Arte perfecto

Me gustan las tiendas de los museos. He ido a museos donde me ha gustado mas la tienda que la exposición permanente. Siempre me he confesado lega frente al arte actual y en alguna ocasión, con  amigos mas inteligentes o mejor educados que yo he bromeado sobre el precio de alguna obrita incompresible hecha de cartón y silicona.

hace poco fui a una exposición en Toledo y el nombre de un cuadro de Miró -artista que estéticamente disfruto- aparecía tachado y reemplazado por otro. Me parece permisible que ignorantes de la materia como yo, confundamos o de plano desconozcamos nombres, precios, artistas y significados. Pero que cometan tales errores los empleados de museos y que encima no los oculten sino que los dejen ver tan despreocupadamente (quizás justificándolo con razones de índole artístico-intelectuales) me parece un signo de que el arte actual es sencillamente incompresible.

Fotografía tomada rápidamente en un museo toledano

Fotografía tomada rápidamente en un museo toledano

Errores de este tipo no ocurrirían con Las Meninas porque en un cuadro o hay meninas o no hay meninas. Y si un cuadro de esa época se llama Meninas es porque hay pintadas unas meninas. Este cuadro también se conoce como La familia de Felipe IV porque en el aparece la familia de Felipe IV.

Frente a cualquier obra de arte el espectador espera un mensaje y debería preguntarse que intenta comunicársele. El arte posmoderno, por ejemplo, pretende enfrentarse a los dualismos -bueno y malo, blanco y negro- de la cultura occidental, retar a la autoridad, revelarse contra obras y textos sacramentales.

El ciudadano promedio, acostumbrado a una educación quizás mas tradicionalista que revolucionaria, se enfrenta a las pinceladas que aparecen al azar, al plástico fundido sin ninguna forma perceptible o a la basura encerrada en un cubo trasparente, y se pregunta: “¿esto es arte?”.

La pregunta queda sin respuesta, porque salvo en algunos museos donde puede comprarse junto con el ticket de entrada una grabación sobre el recorrido o si se va con un guía, las obras se presentan sin explicación alguna que las acompañe. Esto se interpreta como un acto de esnobismo por parte de los conocedores del arte, que lejos de creernos aptos para comprender la obra, obvian la explicación para divertirse con nuestras miradas desconcertadas. La respuesta de parte de la masa es entonces la burla: “la basura de mi casa es así, lo mismo”. Hay comunicación porque hay discordia. Si el arte moderno pretende que la masa (ordinaria) se revele contra una élite (esnobista), consigue entonces así su objetivo.

Círculo perfecto

Círculo perfecto

La fama incidental

Ha habido dos personajes célebres llamados Margaret Hamilton. No están emparentadas. La primera fue una actriz a quien muchos recordarán por su rol como la bruja mala del oeste en “El mago de Oz” de 1939. En la vida real personificaba el arquetipo de la solterona (aunque en realidad era divorciada), también defendía los derechos de los niños y los animales y, antes que actriz, fue maestra de escuela. Eran otros tiempos en los que ese orden de cosas en el desarrollo profesional, si bien no era la regla, no era del todo inusual; Marilyn Monroe, por ejemplo, trabajó en una fábrica de municiones antes de ser descubierta allí por el fotógrafo David Conover.

Spinster

El arquetipo de la solterona- Spinster

La otra Margaret Hamilton fue una científica y matemática parte del equipo de ingenieros que diseñaron el Software utilizado para conducir el Apollo hacia y desde la luna. Quizás uno de los momentos más interesantes de su vida fue cuando logró aterrizar el Apollo 11 en la luna, luego de que una actualización en el sistema de radares casi hizo que la misión fuese abortada. Dicen que fue ella quien acuñó el término “ingeniería de programas” de forma similar a como Freud lo hizo con el “Psicoanálisis”.

La conocida foto de Margaret Hamilton con su código.

La conocida foto de Margaret Hamilton con su código.

La actriz murió en 1985. La ingeniera tiene hoy 76 años, lo que significa que nació en 1938, año en el que la actriz se divorció de su esposo.

No obstante, el nombre Margaret Hamilton no es uno famoso. No como lo es, por ejemplo Heath Ledger, a pesar de que el personaje de la bruja del oeste fue una vez reconocido con el cuarto lugar como mejor papel de villana en la historia del cine hollywoodense. Ni como lo es Melinda Gates, quién, con todo el mérito que merece, no aterrizó nunca nada en la luna.

La fama es una casualidad innecesaria, y no obstante siempre existente. Las sociedades humanas parecen necesitar de los famosos como un bien en sí mismo, sin que de estos personajes se derive ningún beneficio social.

Nuestra sociedad no es mejor porque sepamos todo lo que sabemos sobre la vida de las Kardashian, y muchos discutirían que de hecho, nuestra sociedad es peor por tener ese conocimiento.

Vale la pena discutir si realmente las celebrities tipo Kim “empeoran” la cultura popular, o si su celebridad es solo un síntomas de que la sociedad actual está ya bastante necesitada de desarrollo cultural e intelectual. Quizás, por concluir algo sencillo, se diga que lo que sucede es un círculo donde el vicio se retroalimenta a sí mismo. Nuestros famosos son a la vez un síntoma y una consecuencia de una carencia profunda de la cultura occidental.

Sea como fuere, la fama no es un indicador, o no necesariamente, de ningún logro real. Chávez no parece haber sido mejor mandatario que Mujica, pero si fue más conocido internacionalmente. Steve Jobs era famoso, pero sus méritos se ponen siempre en duda –los productos Apple no son siempre mejores que los de otras marcas, solo son más populares.

Quizás un ejemplo de lo absurda puede ser la fama es la familia Tards. Una pareja común y corriente, con hijos, que ganan adeptos en twitter por hacer un humor más físico que inteligente y por autodenominarse “Retardados”, palabra que de todas maneras, debía haber caído ya en desuso.

Lo único necesario para ser famoso en una cultura dominada por los Reality shows, es existir. Desde ese punto de vista, todo tenemos la única cosa esencial para alcanzar la fama, ya que no es ni siquiera obligatorio nacer con o desarrollar “factor X”.

Podría debatirse que el acceso a la fama viene dado por la capacidad para romper límites: morales, intelectuales, deportivos. El espectador quiere conmoverse con acciones que su habilidad no le permite realizar o escandalizarse al ver realizar a otros las cosas que su miedo al ridículo no le permiten hacer.

