Si yo tuviese una escuela

Si yo tuviese una escuela, pero no cualquier escuela, sino un lugarcillo libre, alejado de la garra del ministerio de educación y las obligatoriedades de un currículo; una  escuela que fuese mía y pudiese decidir de qué cantidad de cosas llenar los cuadernos de los alumnos, los estantes y pizarrones,  sin otros límites que los del cerebro humano, a edades ya identificadas por Piaget; si yo tuviese una escuela para llenarla hasta reventar de información, ejercicios, conversaciones, juegos, recursos, maestros, padres, alumnos y ferias escolares; si pudiese poner cualquier cosa, no pondría más cosas.

Si yo tuviese una escuela no invertiría demasiado tiempo en enseñar a los alumnos todo lo que yo se , ni en que investigásemos lo que no sé, si yo tuviese un lugarcillo de estos a los que los niños de 3 a 17 años están condenados a asistir por ley, colocaría una sola materia, necesaria, me parece a mí, para el mundo.

Y pensarán, los conocedores, que enseñaría matemáticas o lenguaje, las dos materias básicas en cualquier currículo educativo, según la UNESCO, pero no. Pondría en primer lugar las matemáticas de lado y la lengua de lado. Y de lado la química y la psicología, el arte, la educación física y la biología; no para olvidarlas sino para retomarlas poco a poco.

Entonces, enseñaría solo historia. Por descabellada que la idea parezca, yo solo enseñaría historia. Soy una total convencida de que la historia NO se repite, el mundo cambia todo el tiempo, avanza todo el tiempo, aunque a veces podamos ver algunos patrones, algunas similitudes que parten del hecho obvio de que siendo los humanos todos igualmente humanos, toda creación humana ha de tener un hálito de lo mismo. Sin embargo, la importancia de la historia no radica en su posible repetición en el futuro, cosa absurda, pues es obvio que la importancia de    la historia está en el pasado, y yo enseñaría a mis alumnos, la historia de nosotros, sencillamente eso.

Y, como mi propósito es enseñar historia, no tendría que pasar tiempo seleccionando pedagogos y profesores entrenados, en cambio, pediría cuentacuentos, porque a los seres humanos nos gustan los cuentos y no tienen las escuelas que ser lugares aburridos mientras el cine es el entretenimiento del domingo ¿No tiene la educación ventaja sobre Hollywood en la formación de las mentes jóvenes?

Para contratar a alguien solo exigiría que cada cuento que cuenten se cierto, cierto y antiguo. Que donde falten datos, se formulen hipótesis, pero se diga que son solo eso.

Los estudiantes solo tendrían cuadernos de historias en las que estén interesados, porque vamos a partir del reconocimiento de que no se puede  enseñar toda la historia, y, partiendo de que no podemos enseñarlo todo, debatiremos si siquiera  es necesario enseñar mucho. Vamos a estar claros, ¿Para qué ocupar tanto tiempo en llenar las cabezas de los niños de información que todos sabemos que nunca van a recordar?

Estampilla cubana

Estampilla cubana

Pondría en la puerta de cada aula, un cartelito con el título de un período o de  una disciplina, por ejemplo: egiptología, historia de América, el holocausto. Enseñaría historia de la guerra y como Florence Nightingale logró, ella sola, que la profesión de enfermera fuese respetablemente ejercida por mujeres durante el conflicto de Crimea ¿Qué hubiese sido del mundo sin enfermeras? De allí, quizás pasemos a la historia de la medicina.

Veríamos también, y sobre todo, la historia de la india y de hecho, de todo Asia, porque no quiero que mis alumnos crezcan pensado que solo un puñado de hombres (Platón, Aristóteles, Galileo, Colón y Bolívar) forjó nuestro destino, cuando en realidad fueron miles de personas, en todas partes. Que incluso antes de Aristóteles, o, al mismo tiempo que él, las ideas que se le atribuyen aparecieron en otras partes del mundo, con Confucio y otros pensadores importantes. No hay porque endiosar hombres, cuando se les desmitifica tan fácilmente, aprendiendo historia.

Les enseñaré la historia de la política, ¿Por qué llamamos a la derecha, derecha y a la izquierda, izquierda? Sin decirles nada más, les diré tan solo como se ha comportado hasta ahora la gente que hace política. Divorciaré a la gente de las ideas y casaré a las ideas con los contextos y a los contextos con los seres humanos… y les enseñaré política.

