Arte perfecto

Me gustan las tiendas de los museos. He ido a museos donde me ha gustado mas la tienda que la exposición permanente. Siempre me he confesado lega frente al arte actual y en alguna ocasión, con  amigos mas inteligentes o mejor educados que yo he bromeado sobre el precio de alguna obrita incompresible hecha de cartón y silicona.

hace poco fui a una exposición en Toledo y el nombre de un cuadro de Miró -artista que estéticamente disfruto- aparecía tachado y reemplazado por otro. Me parece permisible que ignorantes de la materia como yo, confundamos o de plano desconozcamos nombres, precios, artistas y significados. Pero que cometan tales errores los empleados de museos y que encima no los oculten sino que los dejen ver tan despreocupadamente (quizás justificándolo con razones de índole artístico-intelectuales) me parece un signo de que el arte actual es sencillamente incompresible.

Fotografía tomada rápidamente en un museo toledano

Fotografía tomada rápidamente en un museo toledano

Errores de este tipo no ocurrirían con Las Meninas porque en un cuadro o hay meninas o no hay meninas. Y si un cuadro de esa época se llama Meninas es porque hay pintadas unas meninas. Este cuadro también se conoce como La familia de Felipe IV porque en el aparece la familia de Felipe IV.

Frente a cualquier obra de arte el espectador espera un mensaje y debería preguntarse que intenta comunicársele. El arte posmoderno, por ejemplo, pretende enfrentarse a los dualismos -bueno y malo, blanco y negro- de la cultura occidental, retar a la autoridad, revelarse contra obras y textos sacramentales.

El ciudadano promedio, acostumbrado a una educación quizás mas tradicionalista que revolucionaria, se enfrenta a las pinceladas que aparecen al azar, al plástico fundido sin ninguna forma perceptible o a la basura encerrada en un cubo trasparente, y se pregunta: “¿esto es arte?”.

La pregunta queda sin respuesta, porque salvo en algunos museos donde puede comprarse junto con el ticket de entrada una grabación sobre el recorrido o si se va con un guía, las obras se presentan sin explicación alguna que las acompañe. Esto se interpreta como un acto de esnobismo por parte de los conocedores del arte, que lejos de creernos aptos para comprender la obra, obvian la explicación para divertirse con nuestras miradas desconcertadas. La respuesta de parte de la masa es entonces la burla: “la basura de mi casa es así, lo mismo”. Hay comunicación porque hay discordia. Si el arte moderno pretende que la masa (ordinaria) se revele contra una élite (esnobista), consigue entonces así su objetivo.

Círculo perfecto

Círculo perfecto

La fama incidental

Ha habido dos personajes célebres llamados Margaret Hamilton. No están emparentadas. La primera fue una actriz a quien muchos recordarán por su rol como la bruja mala del oeste en “El mago de Oz” de 1939. En la vida real personificaba el arquetipo de la solterona (aunque en realidad era divorciada), también defendía los derechos de los niños y los animales y, antes que actriz, fue maestra de escuela. Eran otros tiempos en los que ese orden de cosas en el desarrollo profesional, si bien no era la regla, no era del todo inusual; Marilyn Monroe, por ejemplo, trabajó en una fábrica de municiones antes de ser descubierta allí por el fotógrafo David Conover.

Spinster

El arquetipo de la solterona- Spinster

La otra Margaret Hamilton fue una científica y matemática parte del equipo de ingenieros que diseñaron el Software utilizado para conducir el Apollo hacia y desde la luna. Quizás uno de los momentos más interesantes de su vida fue cuando logró aterrizar el Apollo 11 en la luna, luego de que una actualización en el sistema de radares casi hizo que la misión fuese abortada. Dicen que fue ella quien acuñó el término “ingeniería de programas” de forma similar a como Freud lo hizo con el “Psicoanálisis”.

La conocida foto de Margaret Hamilton con su código.

La conocida foto de Margaret Hamilton con su código.

La actriz murió en 1985. La ingeniera tiene hoy 76 años, lo que significa que nació en 1938, año en el que la actriz se divorció de su esposo.

No obstante, el nombre Margaret Hamilton no es uno famoso. No como lo es, por ejemplo Heath Ledger, a pesar de que el personaje de la bruja del oeste fue una vez reconocido con el cuarto lugar como mejor papel de villana en la historia del cine hollywoodense. Ni como lo es Melinda Gates, quién, con todo el mérito que merece, no aterrizó nunca nada en la luna.

La fama es una casualidad innecesaria, y no obstante siempre existente. Las sociedades humanas parecen necesitar de los famosos como un bien en sí mismo, sin que de estos personajes se derive ningún beneficio social.

Nuestra sociedad no es mejor porque sepamos todo lo que sabemos sobre la vida de las Kardashian, y muchos discutirían que de hecho, nuestra sociedad es peor por tener ese conocimiento.

Vale la pena discutir si realmente las celebrities tipo Kim “empeoran” la cultura popular, o si su celebridad es solo un síntomas de que la sociedad actual está ya bastante necesitada de desarrollo cultural e intelectual. Quizás, por concluir algo sencillo, se diga que lo que sucede es un círculo donde el vicio se retroalimenta a sí mismo. Nuestros famosos son a la vez un síntoma y una consecuencia de una carencia profunda de la cultura occidental.

Sea como fuere, la fama no es un indicador, o no necesariamente, de ningún logro real. Chávez no parece haber sido mejor mandatario que Mujica, pero si fue más conocido internacionalmente. Steve Jobs era famoso, pero sus méritos se ponen siempre en duda –los productos Apple no son siempre mejores que los de otras marcas, solo son más populares.

Quizás un ejemplo de lo absurda puede ser la fama es la familia Tards. Una pareja común y corriente, con hijos, que ganan adeptos en twitter por hacer un humor más físico que inteligente y por autodenominarse “Retardados”, palabra que de todas maneras, debía haber caído ya en desuso.

Lo único necesario para ser famoso en una cultura dominada por los Reality shows, es existir. Desde ese punto de vista, todo tenemos la única cosa esencial para alcanzar la fama, ya que no es ni siquiera obligatorio nacer con o desarrollar “factor X”.

Podría debatirse que el acceso a la fama viene dado por la capacidad para romper límites: morales, intelectuales, deportivos. El espectador quiere conmoverse con acciones que su habilidad no le permite realizar o escandalizarse al ver realizar a otros las cosas que su miedo al ridículo no le permiten hacer.

El ejemplo de las Margarets demuestra que no solo una capacidad inhabitual es necesaria. Ambas M. Hamilton rompieron límites y no consiguieron más que una porción del reconocimiento reservado a los famosos. La fama es, para la mayoría de nosotros, un estado incomprensible, estamos acostumbrados a su existencia, y es sin embargo un enigma. Una lotería, le puede suceder a cualquiera aunque no le sucede a casi nadie.

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