El ejemplo de las Margarets demuestra que no solo una capacidad inhabitual es necesaria. Ambas M. Hamilton rompieron límites y no consiguieron más que una porción del reconocimiento reservado a los famosos. La fama es, para la mayoría de nosotros, un estado incomprensible, estamos acostumbrados a su existencia, y es sin embargo un enigma. Una lotería, le puede suceder a cualquiera aunque no le sucede a casi nadie.

your name here

Miedo mamá

problem child

Por lo general, No quiero tener niños, salvo en las ocasiones en que caminando por algún parque me topo con una pequeña de cabellos largos, o cuando en algún autobús veo a un adolescente leyendo un libro.

Tan es así que no quiero tenerlos que he pensado: Ziana si fuese niña, porque significa valiente y Arcadio, como mi abuelo, si fuese varón. La gente que sí quiere tenerlos, así: “una hembra y un varón, la parejita”, como por ejemplo mi novio, mi exnovio y el que vino antes de él, en fin, que ese tipo de gente tiene en la cabeza la publicidad de Honda o de cualquier otra marca de vehículos, con los niños sentados sonrientes en el asiento trasero y unos padres tomados de la mano mirándose con satisfacción, mientras el padre conduce por una carretera sin tráfico. Tengo en la cabeza yo algo muy distinto: un chico sentado frente a mí, con un piercing de 3 centímetros de diámetro en la oreja derecha y algún tipo de modificación corporal en los brazos y su novia, tatuada de la gargantilla a la coronilla y yo sin poder ponerle el dedo a qué cosa es lo que no me gusta de todo aquello. Sintiéndome terrible por rendirme a los estereotipos, diciéndome a mí misma mi discursito sobre que cada quién puede hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, pero conteniendo con dificultad una inminente reacción de repulsión por los dos jovencillos. El chico es mi hijo, digamos que mi primogénito, para agregar una nota Tchaikovskiana a la escena.

Que no es que me moleste el ocasional tatuaje de luciérnaga o de signo maya en algún lugar donde no pega el sol, y me llevo bien con el chico todo tatuado sentado a mi lado en el metro o recomendándome un libro de ficción en la biblioteca, pero sé que por una razón tan superficial como la estética no me encontrarían a mi yéndome a casa con ese chico después de una noche de copas. Y es que todavía podría soportar a un adolescente delgaducho con un túnel de un centímetro de diámetro en la oreja, pero la imagen de un chico fortachón, tatuado, rockero es de una masculinidad que siento que me agrede aunque no me toque.

Me atemoriza la idea, retirándonos ya de la situación anterior, de una veinteañera con cara de niña y falda debajo de las rodillas, camisa blanca abotonada hasta ahorcarse, suéter azul, que me habla de sus planes de unirse a una secta mega cristiana de derechas que prohíbe los trasplantes de órganos y niega la evolución. Y yo ahí, con mi ejemplar de psicología de las religiones escondido bajo el sillón intentando explicarle a mi hija –digamos otra vez que mi primogénita- las inconveniencias intelectuales de tales grupos sociales.

Me desanima incluso la idea, ahora que vivo en Londres, de un inglesito de valores intachables que en su adultez no sepa suficiente español para leer este artículo. Que no baile, no lea a García Márquez, y que vea en los inmigrantes una incomodidad necesaria para los trabajos más duros de la sociedad.

Opinará el lector que estos miedos son inocentes, por no decir irracionales, porque a los hijos los ha criado uno y la manzana no cae muy lejos del árbol. Y responderé que soy de la opinión de que eso de la crianza de la prole tiene mucho de coartarle la libertad a otro, de “esto no porque lo digo yo”, y que la carencia de explicaciones ha sido la marca esencial de la mayoría de las relaciones paterno-filiales que yo conozco. Y me parece que quizás, tenga que ser así. Que si no me quiero sentar a la mesa con la chica de cara de tinta que no usa productos de aseo personal como protesta política contra la P&G, tengo que coartarle la libertad a alguien, porque mis razones para la prohibición de tal forma de vida serían las superficiales típicas: la estética, el instinto, el sentido común sin basamento filosófico.

Me parece que admiraría el sentido de identidad del chico tatuado, que anhelaría el proceso de búsqueda de la veinteañera mojigata, la dedicación a los valores de su sociedad del caballerito inglés y que sin embargo no podría contener el impulso de pedirles por favor…y luego exigirles con amenazas, que dirijan el sentido de identidad, la búsqueda espiritual y los valores culturales a algo más a tono con mi propia experiencia. Me aterroriza que un panzón de tres kilos y 50 centímetros puede llegar a convertirse en la persona frente a la cual me deshago de los principios de libertad y justicia, de desapego a tradiciones insensatas que he mantenido toda mi vida. Que no podría decir “vete a tu cuarto sin televisión, ni internet” sin traicionarme a mí misma. Que mi vida con un niño sería un constante debatir posturas políticas simplificadas con un infante que invariablemente me mira con ojos de incomprensión. Y que mis actividades favoritas: leer, ir al teatro, viajar, tomar vino y estar en calma y en paz se verían supeditadas al horario de otro que con todo derecho impone sus necesidades frente a mi rutina.

Sin embargo, veo el atractivo de tener una razón para entrar a las jugueterías, de tener la obligación de repasar todos los libros infantiles y la oportunidad de poner a prueba todas las teorías que llevo años formulando en mi cabeza. Sería agradable tener a alguien a quien acompañar a su primer musical, a quien enseñar las fotos de la familia y a quien cuidar en los viajes al extranjero. Sería bonito, si tan solo se pudiese tener la seguridad, de que la chiquilla a la que le ha dado por cortarle la cabeza a las Barbies no será la próxima asesina en serie.

bad child

La guerra

Nací hacia el final de la guerra fría y de una forma que no logro comprender este hecho ha debido marcar mi vida. No vine a percatarme que había nacido en “tiempo de guerra” hasta ya bien entrada en la adultez. No recuerdo que en el colegio hubiese un capítulo sobre la guerra fría en el currículo de historia universal, ni de historia nacional, aún cuando América Latina entera era zona de influencia de los Estados Unidos y aún cuando mucha de nuestra política contemporánea toca los sucesos de la guerra fría.

Cuando se hablaba de Cuba, no se hablaba de la guerra fría. Y ni siquiera se hablaba de  la guerra fría cuando se hablaba de Rusia. Estaba ahí como una sombra solo vivible para aquellos que, nacidos bastante antes que mi generación, habrán vivido entre hippies y pacifistas.

