Ese momento en la vida

Rodando por el facebook anda una frase super cliché, pseudoreflexiva, sobre qué le dirías sobre tu vida a la niña que fuiste y si ella estaría contenta ¿Cómo puede la gente ser tan cursi? Si eres como yo, cuando lees una frase así, lo primero que haces es morir del asco. Pero pasada esa sensación de aversión, tengo que admitir que no pude evitar pensar en cuál sería la respuesta.

Otra de las frases de Internet que odio es la de que “todos tenemos un momento que nos cambia la vida”. Pues esta es la historia de ese momento y de lo que le diría a una mi misma más joven.

Primero explicaré que cuando yo era una niña, pertenecía a la orquesta infantil de mi ciudad y había decidido dejarla tan pronto iniciara el bachillerato. Como la decisión estaba tomada, a menudo me escapa de las clases de solfeo y me iba a un punto ciego del conservatorio, a pensar y disfrutar la música de fondo. A mí por esa época todavía no me gustaba leer, pero imaginaba historias, lo que a esa edad se me daba bastante bien.

Cuando eres niño hay dos tipos de vida con los que puedes soñar, una es una vida interesante y la otra, una vida prometedora.

Yo llamo ‘vida prometedora’ a ese tipo de existencia destinada desde la juventud a lograr una posición acomodada, una carrera estable, el sueño americano o el sueño de los solteros empedernidos, sin preocupaciones económicas, ni laborales, con un físico aceptable, un convertible rojo y viajes en primera clase.

Para ejemplificarlo, piensen en Dudamel, a sus 14 años nos dirigía en la orquesta infantil y ya escuchábamos hablar de él como el gran maestro en el que, ciertamente, se convirtió. No sé si su vida estuvo llena de dificultades, de momentos emotivos o de desengaños amorosos. No sé si leería su autobiografía o vería una película sobre su vida. Sé que es un gran director, sé que tenía yo solo 10 años y eso ya se sabía.

Una vida interesante, está claro que es aquella digna de ser contada,  de inspirar un best-seller o una película de Hollywood, aquella que entretiene al espectador/lector/escucha/nieto.

Yo de niña, era ambiciosa, quería una vida que fuese ambas cosas. Quería saber tantos datos como pudiese retener el cerebro humano, un amigo que fuese asesor de imagen, una casa con piscina, una hija y mi propio talk show. Quería ganarme un Nobel, un Pulitzer o algo aún más prestigioso. Si me casaba, tenía que ser con el equivalente de Leonardo Dicaprio, pero que fuese presidente o senador… o astronauta.

Si ahora me pusiesen frente a mi misma de 10 años, la historia que le contaría comenzaría en el 2009. Le diría que hasta ahí, todo iba como planeado.

En julio del 2009 viví durante un mes frente a una señora Afgana.  Una noche que me quedé a dormir en su casa, me contó cómo era la vida en Kabul. Yo, que leía los portales norteamericanos de noticias, tenía mis propias ideas sobre ese lugar.

Aquella vecina me enseñó dos de las lecciones más importantes de mi vida: la primera es que una vida interesante te puede suceder, en el sentido de que puedes acabar viviendo en Kabul, en  el Congo o en la montaña donde se rodó la película de Heidi; pero una vida interesante no es nada, si tú no haces de ti misma una persona interesante.

Mi vecina afgana era médico y trabajaba para el ministerio de salud de aquel país. Vaya historias que tenía. Pero me decía que más que historias, lo que tenía era suerte. La vida de la mayoría de la gente en Kabul estaba tan sumida en la cotidianidad como podría estarlo si viviesen en Corea del Norte o en Finlandia. Aún si el ojo extranjero fácilmente juzgase a aquel lugar diferente por algunas de las costumbres y normas de la sociedad afgana.

La segunda lección, es que a los seres humanos se nos da muy mal juzgar. Los juicios culturales, por ejemplo, suelen hacerse irrespetando el raciocinio y la lógica.

Es común escuchar a las mujeres decir que si nosotras nos ponemos hiyab cuando vamos a los países árabes, las musulmanas deberían quitárselos cuando vienen a nuestros países. En Venezuela, esa línea de pensamiento me molesta, porque ninguna de quienes argumentan eso está dispuesta a quitarse la camisa si va al Amazonas.

Quienes afirman que los árabes son unos violentos están orgullosos de las cruzadas o le gritan improperios a quién se les atraviesa en la luz verde, los que critican la posición subordinada de la mujer allí, no se quejan de que aquí, el apellido que cuente para los niños sea el de padre y los que se jactan diciendo que las mujeres deberían poder vestir igual que los hombres, enloquecerían si un chico sale con falda.

Yo no digo que pensar así sea errado, solo digo que por cada cosa que quisiéramos cambiar en las culturas foráneas hay algo en nuestra propia cultura, que deberíamos examinar con atención.

