¿Por qué no se rayan los libros?

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Nos lo dijeron un día en tercer grado y la sentencia era definitiva: los libros no se rayan. Al inicio del año escolar nuestros papás nos habrían comprado la lista de útiles, y en ocasiones, tendríamos que transcribir como curitas medievales la información del libro al cuaderno. Si te veían un libro rayado, te metías en problemas, no eran para rayarlos aunque fueran tus libros, No dañarlos era un modo de mostrar respeto.

Había otras formas de mostrar respeto en mi colegio, como levantarse y decir “buenos días” al unísono, cuando un profesor entraba al salón; izábamos la bandera y cantábamos el himno nacional, con las manitas atrás y la frente alto; dos veces al día, rezábamos. Todas, costumbres muy apropiadas.

Había más cosas que no podía hacerse con los libros. Aquella vez la profesora agregó con voz tajante: “es de campesinos mojar los dedos para pasar las hojas”. No era el tipo de cosas que debían hacer los niños educados. En mi vida adulta, cada vez que he visto a alguien con ese hábito, he sentido una ternura tremenda. Quizás años de escuchar discursos contra la burguesía me han dado cierta apreciación por lo no burgués.

En mi casa, la única persona con permiso de rayar los libros era mi padre, él tenía una pequeña biblioteca y a los que eran sus libros les escribía cosas en los márgenes, la fecha y lugar de adquisición en la primera página, en amarillo las frases importantes y, si el libro estaba en inglés, agregaba algunas traducciones. Mi madre, en cambio, defendía cómo una ideología la prescripción sobre los libros y los lápices. Los suyos nunca estaban rayados, y decía que la maestra tenía toda la razón; cuando lo hacía, mi padre siempre se encontraba convenientemente ausente.

Cuando llegué a la adolescencia, naturalmente empezó a molestarme todo lo que hicieran mis padres. Cuando tomaba un libro, y estaba lleno de los garabatos de mi padre, mi actitud frente al contenido cambiaba: los libros no deben rayarse, me repetía.

Sé que por muchos años leí libros de texto, e incluso los clásicos, sin jamás rayar alguno. No recuerdo en qué momento empecé a rayarlos. Quizás fue durante la universidad, cuando comencé a comprarlos en la plaza de libros usados que queda en el centro de la ciudad. A menudo, los antiguos dueños habían colocado pequeñas rayas y notas, y eso agregaba a la experiencia de lectura una sensación de conexión intracomunidad.

Recuerdo que un día, mi primo, quién no disfruta de la lectura, me preguntó por qué yo los rayaba; los libros no se rayan, me dijo. Yo le respondí que si el libro resultaba bueno, haberlo rayado me hacía más fácil la relectura, y si era malo, haber resaltado alguna cosa que llamó mi atención, me ahorraría tener que leerlo otra vez en busca de una sola frase. ¿Por qué los lees dos veces? Continuó mi primo.

Salvo los best-seller y las novelillas baratas, siempre los leo varias veces. La primera lectura te dice si un libro es bueno, para comprenderlo en su totalidad debes revisar sus ideas, salir a la calle para probar su validez. Y volver sobre él con lo que trajiste de la calle.

Conocerlo en distintos momentos de tu ciclo vital. Leerlo después de haber leído una novela romántica, y leerlo después de haber leído a Freud. Leerlo pensando en lo que te enseñó la primera vez que lo leíste y leer el principio pensando en el final.

Rayar los libros tiene otros beneficios. Mi padre insistió mucho en que leyera “Así habló Zaratustra”, pero mi mente adolescente nunca pudo fascinarse con Nietzsche. Un día, por fin, lo empecé. Las notas que mi padre había colocado al margen, me indicaban qué era lo que él quería que supiese. Las referencias a otros libros que colocó con asteriscos, me dieron la sensación de que podía leerlo como guiada por mi padre, aunque el ya no estuviera para recomendarme lecturas.

En su ensayo “Contra los perros del olvido”, Beatriz Sarlo defiende la idea de que los libros son testigos de la historia, aun cuando parece que no hablan de ningún momento específico. Dice Sarlo –y yo lo tengo subrayado en naranja y verde- “¿Quién quiere y puede hacerse el sordo?… habría que construir un aparato de leer que pueda borrar los restos del miedo y de la esperanza irrisoria… [los textos] se obstinan frente a la hipocresía de una reconciliación amnésica que quiere hacer callar lo que, de todas formas, se sabe”. Sarlo habla de la amnistía a los militares de la dictadura. La literatura no otorga amnistía.

