La racha de buena suerte

(Un post algo banal, pero creo que tengo un punto)

Lo mejor que le puede pasar a una persona que usa lentes es que, a falta de dinero para comprar unos nuevos y de tiempo para mandar a ajustar los que ya tiene, deba, para evitar que sus lentes se deslicen hacia abajo por su nariz, mantener en todo momento, la cabeza en alto. Si alguna enseñanza puede rescatarse de la crianza materialista que sufrió nuestra generación, de los años de inmersión en el capitalismo, de los encuentros repentinos con la Nueva Era y de las implacables búsquedas de trabajo en el sector comercial e informático, es que, tal como decía hace algunos años la publicidad del canal sony: “es cuestión de actitud”. La vida es cuestión de actitud. Y Recientemente me tocó comprobarlo:

Primero, hay que dejar algo claro, ¡Yo soy un pato! Porque años de leer las tiras cómicas de los domingos me han enseñado que son siempre los patos los que escenifican la mala suerte; no son nunca Bugs y Mickey, sino Donald y Lucas los que viven en discordia con la fortuna.

Recientemente tuve que planificar un viaje académico con el propósito de dedicarme a la parte teórica de una investigación en la que me embarqué hace algún tiempo, y, consciente de mis limitaciones de pato, inicié dicha planificación con suficiente antelación, tomando en cuenta todo lo que pudiese salir mal. Organicé las tareas que tenía que llevar a cabo y revisé el clima para que no hubiese sorpresas…  la mala suerte se las iba a ver conmigo, con mi paraguas viejo y con la foto de un gato negro en la portada de mi agenda.

Muchas de las cosas que debía hacer para garantizar un viaje productivo y sin eventualidades eran bastante sencillas. Primero, fui a comprar un ratón nuevo, para facilitar el trabajo en mi laptop; quería comodidad, iba a pasar muchas horas frente a la computadora. Dejé de utilizar las tarjetas de crédito que usaría durante el viaje, para asegurarme de no dañar ningún chip, exceder ningún límite, rayar ninguna banda magnética o enojar a la gente de Visa y MasterCard. Compré alguna ropa de calor y una nueva chaqueta; un traje de baño y una bufanda… porque nunca se sabe.

Me aseguré de ver a tantos amigos y familiares como pude durante la semana previa, para que no hubiese visitas sorpresivas de último minuto que me impidiesen realizar mi tarea de revisión y repaso de la maleta y la rutina del pequeño ataque de nervios de “sé que dejo algo, pero no sé qué” que es ritual antes de este tipo de viajes.

Pedí permiso a mi jefe, adelanté todo el trabajo que pude, porque siempre surge una reunión de último minuto, una entrega que no recordabas o un alumno que te necesita o “no se gradúa” (esta parte nunca es cierta). A todo el que pude mentirle diciendo que me iba antes de lo que en realidad planeaba irme, le mentí. Que la gente pensase que yo estaba ya a un océano de distancia.

Aeropuerto Internacional “Simón Bolívar”

Y todo iba bien, hasta que dejó de ir bien.  Un par de días antes del viaje, el cursor de mi nuevo ratón empezó a desaparecer de la pantalla; al salir del trabajo me apresuré a buscar la garantía y dirigirme al proveedor. Por cuestiones del destino, y, realmente, por culpa de los cambios de cartera que tanto tiempo nos hacen perder a las mujeres elegantes (guiño, guiño) al llegar a la tienda, la única fuente de dinero que llevaba conmigo era la tarjeta que había apartado para usar durante el viaje, por un minuto dudé en si debía volver a mi casa a buscar dinero, pero la tienda hubiese cerrado para entonces.

El chico de atención al cliente me informó que darían mi ratón al técnico y que lo tendría de vuelta en cinco días.  A estas alturas no tengo cinco días, lo único que podía hacer era dejar el ratón en sus manos y buscarlo en el momento lejano en que volviera de mi viaje. El chico me garantiza que no habría problema.

