Adiós a García Márquez

Cortázar admitió en una entrevista que él era un místico. Así, por una confluencia planetaria explicaba él ese momento en la historia que le tocó compartir con tantos talentos y por lo que en el mundo se le llama a ese espacio de tiempo “el boom latinoamericano”.

Hoy toca leer un poquito menos de Ilíada y un poquito más de la tía Tula y de Mamá Grande, por aquello que decía Martí de construir nuestras propias Grecias y no andárselas pidiendo prestadas a los otros continentes; por aquello de leernos para conocernos.

A Nuestra América se le ha apagado tantito el boom, pero siguen siendo satisfactorios el último ensayo de Vargas Llosa y las frases salteadas de Elena Poniatowska a la hora de dormir, como era releer cada año Cien Años de Soledad mientras todavía vivía el Gabo.

Y ahora, como bien ya hicieron los griegos por Homero y Hesíodo y los británicos por Shakespeare, nos toca seguir leyendo. Mueren los escritores sólo cuando nunca salen de los estantes de nuestras bibliotecas.

Venezolanos haciendo algo

Venezuela es un país relativamente pequeño: 31 millones de habitantes, lo cual no es demasiado si se lo compara con otros como México de 119 millones o Francia de 66 millones. Es por eso que siempre me da un no-se-qué de sorpresa cuando me topo con algún otro venezolano. Tengo la idea de que conformamos una ínfima minoría planetaria y que además estamos poco esparcidos por el territorio global. No hay ciudad en el mundo que no tenga un restaurante mexicano, un bar irlandés y un sushi bar. En cambio, creo que la presencia de areperas y restaurantes venezolanos se limitaba, hasta hace poco, a pequeñísimos lugares en algunos de los grandes receptores migratorios, como Miami, Nueva York o las Islas Canarias.

En fin, siempre tuve la sensación de que cuando decía que era venezolana la gente no sabía de qué les estaba hablando; sensación que venía amplificada por la ignorancia geográfica de la gente de los países que yo más comúnmente visitaba. Una de mis diversiones cuando vivía en España era inventar datos geográficos absurdos sobre países africanos, asiáticos o del cono sur y ver cuáles eran los límites de la credulidad de mis interlocutores. Un amigo de Guinea Ecuatorial me comentó como convenció a un conocido de que el plato típico de su país era feto de rata y luego se divertía preguntándose si realmente sería viable cazar y cocinar tal cosa, suponiendo que se descubriese que tiene importantes propiedades proteínicas.

Siempre pensé que daba lo mismo decir que era de Narnia o de Utopía que decir que era de Venezuela, nadie podía ubicar a ninguno de los tres en un mapa. Pero creo que este hecho está cambiando, los venezolanos nos estamos esparciendo y no se debe sólo a un fenómeno de diáspora. De hecho es una expansión que no depende, o no solo, de la presencia física sino de una presencia que podría llamarse creativa o intelectual. Y no es nuevo esto de que los venezolanos tengan presencia internacional: Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Andrés bello, por ejemplo. América Latina no sería la misma sin este cacho de tierra en forma de elefante que es mi país.

Después de Chávez la gente comenzó a conocernos un poco más. Si no le vamos a reconocer nada mas, hay que aceptar que nos puso en el mapa de lo que era políticamente relevante, para bien o para mal. Recuerdo que cuando viajé a Turquía todos allí querían saber nuestra opinión sobre la revolución, pero parecían quedar decepcionados con cualquier respuesta que diésemos a favor o en contra. Desde ese momento yo concluí que si alguien parecía saber algo de Venezuela era porque sea persona estaba políticamente informada. Nuestra relevancia se limitaba a la lista de lugares políticamente interesantes y socialmente complicados.

Pero de nuevo, las cosas cambian. Y siempre está bien que a uno lo conozcan por quién uno es y no por quién a uno lo gobierna. Además los venezolanos somos más complejos que la derecha y la izquierda. Somos más bien una especie de laberinto que pierde el sentido hacia los extremos y vuelve a encontrarlo cerca del núcleo y si los chinos ya no lo hubiesen hecho, nosotros hubiésemos inventando el ying y el yang dentro de unos añitos. Algunos podrán pensar que somos una nación demasiado ocupada políticamente; pero la verdad, aún nos da tiempo a más.

Por ejemplo, hace mucho tiempo que sigo en YouTube un canal que se llama minutephysics y desde luego asumí que pertenecía a algún estadounidense, lo cual era obvio porque los videos están en inglés americano. Hace un par de días aparece en mi feed un video de este canal sobre la situación en Venezuela y me llamó mucho la atención que un americano con talento para explicar conceptos científicos complicados decidiese dedicar un video a mi país. Si no hubiese sido por este video nunca me hubiese enterado que la persona que realiza los dibujos para ese canal que llevo meses siguiendo es un profesor universitario de Ciudad Guayana. La sorpresa fue grata, algo así como cuando una vez caminando por Boston, me topé con un lugar que vendía Malta Regional.

Hace unos días me estaba comunicando con una Bloguera que dirige una nueva revista (que esta genial) y al comentarle que era venezolana me dijo que el chico que realizaba los diseños para la revista era caraqueño “¡que fino, vale!” La verdad me pareció un descubrimiento feliz porque la revista me había gustado mucho y si se puede sentir pena ajena ¿Por qué no orgullo ajeno?

Esa misma semana estaba buscando un cuarto para rentar en Londres y vi uno cuya decoración era muy agradable, con unos dragoncitos de origami colgados en el techo de la pequeña sala. Aunque no estaba en una zona que me conviniese, decidí mirarlo un poco más. Para mi sorpresa, el apartamento pertenecía a dos chicos venezolanos que buscaban una tercera persona para vivir. Me gustó el hecho de que justo ese apartamento hubiese llamado mi atención.

Sé que hay algunos connacionales que no sienten esta especie de concomitancia. Que ven la chaqueta de la bandera en una calle de Barcelona o de París y cambian de acera, y no lo voy a criticar. Pero yo por el contrario siento una conexión que se extiende a todo lo que es latinoamericano. Escuchar a un par de colombianos basta para hacerme sentir en casa cuando estoy por otros derroteros y ¿Qué se yo? Haberme enterado por casualidad que tres cosas que me gustaron eran hechas por venezolanos me hace sentir bien, aunque no sea nada excepcional. Y sobre todo me hace pensar que debe haber millones de cosas más, que me gustan y que las hacen venezolanos, y yo aquí pensando que las hacen los chinos.