Mis coetáneos europeos saben igualmente poco sobre la guerra en medio de la que nacieron. No entendieron ellos -porque nunca supieron- que el llamado Islam Político estuvo (por usar el pasado) apoyado por los Estados Unidos y que la Yihad era en principio otra estrategia de combate contra la Unión Soviética. Y aunque hoy el terrorismo se cuente entre sus principales preocupaciones, pueden ver solo la punta del Iceberg. Un avión que se estrella contra un edificio es mucho más que un intento de asesinar infieles y no es una cuestión religiosa, sino política, y no es meramente un acto de venganza.  Como tampoco es un acto de venganza la posterior intromisión de las potencias mundiales en los países donde residen las organizaciones terroristas, esto es también, y obviamente, una acción con interés político-económico, pero eso es algo que todos hemos aceptado sin saber exactamente lo que significa.

Convertimos en premisa simple “los estados unidos intervienen con la excusa de la democracia” un problema fundamental de nuestro tiempo. como simplificamos también “los políticos roban”, “en África se muere la gente de hambre” o ” el gobierno no hace nada por la gente”. Convertimos en verdades irrefutables hechos puntuales sobre los que al final sabemos muy poco ¿Cuánto roban? ¿Quiénes se mueren? ¿Cómo se gobierna? son preguntas que quedan en el aire, porque nosotros, ciudadanos comunes, no podemos encontrar las respuestas.

Igual quedan para mi en el aire preguntas fundamentales sobre la esencia de la guerra fría, porque no pude comprenderlo, nunca me lo explicaron, las versiones que parecen mas completas son demasiado complejas para mi entendimiento… y finalmente sucede que tengo poco tiempo para sentarme a leer sobre la guerra y el tiempo que tengo quizás prefiero usarlo para otras cosas. Así y todo, yo nací durante la guerra fría, y de alguna forma que no puedo exactamente decir, debió de marcar mi vida.

Lo que es un mal día

En la vida hay eventos malos: la muerte de un familiar, los divorcios, los abortos espontáneos… que empañan nuestras tranquilas existencias. Para un latinoamericano esos eventos incluyen golpes de estado, protestas estudiantiles y viernes negros; son eventos que nos arruinan una velada, un mes, nuestros planes para las vacaciones o -porque a veces llega a eso- nos determinan para toda la vida; de todas formas son eventos puntales, aunque nos empañen toda la semana, lo malo son solamente ellos.

Pero ayer yo tuve lo que se puede tildar de un verdadero mal día; ni un evento político, ni cultural, ni natural preciso, sino un desfile de calamidades que me tocó ver desde la ventana. Y como siempre, las causas hay que empezarlas a buscar en el pasado; desde hacía unos días, debido al cierre por asamblea del colegio de médicos, me suspendieron el taller de cuantacuentos (¡oh!, perdón, narración oral)  al que asisto todos los miércoles y que es el vaso de buen vinotinto en la bañera de agua helada que son siempre los miércoles. Además, desde la semana pasada se vienen dando protestas estudiantiles.

Todo el mundo sabe que lo mejor con los estudiantes es dejarlos protestar, gritar consignas, quizás, si tienen razón (y a veces aunque no la tengan), hacer concesiones. De aquí a Pekín todos sabemos que cuando se trata de los estudiantes de universidades públicas, bajo absolutamente ninguna circunstancia es legítimo sacar una horda de militares armados, una tanqueta y agredirlos. Esos chamos tumban gobiernos, esos chamos destruyen edificios, esos chamos son jóvenes y son muchos y, por lo general, algo de razón tienen. Lo mejor es dejarlos que protesten, tranquen calles y se vayan a su casa cuando estén cansados. Nada les da más energía que lanzarles una lacrimógena y nada está peor visto en la prensa internacional. Pero el gobierno de Venezuela está demasiado absorto en sus propia corrupción como para reconocer esas verdades que todos sabemos. Además, la protesta en cuestión les sirve para desviar la atención de sus seguidores del tema de la devaluación y la escasez, entre otros. Y todo esto me sitúa en el día de ayer, miércoles 19.

Tenía previsto despertar a las 7, pero a las 6:40 sentí que me movían la cama (y no, no es lo que están pensando), se trataba de un temblor de magnitud 5,2 en la escala de Ritcher. Calculo que duró unos siete segundos, pues me dio tiempo de despertar, correr a la puerta, llamar a mi madre y aún temblaba. Para las nueve de la mañana ya había habido 3 réplicas del temblor y en otros asuntos, se había muerto Simón Díaz. Para mí, Latinoamérica es comer frijoles con carne y tomar papelón con un garoto mientras leo un libro de Beatriz Sarlo o Cien Años de Soledad y escucho a Simón Díaz cantar un tango (si alguna vez se cumple el sueño de una unión latinoamericana de naciones, esto tiene que estar en el himno). Pues sí, murió tío simón y con él se acabó una era… una era que podríamos denominar “Venezuela es mejor que Nueva York”.

Simón Díaz

  Mientras almorzaba, leí en twitter que había muerto Génesis Carmona, una Miss (porque si no, no sería Venezuela) herida en la protesta del martes. Lo lamenté mucho, por las razones obvias – esta pérdida es otra tragedia- pero además, porque si se liga esto a la anterior de Mónica Spear, adquiere una significancia diferente, ya que los concursos de belleza son prácticamente el deporte nacional y son, aunque a algunos les guste negarlo, un componente de la identidad nacional. Es decir, la identidad nacional recibió un balazo, lo mismo que las “Misses”.

Génesis Carmona

Sin nada que poder hacer en la tarde, con la universidad (donde trabajo) cerrada y sin taller de cuentería ni poder salir a la calle por el peligro que representaba, me acuartelé en mi casa a repasar algunos contenidos de una materia que vi cuando estudiaba (el ensayo en América Latina) y a escribir por whatsapp a mis conocidos y recibir de ellos noticias de lo que pasaba en las diferentes zonas de la ciudad.