De mi vecina aprendí que da igual si estás en Venezuela, Jordania o Portugal, no es dónde estás sino como decides estar. Para ella, las oportunidades para hacer algo grande no se encontraban en mayor medida en Kabul que en Toronto, ni más en la clase baja que en la clase media. A ese razonamiento le encontraba poco sentido.

Cuando yo tenía diez años, hubiese tildado a estas lecciones de poco importantes. Las preocupaciones sobre el status quo y las luchas sociales y culturales no llegaban ni siquiera a parecerme poéticas.

A medida que fui creciendo, perdí mi talento para inventar historias, pero la lección de ese día con la afgana, abrió ante mí un mundo completamente diferente; me convirtió en una persona con historias, no mis historias, sino las historias de la gente a quién yo ahora entendía. Cuando perdí mi talento para inventar cuentos, descubrí que el mundo circundante estaba full de ellos. Lo único que había que hacer era sentarse a escuchar, y esta vez, no era la música clásica de fondo.

Actualmente voy una vez por semana a un barrio bastante pobre. Allí mis prioridades han sufrido de nuevo transformación y las lecciones han sido igual de importantes. Afortunadamente ya me voy acostumbrando a estos sacudones de la realidad.

Aquellas cosas que deseaba de niña dejaron de parecer importantes en el 2009 y ahora se han convertido en insignificantes. Al final, yo no obtuve la casa con piscina, ni asesorías de imagen gratis y cuando volví a ver Titanic concluí que no era tan buena, ni Leonardo tan guapo.

Pero las cosas no se me dieron tan mal. Hoy puedo alardearle a esa niña de 10 años de haber visitado 4 de los 7 continentes y de tener amigos en 6.

puedo decir con orgullo que pertenezco al selecto grupo de personas hispanas que sí se leyeron el Quijote, las dos partes del Quijote. Puedo decirlo en tres idiomas, y si me das suficiente vino, también hablo en francés. No tengo un amigo asesor de imagen, pero tengo un amigo gurú y cuando me da gripe me pone unas plantas del amazonas en la nariz que me dejan como nueva; nunca probé las drogas; aprendí a dibujar y manejo… mal, pero manejo.

Finalmente comprendí a Chávez, y no, no lo apoyo, pero ahora lo comprendo. Me siento más latinoamericana que antes y me uní a un partido político; en mi trabajo no me pagan suficiente, pero al menos me dejan en paz los fines de semana; me aprendí los poemas de Nazoa y aún no leí rayuela, pero al menos no me volví adicta al porno ni tuve 5 hijos.

He puesto la torta un millón de veces y la vida se me derrumba más o menos cada dos años… y cambian mis prioridades. Quizás tenga que reprocharme por no haber logrado las cosas tan interesantes que yo esperaba de niña. Pero es que de pequeña yo no sabía que entre las grandes élites de poder y fama ya todo estaba hecho y que era en los pequeños lugares donde faltaba mucho por construir. Pero no debo extenderme mucho sobre este punto. No pueden pasar más de dos años, sin que se vuelvan a transformarse mis ideas y mis prioridades.

Y si esa niña de diez años no está orgullosa de mí, que se consuele con un pata-pata y un álbum de los Backstreet Boys. Esta noche yo si estoy orgullosa y esa no es una sensación de la que la voy a dejar privarme.

Escena de la película 'Mi encuentro conmigo'

Escena de la película ‘Mi encuentro conmigo’

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7 pensamientos en “Ese momento en la vida

  1. Creo que esa niña estaría orgullosa, apostaría que hay mucha gente que lo esta.

    Mirar al pasado sirve para reflexionar, para pensar y para aprender, pero me gustaría mucho más saber que diría el yo del futuro del yo de ahora(el espero será más sabio ), que lo que diría un niño que no sabe de la vida. La inocencia del niño aún no me deja, ni dejare que lo haga.

    Palabras para la doctora de la historia, ella sí parecía tener una idea clara.

  2. Siempre hay que regresar al niño interior para crecer emocionalmente e integrar y trascender todos los momentos de nuestra infancia donde no se nos permitió expresar nuestras emociones con libertad y ellas se convirtieron en traumas castraciones y frustraciones escondidas en nuestro subconciente y ahora no nos permite preguntarle al niño o niña que llevamos dentro si está feliz con quien somo ahora.

  3. Me encanto este post, me encanta las lecturas que me hacen poner frenó de mano y dudar de todo lo que he pensado, dicho o hecho hasta ahora. Tu lo lograste, felicitaciones

  4. Bueno… no sé por donde empezar. Me encantó el post. Que la gente diga las mismas tonterias en toooodas las partes de mundo no me gusta tanto. Pero me quedo con la gran suerte de haber encontrado alguien con quien comparto pensamientos.
    Un fuerte abrazo.

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