora agregó con voz tajante: “es de campesinos mojar los dedos para pasar las hojas”. No era el tipo de cosas que debían hacer los niños educados. En mi vida adulta, cada vez que he visto a alguien con ese hábito, he sentido una ternura tremenda. Quizás años de escuchar discursos contra la burguesía me han dado cierta apreciación por lo no burgués.

En mi casa, la única persona con permiso de rayar los libros era mi padre, él tenía una pequeña biblioteca y a los que eran sus libros les escribía cosas en los márgenes, la fecha y lugar de adquisición en la primera página, en amarillo las frases importantes y, si el libro estaba en inglés, agregaba algunas traducciones. Mi madre, en cambio, defendía cómo una ideología la prescripción sobre los libros y los lápices. Los suyos nunca estaban rayados, y decía que la maestra tenía toda la razón; cuando lo hacía, mi padre siempre se encontraba convenientemente ausente.

Cuando llegué a la adolescencia, naturalmente empezó a molestarme todo lo que hicieran mis padres. Cuando tomaba un libro, y estaba lleno de los garabatos de mi padre, mi actitud frente al contenido cambiaba: los libros no deben rayarse, me repetía.

Sé que por muchos años leí libros de texto, e incluso los clásicos, sin jamás rayar alguno. No recuerdo en qué momento empecé a rayarlos. Quizás fue durante la universidad, cuando comencé a comprarlos en la plaza de libros usados que queda en el centro de la ciudad. A menudo, los antiguos dueños habían colocado pequeñas rayas y notas, y eso agregaba a la experiencia de lectura una sensación de conexión intracomunidad.

Recuerdo que un día, mi primo, quién no disfruta de la lectura, me preguntó por qué yo los rayaba; los libros no se rayan, me dijo. Yo le respondí que si el libro resultaba bueno, haberlo rayado me hacía más fácil la relectura, y si era malo, haber resaltado alguna cosa que llamó mi atención, me ahorraría tener que leerlo otra vez en busca de una sola frase. ¿Por qué los lees dos veces? Continuó mi primo.

Salvo los best-seller y las novelillas baratas, siempre los leo varias veces. La primera lectura te dice si un libro es bueno, para comprenderlo en su totalidad debes revisar sus ideas, salir a la calle para probar su validez. Y volver sobre él con lo que trajiste de la calle.

Conocerlo en distintos momentos de tu ciclo vital. Leerlo después de haber leído una novela romántica, y leerlo después de haber leído a Freud. Leerlo pensando en lo que te enseñó la primera vez que lo leíste y leer el principio pensando en el final.

Rayar los libros tiene otros beneficios. Mi padre insistió mucho en que leyera “Así habló Zaratustra”, pero mi mente adolescente nunca pudo fascinarse con Nietzsche. Un día, por fin, lo empecé. Las notas que mi padre había colocado al margen, me indicaban qué era lo que él quería que supiese. Las referencias a otros libros que colocó con asteriscos, me dieron la sensación de que podía leerlo como guiada por mi padre, aunque el ya no estuviera para recomendarme lecturas.

En su ensayo “Contra los perros del olvido”, Beatriz Sarlo defiende la idea de que los libros son testigos de la historia, aun cuando parece que no hablan de ningún momento específico. Dice Sarlo –y yo lo tengo subrayado en naranja y verde- “¿Quién quiere y puede hacerse el sordo?… habría que construir un aparato de leer que pueda borrar los restos del miedo y de la esperanza irrisoria… [los textos] se obstinan frente a la hipocresía de una reconciliación amnésica que quiere hacer callar lo que, de todas formas, se sabe”. Sarlo habla de la amnistía a los militares de la dictadura. La literatura no otorga amnistía.

Si los libros son una forma de acceder a los contenidos histórico-culturales, rayarlos es una manera de modificar la experiencia de la historia. Resalté en amarillo los logros que Bolívar reconocía a Venezuela: “ha sido la república americana que más se ha adelantado en sus instituciones políticas” pero luego hice una pequeña cárcel circular a la continuación del párrafo: “también ha sido el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma democrática y federal para nuestros nacientes estados”

Taché la frase de Fray Luis de León: “Porque así como la naturaleza, como dijimos y diremos, hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca”. La tache con furia, como si en retrospectiva se pudiesen modificar siglos de misoginia, que ahora se pretende hacer pasar por proto-feminismo.

Nunca he comprendido por qué no nos dejaban rayar los libros. Años después he aprendido que muchos buenos lectores los llenan de resaltador, de opiniones, de referencias, de preguntas y objeciones; este es el mejor acto de respeto que se puede ejercer hacia un libro.

Aprendí a releer cuando terminé por primera vez cien años de soledad, porque sencillamente no quería leer nada más. Aunque hoy ya no es mi libro favorito, ningún otro me dio jamás esa sensación. Como por ese entonces yo aún no rayaba los libros, tuve que aprender frases de memoria, que todavía recuerdo. Como dicen del primer amor, quizás el primer buen libro también nos produce un sentimiento que pasaremos la vida intentando repetir.

Tengo más exhortaciones sobre la forma de leer libros. El lector poco entrenado, se beneficiaría de leerlos acompañados de los artículos de académicos o de los blogs de literatura, la referencia entre el libro y su comentario resulta valiosa para la total comprensión del sentido de la historia y la significación de la forma de la prosa.