Para cuando cayó la noche, la calle estaba tranquila, desierta. Los manifestantes se habían concentrado a unas 10 cuadras de mi casa y aquello, me contaba uno de mis mejores amigos, mientras me escribía mensajes en los que me trasmitía su miedo, se convirtió en una zona de guerra que el comparaba con la de Siria y otra amiga con la Alemania de la postguerra. Las balas rebotaban en la pared de su casa; desde un tanque de guerra un militar con altavoz gritaba que iba contra todos, que se fueran a sus casas; desde los edificios se daba refugio a los manifestantes y la sobrina pequeña de mi amigo tuvo que subir a la azotea para no respirar los gases tóxicos.

Yo veía en la televisión el discurso aprendido, repetido, carente de sentido de nuestro presidente, que consiste sencillamente en repetir la palabra “fascistas” (sin que aplique realmente a la situación) unas quinientas veces y hablar de un socialismo en el que todos sabemos, el gobierno no cree, en desviarse del tema de la corrupción y desmentir lo que de todas formas sabemos que sucede.

No fui a las protestas puesto que desde el principio me pareció una convocatoria desorganizada que podía salirse de las manos. Y porque no apoyo la salida del gobierno por una vía no democrática, cosa que estaba implícita en algunos de los llamados. En cambio quisiera que el gobierno se hiciese de una vez responsable y dejase de culpar a una “élite” que hace quince años no gobierna y para nuestra sorpresa nada ha mejorado. Por un lado dicen que tienen todo el poder y por otro que no pueden hacer nada porque este enemigo imaginario que es la derrocada oligarquía, no se los permite.

Después, vi un programa especial sobre la vida de Simón Díaz y a las doce de la noche decidí despedirme de los distintos grupos de whatsapp en los que estoy e irme a dormir. Escuché, para aclarar mi mente y olvidarme de las 24 horas anteriores, la historia de Iván el Terrible contada por Diana Uribe… Así habrá estado el día, que Iván el Terrible sirvió de canción de cuna.

Iván el terrible

Un poema y un bombón

Lo advirtió recientemente Vargas Llosa en su ensayo “la civilización del espectáculo”, nos estamos “poniendo tontos”, la cultura se nos resbala de las manos, cae al piso y se quiebra. Si no hacemos algo pronto, nos convertiremos en una sociedad absolutamente superficial en cuanto a su arte, pensamiento y política. Lo decía de una forma mucho más elegante en su libro y yo no lo creí hasta que recientemente me regalaron una caja de deliciosos Bacietti –que son iguales pero ligeramente más pequeños que los Baci- y que pretenden representar “el secreto de un beso italiano”, pero que han perdido el atractivo principal de la marca Perugina.

Descubre el secreto de un beso italiano

Porque lo mejor de recibir uno de estos chocolate fue, hasta este momento, las frases y poemas que se encontraban dentro. Junto a cada chocolate, una frase de Baudelaire o Shakespeare en los cinco principales idiomas de Europa. El chocolate era una placer, pero leer la frase, adivinar los idiomas, comparar las palabras y luego, si era suficientemente atractiva, memorizarla, era la mejor parte; yo misma coleccioné, de niña, los papelitos de los Baci en una cajita y los releía cada cierto tiempo.

Pero Perugina ha cambiado de estrategia y en el papel que acompaña a este bombón ocupa demasiado espacio un dibujo de la marca y solo de forma secundaria aparece una oración más similar a la fortuna de las galletas chinas que a los bits de literatura que tanto me gustaban. Mensajes genéricos como “Oggi è il giorno giusto per realizzare i tuoi desideri” (hoy es el día para realizar tus sueños) o “Affronta la vita con leggerezza” decoran los Bacetti, y solamente en italiano e inglés. En fin, no se comprende este cambio.

Por lo demás, el bombón sigue siento tan rico como siempre, porque al final, la nuestra es una cultura que se rinde ante el placer de los sentidos. Pero los placeres intelectuales, dice Vargas Llosa y también Sarlo, se han ido masificando a la vez que desintelectualizando, y han quedado reducidos al “vive la vida light; relax, dude” que es básicamente la recomendación (vita con leggerezza) que me dio hace unos minutos mi chocolate.

Vargas Llosa relaciona las causas de esta degeneración a lo que leemos, como nos educamos y qué ideas políticas consumimos. Yo que soy mucho más básica, miembro al fin de mi civilización del espectáculo, veo las diferencias en las pequeñísimas cosas y no en la macro imagen. Y si, lo del chocolate es una tontería, como lo fue cuando Lego dejó de vender los tobos llenos de piezas cuadradas y rectangulares de mi infancia, sobre las que solo te hacían sugerencia de lo que podías construir, pero con las que podías hacer realmente cualquier cosa (yo aún conservo este juguete) y comenzó a vender cajitas contenedoras de una arquitectura prediseñada, y que no da para mucho: un cohete puede ser solo un cohete y un tractor requiere que se compre una nueva cajita. Ya no se consiguen las toscas ruedas que podían colocársele a autobuses, autos de carrera o incluso a un barco para hacer como que navegaba muy rápidamente. En fin, que atrás quedó el tiempo del “What it is, is beautiful”…

Lo que es, es hermoso. Antigua publicidad de Lego

… y bienvenidos sean los tiempos del – como dice mi chocolate- “tomarnos las vainas light”.

lo que vendía y lo que vende Lego. A la derecha, una rubia con limonadas.

En mayo escribiré un diario

Como el árbol, el hijo y el libro del Talmud yo he ido juntando una humilde lista de cosas que quisiera lograr en los años venideros. Un dos mil trece estresado, aunque no tanto para justificar la  lista de “to do” que le heredó el dos mil catorce, dejó también algunos agregados a la lista.

Una vez más, mis resoluciones de año nuevo incluyen hacer ejercicio, ser organizada y trabajar por la paz mundial. Y una vez más, sé que ocuparé demasiadas horas divagando, corrigiendo exámenes, leyendo investigaciones cuestionables y tomando café.

Las resoluciones son como apuestas en las que sabes que fracasarás desde el momento mismo en que te levantas el dos de enero y botas todos los chocolates de la casa. Al menos hay apuestas que pierdes y son divertidas, como cuando tus “amigos” te hacen bailar una cumbia con el mesonero en un bar, porque no pudiste contener la respiración por un minuto, o te hacen saludar diciendo “hola, imbécil” a las cinco siguientes personas que veas, porque no pudiste nombrar cinco equipos de futbol.

