Un poema y un bombón

Lo advirtió recientemente Vargas Llosa en su ensayo “la civilización del espectáculo”, nos estamos “poniendo tontos”, la cultura se nos resbala de las manos, cae al piso y se quiebra. Si no hacemos algo pronto, nos convertiremos en una sociedad absolutamente superficial en cuanto a su arte, pensamiento y política. Lo decía de una forma mucho más elegante en su libro y yo no lo creí hasta que recientemente me regalaron una caja de deliciosos Bacietti –que son iguales pero ligeramente más pequeños que los Baci- y que pretenden representar “el secreto de un beso italiano”, pero que han perdido el atractivo principal de la marca Perugina.

Descubre el secreto de un beso italiano

Porque lo mejor de recibir uno de estos chocolate fue, hasta este momento, las frases y poemas que se encontraban dentro. Junto a cada chocolate, una frase de Baudelaire o Shakespeare en los cinco principales idiomas de Europa. El chocolate era una placer, pero leer la frase, adivinar los idiomas, comparar las palabras y luego, si era suficientemente atractiva, memorizarla, era la mejor parte; yo misma coleccioné, de niña, los papelitos de los Baci en una cajita y los releía cada cierto tiempo.

Pero Perugina ha cambiado de estrategia y en el papel que acompaña a este bombón ocupa demasiado espacio un dibujo de la marca y solo de forma secundaria aparece una oración más similar a la fortuna de las galletas chinas que a los bits de literatura que tanto me gustaban. Mensajes genéricos como “Oggi è il giorno giusto per realizzare i tuoi desideri” (hoy es el día para realizar tus sueños) o “Affronta la vita con leggerezza” decoran los Bacetti, y solamente en italiano e inglés. En fin, no se comprende este cambio.

Por lo demás, el bombón sigue siento tan rico como siempre, porque al final, la nuestra es una cultura que se rinde ante el placer de los sentidos. Pero los placeres intelectuales, dice Vargas Llosa y también Sarlo, se han ido masificando a la vez que desintelectualizando, y han quedado reducidos al “vive la vida light; relax, dude” que es básicamente la recomendación (vita con leggerezza) que me dio hace unos minutos mi chocolate.

Vargas Llosa relaciona las causas de esta degeneración a lo que leemos, como nos educamos y qué ideas políticas consumimos. Yo que soy mucho más básica, miembro al fin de mi civilización del espectáculo, veo las diferencias en las pequeñísimas cosas y no en la macro imagen. Y si, lo del chocolate es una tontería, como lo fue cuando Lego dejó de vender los tobos llenos de piezas cuadradas y rectangulares de mi infancia, sobre las que solo te hacían sugerencia de lo que podías construir, pero con las que podías hacer realmente cualquier cosa (yo aún conservo este juguete) y comenzó a vender cajitas contenedoras de una arquitectura prediseñada, y que no da para mucho: un cohete puede ser solo un cohete y un tractor requiere que se compre una nueva cajita. Ya no se consiguen las toscas ruedas que podían colocársele a autobuses, autos de carrera o incluso a un barco para hacer como que navegaba muy rápidamente. En fin, que atrás quedó el tiempo del “What it is, is beautiful”…

Lo que es, es hermoso. Antigua publicidad de Lego

… y bienvenidos sean los tiempos del – como dice mi chocolate- “tomarnos las vainas light”.

lo que vendía y lo que vende Lego. A la derecha, una rubia con limonadas.

En mayo escribiré un diario

Como el árbol, el hijo y el libro del Talmud yo he ido juntando una humilde lista de cosas que quisiera lograr en los años venideros. Un dos mil trece estresado, aunque no tanto para justificar la  lista de “to do” que le heredó el dos mil catorce, dejó también algunos agregados a la lista.

Una vez más, mis resoluciones de año nuevo incluyen hacer ejercicio, ser organizada y trabajar por la paz mundial. Y una vez más, sé que ocuparé demasiadas horas divagando, corrigiendo exámenes, leyendo investigaciones cuestionables y tomando café.

Las resoluciones son como apuestas en las que sabes que fracasarás desde el momento mismo en que te levantas el dos de enero y botas todos los chocolates de la casa. Al menos hay apuestas que pierdes y son divertidas, como cuando tus “amigos” te hacen bailar una cumbia con el mesonero en un bar, porque no pudiste contener la respiración por un minuto, o te hacen saludar diciendo “hola, imbécil” a las cinco siguientes personas que veas, porque no pudiste nombrar cinco equipos de futbol.

Este año quise hacer una segunda lista, menos hipócrita, que pueda revisar y sonreír, sea cual sea el resultado, porque lo que hay en ella no es para nada determinante. Esta lista incluye, entre otras cosas, leer Les Miserables (he comenzado el libro varias veces y en varios idiomas, sin éxito), conocer África, leer Aristóteles y esta vez, entenderlo, mantener una conversación, o al menos, un breve intercambio de palabras con alguna escritora tipo Leila Macor o Jamaica Kincaid y adoptar un gato. Desde luego, todas estas son resoluciones a largo plazo, que requieren tiempo y dinero, dos recursos que ahora poseo en cantidades muy limitadas.

Pero, lo que si pienso hacer, en mayo, fecha que he escogido porque entonces realizaré una mudanza importante, es escribir durante todo un año, un diario personal. El principal problema de los diarios es que salvo que seas un joven alemán que sufre terriblemente o una adolescente Judía que sufre en manos de los alemanes, no sé qué cuestiones interesantes podrían escribirse allí.

Y entonces, el segundo problema, es que a falta de nada interesante que escribir, los diarios se vuelven documentos que impresionan por su ridiculez. Pero una vez para mi clase de italiano, hice una exposición de media hora sobre la historia de los sombreros. Juro que nadie se durmió.

Si logré eso, puedo escribir un diario. Atrás quedaron las falsas promesas de cambiar y ser mejor persona, de responder que he hecho con mi vida y empezar a lamentarme durante el Rosh Hashaná. Eso sí, me niego a que tenga un candadito en forma de corazón y si alguien lo encuentra, siempre puedo decir – como a veces digo con este blog- que “perdí una apuesta”.