Los alumnos, cada mañana, se dirigirían al salón en el que se imparta la historia que les interese, a escuchar los cuentos de la gente que vivió antes que ellos. Los exámenes consistirán precisamente en contar las historias que se han aprendido durante el semestre. Demostrar que han aprendido algo… cualquier cosa.

Mis estudiantes sabrán que los seres humanos a veces somos débiles y capaces de comportarnos de forma vil, no tanto por acción, sino por omisión. Serán comprensivos con las personas mayores, porque conocerán la historia que las marcó, sus sufrimientos, sus carencias, sus oportunidades. Es que es fácil comprender cuando se conoce.

Cuando mis alumnos salgan a la calle, no serán de esos niños engreídos que piensan que el mundo gira a su alrededor; mis alumnos sabrán, desde el primer día de clase, que el mundo lleva girando ya mucho tiempo, y nunca ha girado alrededor de nadie.

Si se enfrentan a un problema, no sucumbirán ante la sensación de que están parados al borde de un abismo, en el fin del mundo. Mis alumnos sabrán que también lo que sucede hoy, mientras sucede, es historia. Les pediré que enfrenten sus vidas con la perspectiva de quien se enfrenta a la escritura de una novela… un autor enamorado de su protagonista, que solo desea la felicidad de este.

Cuando necesiten saber matemáticas o física o química -porque estas cosas son necesarias- estudiaremos la historia de las matemáticas y de la física y de la química y de la gente que poco a poco nos fue legando un vasto conocimiento. Cuando mis alumnos se enfrenten a un problema matemático, más que saber la solución, el procedimiento, el método y los datos, sabrán cómo se han enfrentado otras mentes humanas a los  problemas y así, podrán intentar resolver aún aquellos cuyas soluciones no se conocen.

Además, sabrán de Hipatia, la primera matemática y astrónoma de quién se tiene conocimiento en el mundo occidental,  porque ya se ha repetido muchas veces que hay que acabar con ese error de la cultura por cuya cuenta se conduce casi exclusivamente a hombres hacia la ingeniería y las ciencias “duras”, justificando este tipo de talento como inherente al género.

Si alguno de mis alumnos decide que quiere ser científico, entonces estudiará la historia de la ciencia. Sabrá que la ciencia no es una cosa estática que sencillamente se aprende y luego se reproduce. La ciencia es creatividad e innovación. Lejos de ser un campo para la gente que solo puede lidiar con certezas, las ciencias, tanto como las artes, son para quién puede lidiar con la incertidumbre, pero al mismo tiempo, combatirla.

A veces, la única manera de entender la historia, es poniéndonos en el lugar de sus protagonistas. La del deporte es un buen ejemplo. Mis alumnos jugarán, pero también sabrán de los peligros de la industria del deporte profesional, sabrán de la importancia de la perseverancia y la honradez, tanto como sabrán de atrapar y pasar la pelota.

Les hablaré de la diáspora africana y el genocidio, del racismo y la esclavitud, pero si en mi clase hay alumnos hijos de estos pueblos, no sentiré lástima por ellos. Les hablaré de como en los pueblos sobrevivientes, en los oprimidos que cortan sus cadenas, la raza humana tiene su única fuente legítima de orgullo.

Les contaré, los viernes, historias románticas. Uno de los ámbitos más importantes de nuestra vida es el de hacer pareja y familia. Mis alumnos habrán conocido miles de matrimonios, cientos de divorcios. Cuando estén con alguien que les atraiga, sabrán mirar más allá del momento, pues, si bien cada historia de amor es única, hay ciertas cosas que si no están ahí, sencillamente, no están ahí. Como dijo Tolstoi: “todas las familias felices se parecen. Las infelices, lo son cada una a su manera” pero ¿En qué se parecen? Preguntaré a mis alumnos.

La nuestra, es la época de las generaciones que se casan con la gente a quién antes oprimían o a quién antes no hubiesen podido ni soñar con conocer. Somos la generación que mira atrás y se pregunta ¿Para qué? Y mira hacia adelante y se pregunta ¿Para dónde? Pero estamos destinados, como las generaciones antes de nosotros, a ser, sencillamente, parte de una historia.