Este año quise hacer una segunda lista, menos hipócrita, que pueda revisar y sonreír, sea cual sea el resultado, porque lo que hay en ella no es para nada determinante. Esta lista incluye, entre otras cosas, leer Les Miserables (he comenzado el libro varias veces y en varios idiomas, sin éxito), conocer África, leer Aristóteles y esta vez, entenderlo, mantener una conversación, o al menos, un breve intercambio de palabras con alguna escritora tipo Leila Macor o Jamaica Kincaid y adoptar un gato. Desde luego, todas estas son resoluciones a largo plazo, que requieren tiempo y dinero, dos recursos que ahora poseo en cantidades muy limitadas.

Pero, lo que si pienso hacer, en mayo, fecha que he escogido porque entonces realizaré una mudanza importante, es escribir durante todo un año, un diario personal. El principal problema de los diarios es que salvo que seas un joven alemán que sufre terriblemente o una adolescente Judía que sufre en manos de los alemanes, no sé qué cuestiones interesantes podrían escribirse allí.

Y entonces, el segundo problema, es que a falta de nada interesante que escribir, los diarios se vuelven documentos que impresionan por su ridiculez. Pero una vez para mi clase de italiano, hice una exposición de media hora sobre la historia de los sombreros. Juro que nadie se durmió.

Si logré eso, puedo escribir un diario. Atrás quedaron las falsas promesas de cambiar y ser mejor persona, de responder que he hecho con mi vida y empezar a lamentarme durante el Rosh Hashaná. Eso sí, me niego a que tenga un candadito en forma de corazón y si alguien lo encuentra, siempre puedo decir – como a veces digo con este blog- que “perdí una apuesta”.

Feeeeeliz cumpleaaaaaaño queriiiido bloooóóóÓÓÓg

Hoy se cumple justamente un año de haber iniciado la tarea de poner por escrito las reflexiones de mis 25 (ya 26) años de vida, urbe18 es un bloggañero. No es que lo sepa porque lo haya anotado en mi agenda, o mi memoria eidética no me haya dejado olvidarlo; no, los otros blogueros sabrán que wordpress coloca un “trofeíto” en la pantalla, que te permite recordarlo.

Es muy triste que este año se cumpla en medio de una sequía creativa que es la razón por la que he posteado muy pocas cosas en los últimos meses. La explicación de esta sequía es el fenómeno al que le he colocado el nombre de adormecimiento. Es, quiero pensar, una versión contemporánea- no postguerrista– de la náusea de la que hablaba Sartre, que también es el mismo tema expuesto por Martín Santos en la novela Tiempo de silencio (disponible gratuitamente en su página ilegal preferida).

Como el tema ha sido tratado, mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, por los escritores citados, me limitaré sencillamente a decir que llamo adormecimiento a las épocas de sequía intelectual, que generalmente ocurren después de un cambio brusco de rutina o, por el contrario, cuando la monotonía se vuelve demasiado pesada para ser soportada; por ello, la sensación a la que más comúnmente se asocia es al aburrimiento y el principal síntoma es el “googleísmo aproductivo” que es como yo llamo a la actividad de buscar cosas en Google sin siquiera pensar en lo que se está buscando, sino por mera costumbre de acceder a Chrome al encender la computadora. Es la actividad caracterizada por la búsqueda inefectiva de temas, en las que el usuario no termina de leer ninguno de los artículos arrojados por el buscador y en la que tampoco existe una meta clara sobre lo que se quiere encontrar, o por lo común, no se espera encontrar nada, sino que se realiza la actividad como en piloto automático.

El correlato fisiológico de este síndrome, seguramente se encontrará en la corteza prefrontal, pues es aquí donde tienen lugar los procesos psicológicos básicos y las funciones del sistema ejecutivo y la atención, pero además, porque a quienes lo padecemos nos parece sentir un cansancio en el cerebro, que se combina con una compulsión a prender la televisión y realizar zapping, para luego apagar el televisor pero volver a revisar si habrá cambiado la programación solo 5 minutos después.

Mientras se padece de esta condición, hay una pérdida importante de las capacidades para sobresalir en el trabajo, iniciar y soportar conversaciones sobre política, revisar las noticia más allá del twitter, además de una marcada preferencia por juegos y actividades que no requieran esfuerzo mental y una postura corporal inapropiada al enfrentarse a una tarea académica.

Sobre la cura al adormecimiento puedo decir muy poco. Solo que la lectura constante parece ser la principal actividad de prevención y remisión del trastorno. El deporte y el seguimiento de rutinas matutinas pueden ser beneficiosos. La alimentación sana (poca azúcar) y el trabajo después de las doce de la noche (este último porque obliga al mantenimiento de la atención con la promesa de una cama caliente) deben incluirse dentro de la terapia; el invierno y la falta de actividad familiar son, a menudo, detonantes y, sobre todo, la posibilidad de romper con compromisos que no acarrean una consecuencia inmediata (tal como no escribir en un blog) es una de las principales cosas que debe evitarse.

Por ello, de ahora en adelante quisiera comprometerme a escribir más seguido, otorgando al blogueo un status superior al de mero hobby en mi agenda. Si usted ha sufrido de épocas improductivas, disminución de sus efectividad y síntomas relacionados con el adormecimiento continúe leyendo este blog o comuníquese con su autora y podrá formar parte de una investigación informal, netamente fortuita y ocasional, sobre el tema.

 Cómo ven, este post es, a la vez que un bosquejo de excusa, un intento por dar forma a algo que se que existe, pero de cuya existencia no tengo ninguna prueba. Los eruditos de la psicología seguramente querrán llamarlo depresión, pero no, no es propiamente eso, de lo que Sartre, Martín y yo (¡uy! que importante) hablamos y que viene asociado a un evento social o histórico; se trata una especie de fastidio crónico ante las cosas que no nos fastidian, y la incoherencia que supone la existencia de tal oxímoron plantea un problema interesante que, no obstante, el sujeto no puede dejar de evitar abordar. Querer hacer algo y querer dejar de hacerlo al mismo tiempo…. La existencia de tal sin sentido insoportable generará en ustedes una absoluta incredulidad y, sin embargo, confío en que recordarán haberlo sentido.

Feliz cumple, Urbe18. Torta cortesía de Google Images

Mujeres, cigarros y penes

Todos sabemos que Signmund Freud fue el padre del psicoanálisis. A quien pocos conocen es al mejor usuario de su teoría, su sobrino “malvado” Edward Bernays. Nacido en Austria en 1891, Bernays se mudaría a Nueva York para  revolucionar la industria de la publicidad. Entre otras cosas, se le debe a él la popularización de los estudios de mercado, los cuales realizaba desdeñando las preguntas directas y estructurando las sesiones en forma de terapias grupales con el objetivo de descubrir los más profundos deseos de los consumidores. Bernays era fiel seguidor de su tío y demostró que las investigaciones sobre el inconsciente podrían beneficiar a la industria y la política.