Si los libros son una forma de acceder a los contenidos histórico-culturales, rayarlos es una manera de modificar la experiencia de la historia. Resalté en amarillo los logros que Bolívar reconocía a Venezuela: “ha sido la república americana que más se ha adelantado en sus instituciones políticas” pero luego hice una pequeña cárcel circular a la continuación del párrafo: “también ha sido el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma democrática y federal para nuestros nacientes estados”

Taché la frase de Fray Luis de León: “Porque así como la naturaleza, como dijimos y diremos, hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca”. La tache con furia, como si en retrospectiva se pudiesen modificar siglos de misoginia, que ahora se pretende hacer pasar por proto-feminismo.

Nunca he comprendido por qué no nos dejaban rayar los libros. Años después he aprendido que muchos buenos lectores los llenan de resaltador, de opiniones, de referencias, de preguntas y objeciones; este es el mejor acto de respeto que se puede ejercer hacia un libro.

Aprendí a releer cuando terminé por primera vez cien años de soledad, porque sencillamente no quería leer nada más. Aunque hoy ya no es mi libro favorito, ningún otro me dio jamás esa sensación. Como por ese entonces yo aún no rayaba los libros, tuve que aprender frases de memoria, que todavía recuerdo. Como dicen del primer amor, quizás el primer buen libro también nos produce un sentimiento que pasaremos la vida intentando repetir.

Tengo más exhortaciones sobre la forma de leer libros. El lector poco entrenado, se beneficiaría de leerlos acompañados de los artículos de académicos o de los blogs de literatura, la referencia entre el libro y su comentario resulta valiosa para la total comprensión del sentido de la historia y la significación de la forma de la prosa.

En fin, todas estas historias de los libros, me vinieron a la mente cuando hace unos minutos llamaron a comer a mi prima de 6 años y ella, que quería recordar hasta donde había leído, para no tener que iniciar de nuevo, hizo un punto imperceptible, mientras se percataba de que los adultos no la estaban mirando, porque todavía hoy rayar un libro es meterse en problemas. Y yo, que sé que ella no es solo la niña buena del cole privado, con los lazos grandes y la clase de ballet, me acerqué y le dije: mi amor, los libros no se rayan.

Pero con mi mano derecha arrimé hacia ella un color rojo, para que haga un punto que sí se vea, y quede ahí, testimonio del acto de autenticidad de la persona que ella será, el lector que le responde al texto.

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19 pensamientos en “¿Por qué no se rayan los libros?

  1. excelente el escrito, y por razones personales que tu entenderás, algunos pasajes me conmovieron hasta las lagrimas….sin embargo aunque ahora acepto que el dueño de un libro lo puede rayar, si quiere, y en algunos casos, si conoces a quien los rayo puedes sentir su presencia mientras lees…. en general sigo creyendo que es un sacrilegio, y un libro rayado me parece difícil de leer, para resumir: lo que a ti te guía a mi me distrae y me incomoda. pero me parece solo una cuestión de gustos nada de “crisis existenciales” de “rebeldías” ni de ser mejor o peor lector, lo importante es leer no como lo hagas. como decía tu abuelo cuando eras pequeña y agarrabas el libro al revés ” el que sabe leer, lee como sea”

  2. Cuando leí esta entrada pensé que conmoverías algunas personas, yo ajeno a la historia pude sentir la emoción de fondo, gran logro el transferir esa parte de la experiencia a tus lectores.
    Esta emocionalidad es un gran resultado ¿inesperado?. En lo personal Me encanta un libro, y tu motivas a quien te lee a leer más, si no no se podría ganarte una, una pequeña parte de mi se compadece de tus alumnos cuando van a revisión, imagino su cara al ver tus correcciones y notas.

    Me uno al grupo de los que no me siento comodo rayando un libro, si tengo la necesidad de hacer una nota lo hago en otro lado pero si parece ser un buen hábito para algunos.

    Pero ya que estamos en el mundo moderno, y creo que la palabra esta en el título del blog, haré el comentario polémico.

    Lo que escribes es muy romántico pero esta por desaparecer (en el sentido literal de lo que escribes), al igual que cuando Gutenberg invento la imprenta y cambio el mundo, ese mismo mundo ya ha cambiado hoy el mundo de los e-books es el gran negocio, presente y futuro y si bien algunos nostálgicos dirán prefiero leer el papel(la sensación de mojar los dedos será remplazada por limpiar la pantalla) y diran nada como la experiencia de un libro o una biblioteca y será para ellos verdad, el futuro parece ser que el papel dejara de ser la pieza fundamental de un libro, ya no juzgaremos los libros por la cubierta, ni la dedicatoria perdida a un extraño lector, ni el comentario inteligente de un lector anterior, eso se perderá salvo que la tecnología decida incorporarlo, ¿quizás algún programador lee esto?, y caiga en cuenta de un potencial negocio.