Decidido esto, me aproximo al estante para escoger un ratón nuevo, paso con cierta reticencia la tarjeta al chico y el, sin tomar la tarjeta me da una mirada de compasión “en este momento no tenemos línea, solo estamos aceptando dinero en efectivo”. Miro al reloj y al cajero automático que queda al final de un corredor por el que pasó corriendo y apenas esquivando a los niños que se me atraviesan con sus goteantes helados de vainilla. Coloco la tarjeta en el cajero que me responde con un mensaje: “error, consulte a su banco”.

A la mañana siguiente llamo al banco y otro chico de atención al cliente me avisa que deberán enviarme una correspondencia con un cambio de clave a mi oficina de confianza, me asegura que estará allí en un par de días, la cosa, es que yo no.

Intento no preocuparme, vaciar mi  mente, conectar el yin y yan las estrellas con el universo, entrar en estado de paz, ser una con el mundo… y comienzo a hacer la maleta. Esta parte la disfruto hasta que me doy cuenta de que la chaqueta que compré no combina con nada de la ropa que pensaba llevar. Los diseñadores han querido que la ropa de verano sea brillante y jovial y la de frío te haga sentir en el año 1847. Parece que no podré combinar mi chaqueta con la ropa de verano, pero a los turistas se nos indulta en este tipo de crímenes. Acabo la maleta y comienzo con el equipaje de mano, y, como es natural, no encuentro el pasaporte.

Mi mamá tiene una receta para estas situaciones: “Pilato, Pilato las manos te ato, si no consigo el pasaporte no te las desato”. Es una tontería porque no sabemos realmente nada de Pilato como personaje histórico y la gente cuando muere realmente no está en un lugar esperando que quieras pedirles algo y la frase tendría el mismo efecto que si en lugar de Pilato dijeras Buda o Fred o Michael Jackson. De todas formas, cierro los ojos y digo la frase correctamente, todo el mundo sabe que a los agnósticos nos da por rezar a deidades en las que no creemos en momentos de verdadera desesperación en los que la razón y la inteligencia no proveen ninguna solución. Este comportamiento es la versión atea de la frase “de que vuelan, vuelan”.

Empiezo a voltear gavetas y deshacer cajones, y esto resulta afortunado, puesto que algunos regalitos venezolanos que había comprado con mucho tiempo de anticipación habían quedado olvidados en esos cajones y seguramente no me hubiese acordado de ellos hasta que no tuviese en frente a las personas para quienes estaban destinados. Lo raro es que si había recordado que “comprar recuerdos” era una de las cosas que no tenía que hacer, la última vez que estuve en el centro comercial, aunque, aun si hubiese tenido que hacerlo no hubiese podido, por el percance de mi tarjeta. Al final, es una suerte haber tenido que vaciar las gavetas. Recuerdos en mano, un repentino flashback me guía hacia el lugar donde meses antes había colocado mi pasaporte para encontrarlo cuando lo necesitara.

Esa noche suena el teléfono. Una amiga, que siempre está súper ocupada, y con quién es posible que no coincida en tiempo y ciudad en meses, o quizás en años, me dice que necesita verme. Quedamos para almorzar. Mi amiga me recoge en el trabajo y se enoja porque la hice esperar. Desde luego en el trabajo surgieron varias cosas de último minuto y debía dejarlas listas, porque me voy mañana.

El centro comercial no es mi lugar favorito para comer, pero está cerca y ofrece opciones que satisfacen los gustos, muy distintos, de mi amiga y mío. Para lo que mi amiga si tiene gusto excelente, es para la ropa y dos o tres consejos de ella me ayudan a solucionar mi problema de la chaqueta victoriana.

Ya que estoy en el centro comercial, decido pasar a comprar el ratón y evitarme la incomodidad de tener que recorrer toda una ciudad extranjera buscando uno o llegar y enterarme que allí no se estila su uso, o que la tienda que los vende queda al otro lado de la ciudad. Además, voy a estudiar no a comprar y no pienso perseguir un ratón por una ciudad que no es la mía, porque además yo no soy gato sigiloso y con siete vidas, yo, yo soy un pato y seguro que, a donde voy, no habrán oído de los ratones para computadoras o estos se habrán agotado antes de mi llegada. ¿Por qué? Porque soy un pato.