En la época en que Einstein y Hannah Arendt proveían al mundo de avances intelectuales en ciencias y humanidades respectivamente, Bernays se introducía en el mundo de la comunicación en el que dejaría su huella. Una de las anécdotas que mejor ejemplifica en qué consistía su trabajo involucra a la compañía Betty Crocker y a uno de sus productos más innovadores: la mezcla lista para tortas.

Cuando el producto salió al mercado, fue un total fracaso. A pesar de que era original, delicioso y de que simplificaba enormemente la tarea de la ama de casa, estas no lo compraban. Bernays y su equipo proveyeron la simple solución: la mezcla sería un éxito si, en lugar de estar lista para hacer la torta, requería que se le agregara un huevo.

Esta solución parecía absurda. No solamente incluía el gasto innecesario de un huevo, sino que además, eliminaba la innovación misma del producto: la torta lista para hornear, puesto que en lugar sustituir todo el trabajo de la ama de casa, facilitaba solo parcialmente la tarea.

No obstante la solución de Bernays provó ser exitosa en el mercado. La explicación no era demasiado compleja: las amas de casa no solo tienen el deseo de servir una deliciosa torta a su familia durante la cena, tienen la ilusión de hacerla ellas misma. Agregar el huevo alimenta esa ilusión, a la vez que garantiza el resultado. El producto lograba así satisfacer los deseos de las consumidoras sobre su propia eficiencia como esposas y madres, y no simplemente vender una torta.

Pero el trabajo del publicista no solo involucraba el dar la solución del huevo, también incluía crear una campaña en la que podía palparse la idea americana de la ama de casa perfecta. Una idea que requería de libros enteros para ponerse en palabras, pero que Bernays y su equipo demostraban en una sola imagen.

Bernays se regía por un principio: los deseos podían ser creados desde fuera y luego implantados “ready-made” en la mente del consumidor. Para ello, se basaba en una premisa simple, y cierta: la gente quiere cosas que no necesita. Y edificaba su trabajo a partir de un hallazgo psicológico, cierto también: no sometemos a la razón todo lo que deseamos. Utilizando conceptos del psicoanálisis y de la psicología de las masas de Gustave LeBon, Bernays dedicó su vida profesional a demostrar las enormes posibilidades que yacían en la práctica de la manipulación mediática.

Para ponerlo sencillamente, si había que apoyar la liberación de las mujeres para venderles cigarros, se hacía. Y si en cambio, había que favorecer las estructuras patriarcales tradicionales para vender crucifijos, se hacía también. Para ser justos, Bernays realmente nunca vendió crucifijos, pero si vendió cigarrillos, y lo hizo con una estrategia sencilla: en una época en que solo los hombres fumaban Bernays colocó mujeres haciéndolo en televisión, apeló a las sufragistas y llamó al producto “antorchas de libertad”. De esta manera logró que el público prestase atención al objeto y lo equiparó con una lucha importante, el voto femenino; una vez lograda esa asociación, el trabajo estaba hecho.

Mientras que votar requiere (o quisiera yo que requiriese) de un proceso de reflexión, encender un cigarrillo es más sencillo que dibujar un muñeco de palitos. Mientras que cuestiones como el trabajo, el gobierno y la vida pública estaban intricadamente asociadas a lo masculino, lo único que el cigarro tiene de varonil es su forma fálica. No importa, las compañías tabacaleras duplicaron sus consumidores.

Pero adquirir uno de esos palitos que “eran como tu propio pene” no equiparó a las compradoras con sus contrapartes del sexo opuesto. Mientras ellos solo necesitaban fuego y adquirir el hábito, ellas se sometieron a clases de etiqueta para fumadoras, impartidas por la señorita Florence E. Linden. Porque además de fumar, había que verse lindas.

Las bases de la propaganda política pueden ser encontradas en los hallazgos de Bernays. La identificación con un candidato, la idea de libertad e incluso la necesidad de bienestar pueden ser prefabricadas, enaltecidas, modificadas, maquilladas, mejoradas y entalladas, hechas a la medida de la mente del público. De esta manera se manipulan los deseos de los posibles consumidores y se modifica también el producto de acuerdo con estos deseos, y en un punto medio, donde ambas manipulaciones se unen, se consuma el acto de compra-venta.

Las ideas de Bernays no eran solo un inofensivo juego de mercado. Una de sus campañas más famosas fue realizada en nombre de la compañía United Fruit Co. y del gobierno de los estados unidos, mientras derrocaban al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz Guzmán, electo democráticamente. La propaganda involucró presentar a Guzmán como un comunista ante los medios y mostrar las acciones del gobierno norteamericanos como heroicas y legítimas. De esta manera, los ciudadanos norteamericanos no protestaron el golpe, mientras que la compañía pudo continuar explotando el producto, y a los trabajadores, en Centroamérica, sin la incómoda intervención de un gobierno que no le era favorable.

Para Bernays la manipulación no solo era posible, sino necesaria en las sociedades democráticas. La democracia requiere del acto público de selección del candidato, pero debía protegerse al país de los errores que sus ciudadanos pudiesen cometer al elegir. El verdadero gobierno debía estar constituido por aquellas personas con la capacidad de moldear la mente de los ciudadanos y luego satisfacer los deseos previamente creados. Solamente así podrían ser compatibles la idea de organización y la idea de democracia. La única manera de gobernar a la masa, parecía ser, hacerlo sin que esta estuviese consciente de que era gobernada.

La política podía equipararse a la industria; las ideas eran un producto, el candidato debía ser como un actor que las presentaba. La cultura también podía fabricarse en las agencias de publicidad y la de Bernays fue responsable por la instauración de los huevos y el Bacon como el verdadero desayuno norteamericano.

Todo producto puede incorporarse a una idea cultural previa y ser presentado como la materialización del linaje de un valor auténtico: a una muñeca, el valor de la familia; a una patineta rosada, el valor de la igualdad entre géneros; a una coca-cola, el valor de la amistad; a un vibrador, la liberación; a una espada de juguete, la fuerza, la lucha, la infancia; al acto de entregar un regalo costoso, el amor.