¡Historia!, les diré, somos el producto de millones de empresas bélicas, de trabajo duro, de ideas, de luchas, de historias románticas, de grandes pasiones, somos nietos de héroes y villanos, al final, de personas. Somos miles y miles de años de historia, que a veces compartimos y que otras, nos separa.

Con solamente una materia, podría enseñar a un montoncito de niños, cosas que creo, les servirían  para la vida. Y, cuando finalmente fuese el momento de que dejaran mi escuela, no me preguntaría si están preparados para la universidad o si les irá bien en sus trabajos. Como les habré enseñado una sola cosa, solo una cosa podrían hacer. Mis alumnos, saldrían a la calle… a hacer historia.

Billete venezolano que muestra a Luisa Cáceres

Billete venezolano que muestra a Luisa Cáceres


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Películas para “gente educada”

(sarcasmo alert)

Si, así como usted lo leyó, con ese toquesito de elitismo y ese acento snob. Películas para un tipo de gente específico, el tipo de gente que lee este blog, porque la gente no educada no lee este blog. La verdad, nadie lee este blog, salvo mis amigos, que son, de lo mejorcito que hay por aquí. La crème de la crème. El tipo de gente que no le dice a la gente que ama que la ama sino: “Je t’aime, baby. Je t’aime”. El tipo de gente que conoce autores de oriente medio que en oriente medio no los conocen ni en su casa. En fin, fulanita mejor que no venga, no la va a pasar bien (lenguaje esnobista para: no es como nosotros).

Películas para la persona que mientras escribe este blog saborea un plato de sushi y más tarde tiene cita para ir con amigos conocedores a disfrutar de un reiboos. Si usted no sabe lo que es reiboos, no es el tipo de gente, pero seguro los conoce, son los que cuando discuten con usted política, cultura o fútbol lanzan a la conversación un par de nombres (Jaspers, Naussbaum, Sartre) que usted ha escuchado en otro lugar, pero que hacen que pierda el hilo de su argumento.

Gente que te pregunta a  que universidad fuiste antes de preguntarte tu nombre y que no se saben el apellido de la señora que les limpia la casa. Que tienen amigos bolivianos o peruanos porque les parece que “son tan pintorescos”. Que van a áfrica, se toman fotos con niños locales y las colocan en su oficina en un intento por parecer interesantes. Que no volverían a África si pudiesen escoger Viena.

Cuando entras a sus casas te consigues un símbolo de fertilidad tribal o alguna letra china que significa “paz” o “imaginación” que ellos no les gusta, pero se ve bien. Gente que admite, con toda la honestidad de su alma que “el status es importante” y para ellos es más importante de lo que admiten.

Películas que estrictamente necesitan subtítulos para todos los presentes en la sala, películas buenas, que no necesitan valerse de la comedia física y los chiclés románticos para entretener al espectador. Películas hechas por gente que no las hizo por dinero, sino por la imperiosa necesidad de hacer un punto. Y claro, cobraron (¡se tiene que poder vivir del arte!) pero la prioridad era el argumento.

Historias de gente al otro lado del mundo. Cuentos reales sobre niños, pobreza, inteligencia y humanidad. Películas francesas. O pakistaníes, o israelíes. Clásicos que mucha gente no sabe que existieron y existen. Y  la gente que va a verlas, para luego comentar con un álito de pseudointelectualismo sus partes favoritas, y enorgullecerse porque ellos si entendieron lo que el director quiso hacer cuando colocó el vestido rojo colgando de la ventana: “un acto tan significativo, una afirmación sobre la sensualidad de la naturaleza”.

Películas hechas para educar, vistas por gente tan educada que ya no les cabe más. Cines que estarían mejor ubicados en las barriadas y los pueblos que en las vías importantes de las grandes ciudades. O, ¿por qué no?, En ambos lugares.

Películas excelentes desperdiciadas en gente que no es tan excelente. Que se conmueven con la pobreza que ven en la pantalla y no logran si quiera notar la que está a dos cuadras de su casa. Pero como el título prometía una recomendación de películas. Aquí les dejo 3, que, al menos a mi, me gustan:

– El secreto de sus ojos (Argentina).

Á la folie pas du tout (Francia).