En fin, todas estas historias de los libros, me vinieron a la mente cuando hace unos minutos llamaron a comer a mi prima de 6 años y ella, que quería recordar hasta donde había leído, para no tener que iniciar de nuevo, hizo un punto imperceptible, mientras se percataba de que los adultos no la estaban mirando, porque todavía hoy rayar un libro es meterse en problemas. Y yo, que sé que ella no es solo la niña buena del cole privado, con los lazos grandes y la clase de ballet, me acerqué y le dije: mi amor, los libros no se rayan.

Pero con mi mano derecha arrimé hacia ella un color rojo, para que haga un punto que sí se vea, y quede ahí, testimonio del acto de autenticidad de la persona que ella será, el lector que le responde al texto.

Hashtag paren el mundo

¿De dónde viene esta frase? Una investigación por internet resulta relativamente infructuosa y me deja dudosa. Estoy prácticamente segura de que un profesor de bachillerato me enseñó, cuando tenía 15 años, que la frase había sido acuñada durante no se qué revueltas en Francia, protagonizadas por estudiantes universitarios, por allá por los años 60.

La frase completa es paren el mundo, que me quiero bajar, si la buscas en español encuentras bastante consenso respecto a la autoría de Quino, quién la habría utilizado en sus caricaturas de Mafalda.

Mafalda en la cima del mundo

 

Si la colocas en inglés es otra cosa. En wikipedia se lee que sirve como título a una obra -creo que tragicomedia- cuyo nombre completo es efectivamente “stop the world, I want to get out”. Además, allí se menciona que el pianista Oscar Levant (no se qué tiene que ver el con la obra) afirmó que el título provenía de un graffiti.

Ni en inglés aparece mención a Mafalda, ni en español a la obra de Leslie Bricusse y Anthony Newley.

Vista esta discordancia decidí continuar la búsqueda. Ya que me habían comentado que la frase provenía de Francia, traduje al francés la palabra stop y busqué Arret le monde (lo coloqué entre comillas y todo), pero en esta oportunidad no obtuve ningún resultado.

Entonces continué con italiano, idioma en el que, vale decir, Mafalda se lee bastante. Desde luego apareció alguna imagen photoshopeada de Mafalda con el “fermate il mondo, voglio scendere”. Pero en Italia, la frase realmente es conocida por servir de título a una película.

Parecía lógico que para determinar quien había popularizado la frase, se debía dirigir la mirada a las fechas de publicación de Mafalda y al estreno de la obra y de la película. No tuve suerte encontrando la fecha de publicación de la frase en  Mafalda, ni siquiera pude comprobar que realmente hubiese salido publicada alguna vez esa frase en la tira original. Las imágenes que aparecen en internet bien pudiesen haber sido editadas… se puede poner a Mafalda a decir cualquier cosa (¡eh, eh, nada de ideas!). Sí me enteré que la tira ahora está disponible en Kindle, hallazgo que me alegró.

Pero para concluir, si Wikipedia no me falla, Mafalda fue publicada desde 1964 hasta 1973, la película italiana es de 1970, mientras que la primera producción de la obra data del 61, lo que quiere decir que fue usada primero por Leslie y Anthony, si bien esto no demuestra que sean ellos sus autores o quienes la introdujeron en la cultura. Podría haber aparecido antes en un libro, los periódicos o una valla.

Lo que parece cierto es que mi profesor estaba equivocado (un profesor equivocado siempre deja un saborcillo a superioridad), el origen nada tiene que ver con Francia.

La pregunta es cómo llegó una frase de una obra estadounidense no muy conocida a ser popularizada en el mundo hispano, sin hacer nunca referencia a esa obra. No cabe pensar que haya aparecido paralelamente la misma idea expresada con las mismas palabras, en la misma época, en distintos idiomas. La frase contiene siempre (en la obra, en Mafalda, en las camisetas que venden en el metro de Madrid) el mismo exacto orden de palabras “paren el mundo, que me quiero bajar”, por tanto debe venir del mismo sitio.

¿Será posible que el pensamiento de un grafitero anónimo en alguna ciudad desconocida se insertara en nuestra cultura más que las ideas de Ortega o de Freire?

No se puede negar la influencia de la frase; hay canciones que la llevan por título, los adolescentes la usan en su tuíts… y pensar que bien pudo haber sido inventada por Hitler. Lo paradójico es que, ni aún  percatarme de esto, me hace dejar de usarla….

Al estilo de Letterman, les dejo mis 10 chistesillos malos con su uso:

Nº 10 #ParenElMundo que empieza a oler a billetes viejos

Nº 9 #ParenElMundo que va a destrozar la escuela

Nº 8 #ParenElMundo que hicimos un mal giro a la izquierda

N º 7 #ParenElMundo que el papa se bajaba hace dos siglos

Nº 6 #ParenElMundo que el GPS lo actualizó el geógrafo del principito

Nº 5 #ParenElMundo que el motor lo diseñaron en Francia

Nº 4 #ParenElMundo que va a llegar muy temprano a la última cena

Nº 3 #ParenElMundo que está atropellando a los intelectuales

Nº 2 #ParenElMundo que al chofer le inocularon borrachera

Nº 1 y este es el único que, en vista de lo que es esta melcocha hoy, yo realmente pediría: #ParenElMundo que se quedó el 30% de la población abajo.

Pero yo jamás diría que me quiero bajar, porque esto solo se puede arreglar desde adentro.