El chico de la tienda me informa que han revisado mi ratón dañado y que no tiene solución y me dan uno nuevo. Genial. Vuelvo al trabajo, mi jefa (perdón, coordinadora de área) me desea feliz viaje. Me voy temprano a casa. Mi mamá va al banco, la acompaño y ¡zas! El problema de la tarjeta está resuelto. Voy a despedirme de mi abuela y hay café y chocolocate.

Mi prima pasa con su hijo pequeño, mi ahijadito, a despedirse de mí. El niño insiste en usar la computadora y, como es un mocoso irresistible, se la enciendo, solo para recordar que hay una carpeta con artículos en pdf que debía subir al skydrive para poder usarlos en cualquier lugar del mundo, durante mi viaje. ¡Mocoso irresistible, como te amo! Estoy de racha. De repente, en las últimas horas antes de mi viaje, todo cambió a mi favor.

Me levanto justo a tiempo, soy de las primeras en llegar al mostrador de la aerolínea, que abre inmediatamente. El mismo avión, que hace unos días se retrasó e hizo a mi prima perder una conexión, hoy, sale a tiempo. A mi lado hay gente amable, les sonrío. Duermo durante el vuelo y cuando estamos a punto de aterrizar, un líquido color Coca-Cola empieza a gotear de los maleteros que están sobre mí “quizás una lata que explotó con la presión de la cabina” dice mi vecino de asiento, mientras ambos nos apartamos justo antes de que el líquido cayera donde hace unos segundos estaban mi pierna y pantalón caqui. Mi vecino de asiento y yo vemos como cae el líquido durante unos segundos justo al tiempo que se realice el aterrizaje. Por fin, reacciono y me levanto del asiento.

Cuando la azafata está a punto de llamarme la atención como maestra a niño de primer grado, miro (veo?) un puesto vacío y lo tomo. El chico que ahora está mi lado, huele delicioso, y es joven y atractivo, lo cual siempre es agradable, hacemos un par de bromas sobre la naturaleza, composición, olor y procedencia del líquido goteante. Varios de los que estamos alrededor reímos. ¡Ni siquiera me tocó el pantalón!

Mientras espero mi próximo vuelo me dirijo a una tienda y un artículo me hace recordar a alguien a quien había olvidado llevar un obsequio; está barato, cosa que en un aeropuerto es menos común que un eclipse. Es definitivo, tengo una racha de buena suerte. Todo está a mi favor. Mientras lo pienso unas guajiras pasan a mi lado, llevan las acostumbradas batas pero lujosísimas, una de las ropas étnicas más hermosas que me haya topado en un aeropuerto. Me encantan los aeropuertos y hoy hay gente especialmente variada. Estoy realmente feliz. Es como si el universo me estuviese acompañando, ¡a mí! ¡Que soy solo un pobre pato!

Bata Guajira

La bailaora Diana Patricia dijo una vez en una entrevista que ella era una mujer con suerte y “mientras más trabajo, más suerte tengo” agregó. Yo realmente creo que hice un buen trabajo organizando este viaje y, sobre todo, cuidando los pequeños detalles.

Todo lo que he narrado aquí son pequeñas banalidades sobre ropa, almuerzos con amigos y trabajos que de ninguna manera implican estar en una mina o picar piedras, superar el cáncer o aguantar la pobreza. Pero son esas pequeñas cosas las que nos hacen sentir con más o menos suerte. Es poner la atención a los detalles y alegrarse por los pequeños instantes de fortuna, tanto como por los grandes acontecimientos afortunados.

Para cuando usted esté leyendo este post, es posible que mi racha de buena suerte ya haya tomado otro rumbo, dejándome con la suerte acostumbrada de una persona normal. De todas formas yo seguiré pensando que en la próxima esquina, en el próximo evento, en el próximo encuentro con un amigo y en cada visita al banco, voy a tener suerte.

 Si no vamos a creer en nada más, al menos creamos que tenemos suerte, porque si nada más es cierto, lo es el que en algún momento, tendremos, por mera estadística, que toparnos con eso que se llama suerte.

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