    De los últimos 10 libros que he leído 6 fueron electrónicos y la balanza se inclina hacia lo segundo cuando piensas en la infinita biblioteca digital a nuestro alcance.

    Me despido diciendo lo que ya parece obvio, me gusto el post muy entretenido, emotivo y educativo, saludos.
    Espero con ganas el próximo.

  3. Tampoco rayo libros, pero me pasó eso exáctamente cuando empecé a leer Demian. Papá había dejado notas sólo en el primer cuarto del libro… ahora el resto me parece aburrido. Genial este post. De mis favoritos.

    #ParenElMundo No he rayado suficientes libros 😉

  4. Muy bueno. Creo que el lector que necesite rayarlos, debe hacerlo. En mi caso, no lo hago. No sé si debería, pero no lo hago. Me gusta acercarme a los libros sin historia alguna, para sacar mis propias conclusiones, sin contaminaciones. Una vez leídos, si que me gusta que me regalen el oído con aportaciones y nuevas visiones, incluso me gusta releerlos y ver si estoy de acuerdo en lo que la otra persona ha visto en una línea que yo no he visto. A todo esto, será un placer seguirte y leer tus entradas.

  5. Llegué a este blog por azares del cibermundo y me gusto mucho esta nota. Me hizo pensar en un libro de un autor francés contemporáneo Daniel Pennac llamado “Comme un roman” (Como una novela).
    Es un ensayo que trata sobre el quitarle ese “no se que” de sagrado y elitista que tiene la lectura para muchos. Entre otras cosas habla del objeto libro en sí y de todas las torturas que éste puede sufrir.
    Además de todo lo anterior, establece un decálogo de los “Derechos del Lector”:
    – El derecho a no leer.
    – El derecho a saltar páginas.
    – El derecho a no terminar de leer un libro.
    – El derecho a releer un libro.
    – El derecho a leer cualquier cosa: desde best-sellers hasta grandes obras literarias.
    – El derecho al “bovarysme”: derecho a la satisfacción inmediata de los sentidos del lector.
    – El derecho a leer en cualquier lugar.
    – El derecho a “grapiller” (no se como traducirlo): poder leer a partir de cualquier página.
    – El derecho a leer en voz alta.
    – El derecho a callar: derecho a leer un libro y callar lo que se piensa/sintió al respecto.

    Yo también crecí aprendiendo que los libros no se rayan y aún hoy no lo hago (exceptuando el escribir mi nombre y fecha en la 1a página). Yo sigo teniendo una concepción “sagrada” del libro, es por eso que no doblo las páginas para saber en donde voy (para eso se inventaron los marca-páginas, tickets de metros y boarding passes), ni los rayo. Pero al mismo tiempo considero al libro como algo muy personal y es por eso mi necesidad de “propiedad” y estamparle mi nombre!!!

  6. Pingback: El día que Google me Llevo a conocer la Modernidad | urbe18

  7. Que espectacular y que sencilla narración para entender y respetar la autenticidad de cada lector!! Y que recuerdo tan especial hacia tu papa…te felicito por tu creatividad..espero leer muchos más.

  8. Reblogueó esto en Hades noche sin sueñoy comentado:
    La verdad adoro los libros, y en general no me gusta rallarlos por que estéticamente me gusta que se vea el cariño que les guardo, pero ciertamente la costumbre de rallarlos no es mala en general, si se hace con respeto a el libro y para resaltar ideas interesantes; y si eres de los que como yo no quieres rallarlos puedes hacer apuntes en una libreta sobre el libro o la frase que quieres retomar; aconsejo este articulo, en lo particular me encanto.

  9. Magistral tu post Manolo. Yo tampoco rayo libros por los mismo que tu, pero aprendí a hacer resúmenes como lo hacia mi papá en sus libros, de medicina por ejemplo, hasta ahora están allí.

  10. Pingback: Rayar los libros | El Oficio de Preguntar

  11. Reblogueó esto en Una mujer chuecay comentado:
    Confieso que desde siempre estuve regida por esa regla del “No rayar” hasta que, desde hace no mucho, anotar, escribir, objetar, preguntarse, aclarar, resaltar y más en los libros es como “mantener una conversación con él”. Así pues, éste, a través de sus lineas, te cuenta un historia y uno, a través de pequeñas anotaciones, le dice el parecer que tiene sobre ella. Me gusta mantener esa conversación. Saber que mis libros pasarán a otras manos, y esas manos podrán captar mi parecer sobre aquel tema. Quizás difieran o concuerden conmigo, quizás yo no lo llegue a saber, pero sí el libro. Claro, si las manos que lo poseen se logra liberar de esa regla impuesta por el “deber ser”.
    ¡A mantener, entonces, conversaciones con los libros!

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