Nuestros deseos de fama, nuestra pasión por la moda y la satisfacción que derivamos de una visita al centro comercial, todo es producto de una cultura en la que sus agentes han sabido emplear la psicología común a cada integrante para fines de consumo.

La cultura es construcción, todos sabemos eso. La construcción es esencial a la cultura. La influencia mediática es tópico de sobremesa en nuestra cultura actual, que se discute siempre en conjunción con una crítica al capitalismo, a las imágenes de modelos super flacas y a la proliferación de juguetes innecesariamente costosos. No obstante, mientras que todos saben quién fue Freud, muy pocos saben quién fue Bernays. Eso, pienso yo, nos hace más vulnerables.

La racha de buena suerte

(Un post algo banal, pero creo que tengo un punto)

Lo mejor que le puede pasar a una persona que usa lentes es que, a falta de dinero para comprar unos nuevos y de tiempo para mandar a ajustar los que ya tiene, deba, para evitar que sus lentes se deslicen hacia abajo por su nariz, mantener en todo momento, la cabeza en alto. Si alguna enseñanza puede rescatarse de la crianza materialista que sufrió nuestra generación, de los años de inmersión en el capitalismo, de los encuentros repentinos con la Nueva Era y de las implacables búsquedas de trabajo en el sector comercial e informático, es que, tal como decía hace algunos años la publicidad del canal sony: “es cuestión de actitud”. La vida es cuestión de actitud. Y Recientemente me tocó comprobarlo:

Primero, hay que dejar algo claro, ¡Yo soy un pato! Porque años de leer las tiras cómicas de los domingos me han enseñado que son siempre los patos los que escenifican la mala suerte; no son nunca Bugs y Mickey, sino Donald y Lucas los que viven en discordia con la fortuna.

Recientemente tuve que planificar un viaje académico con el propósito de dedicarme a la parte teórica de una investigación en la que me embarqué hace algún tiempo, y, consciente de mis limitaciones de pato, inicié dicha planificación con suficiente antelación, tomando en cuenta todo lo que pudiese salir mal. Organicé las tareas que tenía que llevar a cabo y revisé el clima para que no hubiese sorpresas…  la mala suerte se las iba a ver conmigo, con mi paraguas viejo y con la foto de un gato negro en la portada de mi agenda.

Muchas de las cosas que debía hacer para garantizar un viaje productivo y sin eventualidades eran bastante sencillas. Primero, fui a comprar un ratón nuevo, para facilitar el trabajo en mi laptop; quería comodidad, iba a pasar muchas horas frente a la computadora. Dejé de utilizar las tarjetas de crédito que usaría durante el viaje, para asegurarme de no dañar ningún chip, exceder ningún límite, rayar ninguna banda magnética o enojar a la gente de Visa y MasterCard. Compré alguna ropa de calor y una nueva chaqueta; un traje de baño y una bufanda… porque nunca se sabe.

Me aseguré de ver a tantos amigos y familiares como pude durante la semana previa, para que no hubiese visitas sorpresivas de último minuto que me impidiesen realizar mi tarea de revisión y repaso de la maleta y la rutina del pequeño ataque de nervios de “sé que dejo algo, pero no sé qué” que es ritual antes de este tipo de viajes.

Pedí permiso a mi jefe, adelanté todo el trabajo que pude, porque siempre surge una reunión de último minuto, una entrega que no recordabas o un alumno que te necesita o “no se gradúa” (esta parte nunca es cierta). A todo el que pude mentirle diciendo que me iba antes de lo que en realidad planeaba irme, le mentí. Que la gente pensase que yo estaba ya a un océano de distancia.

Aeropuerto Internacional “Simón Bolívar”

Y todo iba bien, hasta que dejó de ir bien.  Un par de días antes del viaje, el cursor de mi nuevo ratón empezó a desaparecer de la pantalla; al salir del trabajo me apresuré a buscar la garantía y dirigirme al proveedor. Por cuestiones del destino, y, realmente, por culpa de los cambios de cartera que tanto tiempo nos hacen perder a las mujeres elegantes (guiño, guiño) al llegar a la tienda, la única fuente de dinero que llevaba conmigo era la tarjeta que había apartado para usar durante el viaje, por un minuto dudé en si debía volver a mi casa a buscar dinero, pero la tienda hubiese cerrado para entonces.

El chico de atención al cliente me informó que darían mi ratón al técnico y que lo tendría de vuelta en cinco días.  A estas alturas no tengo cinco días, lo único que podía hacer era dejar el ratón en sus manos y buscarlo en el momento lejano en que volviera de mi viaje. El chico me garantiza que no habría problema.

Decidido esto, me aproximo al estante para escoger un ratón nuevo, paso con cierta reticencia la tarjeta al chico y el, sin tomar la tarjeta me da una mirada de compasión “en este momento no tenemos línea, solo estamos aceptando dinero en efectivo”. Miro al reloj y al cajero automático que queda al final de un corredor por el que pasó corriendo y apenas esquivando a los niños que se me atraviesan con sus goteantes helados de vainilla. Coloco la tarjeta en el cajero que me responde con un mensaje: “error, consulte a su banco”.

A la mañana siguiente llamo al banco y otro chico de atención al cliente me avisa que deberán enviarme una correspondencia con un cambio de clave a mi oficina de confianza, me asegura que estará allí en un par de días, la cosa, es que yo no.

Intento no preocuparme, vaciar mi  mente, conectar el yin y yan las estrellas con el universo, entrar en estado de paz, ser una con el mundo… y comienzo a hacer la maleta. Esta parte la disfruto hasta que me doy cuenta de que la chaqueta que compré no combina con nada de la ropa que pensaba llevar. Los diseñadores han querido que la ropa de verano sea brillante y jovial y la de frío te haga sentir en el año 1847. Parece que no podré combinar mi chaqueta con la ropa de verano, pero a los turistas se nos indulta en este tipo de crímenes. Acabo la maleta y comienzo con el equipaje de mano, y, como es natural, no encuentro el pasaporte.

Mi mamá tiene una receta para estas situaciones: “Pilato, Pilato las manos te ato, si no consigo el pasaporte no te las desato”. Es una tontería porque no sabemos realmente nada de Pilato como personaje histórico y la gente cuando muere realmente no está en un lugar esperando que quieras pedirles algo y la frase tendría el mismo efecto que si en lugar de Pilato dijeras Buda o Fred o Michael Jackson. De todas formas, cierro los ojos y digo la frase correctamente, todo el mundo sabe que a los agnósticos nos da por rezar a deidades en las que no creemos en momentos de verdadera desesperación en los que la razón y la inteligencia no proveen ninguna solución. Este comportamiento es la versión atea de la frase “de que vuelan, vuelan”.