Heidi (USA).

No vaya al Reina Sofía

Este post no tiene el ánimo de insultar a nadie, así que si usted es uno de los alumnos de los programas pedagógicos del museo o usted es la reina de España, por favor, no se sienta ofendido. Tengo gran respeto por la gente que sabe de arte. Sobre todo, tengo admiración por la gente que sabe de arte y que no se ofusca con la ignorancia de quienes nos paramos frente a las obras vanguardistas e intentamos divisar  en ese montón de “ceros y unos” algún rastro de figura que dote de significado al cuadro que tenemos en frente, o que cuando nos dicen que aquel círculo representa la cabeza humana intentamos parecer interesados y responder con el “ohhh” que sabemos, se espera de nosotros.

Y yo no odio al Reina Sofía, he estado dos veces. Disfruté mucho el cuartito donde te metes y cambia el color, las grabaciones radiales de la guerra y la peli con imágenes en blanco y negro. Allí taché de mi lista de “cosas que hacer antes de morirme” la número 27: ver un Picasso. Disfruté a Miró; me gusta Miró, frase que no implicita de ninguna manera que entiendo a Miró. Estéticamente lo disfruto.

Este post no es para el tipo de gente que creció con el arte, ama el arte y puede definir ahora mismo lo que es el postmodernismo y si la obra tal y cual puede ser considerada en qué tipo de avant-garde.

Omelette tombante (tortilla cayendo) obra de Claes Oldemburg

Omelette tombante. Claes Oldemburg. No se como esto es arte… para mí, no llega ni a juguete.

Este post es para gente como yo. Si usted es un ciudadano de a pie, está en Madrid para hacer un máster en derecho ambiental o para visitar a su tío y lo que sabe de historia y cultura española lo aprendió a partir de la frase “la conquista de nuestro país inició en el año___” hágame caso y no vaya al Reina Sofía. Si quiere ir a museos, vaya al Prado (gratuito después de las cinco, según recuerdo), al menos ahí sabe que es lo que está viendo. Al menos ahí puede decir con tono cínico: “ahh, esto lo pagaron con lo que nos robaron a nosotros”.

Si absolutamente tiene que ir a algún museo, pagué el guía (o el radiecito). Otra cosa es tiempo y entrada perdidos, porque no se va a enterar de nada. Créame, el guía vale la pena. Esto también aplica para el Palacio Real, que, en serio, es mi tour favorito de la ciudad.

Si usted está en Madrid no deje de comerse las pizzas de cono que los inmigrantes árabes venden en la Gran Vía, vaya a cien montaditos y, si no está corto de dinero, pase por el Botín. Sobre todo camine, camine mucho. Cuando llegue a la plaza de España párese frente a la escultura del Quijote y  pregunte, a modo de reto, a su acompañante: ¿Cómo se llamaba la mujer del caballero andante?…

cien montaditos

cien montaditos

Siga caminando y llegue al templo Debod; si no le agobian los espacios cerrados, entre. Tome el teleférico a casa de campo, una vez allí dese cuenta que está cansado de caminar, tome el metro de vuelta a la ciudad y vaya al Retiro. Pase mucho, mucho tiempo en el Retiro.

Camine por atocha, métase a los barrios de la gente común y ordene un bikini (sándwich de jamón y queso). Cuando se lo traigan el mesonero le dirá: “aquí tienes, guapa”. Flirtee con el mesonero, se lo merece, el pobre vive en Madrid.

Si lo desea, vaya a la catedral de la Almudena (¡pilas, que roban!). Sobre todo, piérdase por las callejuelas que rodean esa zona (ahí no roban) y si está con su pareja, haga planes de mudarse a un pisito allí y vivir de la fotografía.

Salvo que usted sea masoquista o hijo del rey, evite en lo posible cualquier cuestión monárquica. Si lo tratan mal, o mejor dicho, cuando lo traten mal, respire y cuente regresivamente desde el diez mientras piensa en la guerra de independencia… o hágales un gesto con la mano, lo que le resulte a usted más catártico. Eso sí, no se deje.

Disfrute, se lo merece. No vaya al Reina Sofía. Si usted tiene tiempo para perder en Madrid, no lo pierda en el Reina Sofía.

… Y la mujer se llamaba Dulcinea del Toboso.