Lo que me pasó en el parque

474,481 no es un número primo, ni se encuentra en la secuencia de Fibonacci, tiene en total cuatro divisores y es el número de asociación al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán que fue otorgado a Albert Speer, mejor conocido como el Nazi que pidió perdón durante los juicios de Núremberg.

Aunque verdaderamente, solo pidió disculpas en un momento en que su participación estaba más que comprobada, el periodista William Shire, dijo que de todos los acusados, fue Speer el único que habló con notable honestidad y sin ningún deseos de justificar sus acciones o esquivar sus culpas.

Fue él, una de las únicas personas que advirtió a Hitler que la guerra estaba perdida y, durante los últimos meses del dictador, saboteó programas de gobierno que habrían destruido diversas fábricas e instalaciones en Alemania y habrían dificultado marcadamente su recuperación durante la posguerra. Por esta única acción de valentía, pudo Speer evitar la condena a muerte.

Dentro de lo que cabe, no era un tipo insensato. Al menos, no lo era más que quienes propusieron el tratado de Versalles, tan alabado en los libros de historia, pero que fue claramente la primera ficha de dominó en lo que terminaría siendo la Segunda Guerra Mundial. Ni Francia, ni Inglaterra ni Woodrow Wilson se disculparon por el artículo 231 que establecía a Alemania y sus aliados como únicos responsables de la Guerra Mundial (que para entonces no necesitaba la denominación de “primera”).

Ayer, le comentaba algunas de estas anécdotas de guerra a mi sobrino de 8 años y le aclaraba: “pero tú y yo no, Manuel, tu y yo somos pacifistas”. Los pacifistas fueron una corriente menospreciada a principios del siglo pasado, pero reconocida y respetada después de los horrores de la guerra. Y la razón por la que le comentaba esto a un niño tan pequeño, es porque el primer instinto infantil, quizás el más humano de todos, es el de golpear e insultar a quién nos agrede.

Es tan el primer instinto, que en Manu aflora incluso antes del de voltear el manubrio de una bicicleta cuando va a chocar contra un árbol. Sucedió así, que a unos 9 metros de donde su madre y yo lo vigilábamos, en la pista de bicicletas para menores de 10 años de un parque de la ciudad, cayó el niño contra el pavimento. Un grupo numeroso de adultos que estaba alrededor, en vez de hacer lo que, pienso yo, haría cualquier adulto responsable de una sociedad medianamente constituida, y ayudar al niño a levantarse, se burlaron de el por su poca agilidad.  No solamente incurrieron en un fallo por omisión (en algunos lugares es delito no socorrer), sino en una agresión contra la dignidad infantil, que estoy segura, en este país está penado por la LOPNA.

Después de recoger su bicicleta en medio de las burlas, caminar hasta nosotras y contarnos lo que sucedió, Manolo lo pensó un momento y me dijo: “tendríamos que pegarles”. Desde luego, no fue lo que hicimos, su madre habló con los agresores quienes por toda respuesta admitieron la conducta y le dijeron “total, ustedes y nosotros no nos vamos a ver más nunca”.

Cómo si no tuviésemos que convivir en esta sociedad, trabajar los unos con los otros, marchar juntos en revueltas políticas, pararnos los unos detrás de los otros en los semáforos en rojo, colaborar unos y otros para combatir la pobreza, educar los unos a los hijos de los otros (yo soy profesora), votar por los mismos candidatos o, en contra de los mismo candidatos, asistir a los mismos centros comerciales y juntos bajar el consumo de luz y agua para disminuir la contaminación del planeta.

Siguiendo esa lógica, yo puedo matar a quién sea, porque en ese caso es más cierto que nunca que “no lo voy a ver más”. Total, que nos fuimos sin una disculpa para Manuel y con ese mal sabor que deja la injusticia por pequeña que sea. Eso sí, el niño aprendió a montar bicicleta y la valiosa lección de que uno no tiene que dejar de hacer lo que le gusta por causa de lo que diga la gente, además, aprendió la palabra pacifista.

La otra lección, que no le hicimos explícita, pero que quizás sea la que recuerde más vívidamente dentro de muchos años, es que más común que pedirle una bicicleta a Santa Claus es ese impulso barbárico de menospreciar al indefenso y sentirnos superiores por ello, de divertirnos a costa de la desgracia ajena. Sin ese impulso, el fenómeno Nazi habría sido imposible.

Manu y yo en el Parque del Este.

Manu y yo en el Parque del Este.

Cómo Albert Speer, quizás esa gente del parque eran personas sensatas, que ocultan un pequeño nazi, que despertó en ese momento. Probablemente no debería haber escrito esa última frase, porque a mí nada me dolería más que eso de que me compararán con los Nazis. Pero supongo que este artículo es una pequeña venganza privada que se hace eco de ese instinto tan primario de atacar cuando somos atacados. Porque somos pacifistas, pero no pendejos.

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3 pensamientos en “Lo que me pasó en el parque

  1. Confieso que soy un lector silente de tu blog; creo que es una característica -algo tonta- que hoy decidí dejar atrás para decirte ¡Bravo!. Por cosechar el pacifismo en Manuel, por enseñarle a montar ‘bici’ pero sobretodo, por decirle -sin importar que lo lean- a esos abusadores lo que se merecen. Soy defensor de que el mundo puede salvarse o destruirse con un gesto a la vez, que ellos lleven consigo su etiqueta de ‘imbéciles’ -así sea temporal-, que tu esta vez te llevas la de ‘heroína’.

    • Hola José Miguel: agradezco que rompieras tu silencio. Tu comentario me da muchos ánimos, espero escribir alguna vez otro artículo que te motive a escribirme, y así sabré que ha sido bueno. Muchos saludos.

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