Empiezo a voltear gavetas y deshacer cajones, y esto resulta afortunado, puesto que algunos regalitos venezolanos que había comprado con mucho tiempo de anticipación habían quedado olvidados en esos cajones y seguramente no me hubiese acordado de ellos hasta que no tuviese en frente a las personas para quienes estaban destinados. Lo raro es que si había recordado que “comprar recuerdos” era una de las cosas que no tenía que hacer, la última vez que estuve en el centro comercial, aunque, aun si hubiese tenido que hacerlo no hubiese podido, por el percance de mi tarjeta. Al final, es una suerte haber tenido que vaciar las gavetas. Recuerdos en mano, un repentino flashback me guía hacia el lugar donde meses antes había colocado mi pasaporte para encontrarlo cuando lo necesitara.

Esa noche suena el teléfono. Una amiga, que siempre está súper ocupada, y con quién es posible que no coincida en tiempo y ciudad en meses, o quizás en años, me dice que necesita verme. Quedamos para almorzar. Mi amiga me recoge en el trabajo y se enoja porque la hice esperar. Desde luego en el trabajo surgieron varias cosas de último minuto y debía dejarlas listas, porque me voy mañana.

El centro comercial no es mi lugar favorito para comer, pero está cerca y ofrece opciones que satisfacen los gustos, muy distintos, de mi amiga y mío. Para lo que mi amiga si tiene gusto excelente, es para la ropa y dos o tres consejos de ella me ayudan a solucionar mi problema de la chaqueta victoriana.

Ya que estoy en el centro comercial, decido pasar a comprar el ratón y evitarme la incomodidad de tener que recorrer toda una ciudad extranjera buscando uno o llegar y enterarme que allí no se estila su uso, o que la tienda que los vende queda al otro lado de la ciudad. Además, voy a estudiar no a comprar y no pienso perseguir un ratón por una ciudad que no es la mía, porque además yo no soy gato sigiloso y con siete vidas, yo, yo soy un pato y seguro que, a donde voy, no habrán oído de los ratones para computadoras o estos se habrán agotado antes de mi llegada. ¿Por qué? Porque soy un pato.

El chico de la tienda me informa que han revisado mi ratón dañado y que no tiene solución y me dan uno nuevo. Genial. Vuelvo al trabajo, mi jefa (perdón, coordinadora de área) me desea feliz viaje. Me voy temprano a casa. Mi mamá va al banco, la acompaño y ¡zas! El problema de la tarjeta está resuelto. Voy a despedirme de mi abuela y hay café y chocolocate.

Mi prima pasa con su hijo pequeño, mi ahijadito, a despedirse de mí. El niño insiste en usar la computadora y, como es un mocoso irresistible, se la enciendo, solo para recordar que hay una carpeta con artículos en pdf que debía subir al skydrive para poder usarlos en cualquier lugar del mundo, durante mi viaje. ¡Mocoso irresistible, como te amo! Estoy de racha. De repente, en las últimas horas antes de mi viaje, todo cambió a mi favor.

Me levanto justo a tiempo, soy de las primeras en llegar al mostrador de la aerolínea, que abre inmediatamente. El mismo avión, que hace unos días se retrasó e hizo a mi prima perder una conexión, hoy, sale a tiempo. A mi lado hay gente amable, les sonrío. Duermo durante el vuelo y cuando estamos a punto de aterrizar, un líquido color Coca-Cola empieza a gotear de los maleteros que están sobre mí “quizás una lata que explotó con la presión de la cabina” dice mi vecino de asiento, mientras ambos nos apartamos justo antes de que el líquido cayera donde hace unos segundos estaban mi pierna y pantalón caqui. Mi vecino de asiento y yo vemos como cae el líquido durante unos segundos justo al tiempo que se realice el aterrizaje. Por fin, reacciono y me levanto del asiento.

Cuando la azafata está a punto de llamarme la atención como maestra a niño de primer grado, miro (veo?) un puesto vacío y lo tomo. El chico que ahora está mi lado, huele delicioso, y es joven y atractivo, lo cual siempre es agradable, hacemos un par de bromas sobre la naturaleza, composición, olor y procedencia del líquido goteante. Varios de los que estamos alrededor reímos. ¡Ni siquiera me tocó el pantalón!

Mientras espero mi próximo vuelo me dirijo a una tienda y un artículo me hace recordar a alguien a quien había olvidado llevar un obsequio; está barato, cosa que en un aeropuerto es menos común que un eclipse. Es definitivo, tengo una racha de buena suerte. Todo está a mi favor. Mientras lo pienso unas guajiras pasan a mi lado, llevan las acostumbradas batas pero lujosísimas, una de las ropas étnicas más hermosas que me haya topado en un aeropuerto. Me encantan los aeropuertos y hoy hay gente especialmente variada. Estoy realmente feliz. Es como si el universo me estuviese acompañando, ¡a mí! ¡Que soy solo un pobre pato!

Bata Guajira

La bailaora Diana Patricia dijo una vez en una entrevista que ella era una mujer con suerte y “mientras más trabajo, más suerte tengo” agregó. Yo realmente creo que hice un buen trabajo organizando este viaje y, sobre todo, cuidando los pequeños detalles.

Todo lo que he narrado aquí son pequeñas banalidades sobre ropa, almuerzos con amigos y trabajos que de ninguna manera implican estar en una mina o picar piedras, superar el cáncer o aguantar la pobreza. Pero son esas pequeñas cosas las que nos hacen sentir con más o menos suerte. Es poner la atención a los detalles y alegrarse por los pequeños instantes de fortuna, tanto como por los grandes acontecimientos afortunados.

Para cuando usted esté leyendo este post, es posible que mi racha de buena suerte ya haya tomado otro rumbo, dejándome con la suerte acostumbrada de una persona normal. De todas formas yo seguiré pensando que en la próxima esquina, en el próximo evento, en el próximo encuentro con un amigo y en cada visita al banco, voy a tener suerte.

 Si no vamos a creer en nada más, al menos creamos que tenemos suerte, porque si nada más es cierto, lo es el que en algún momento, tendremos, por mera estadística, que toparnos con eso que se llama suerte.