La guerra

Nací hacia el final de la guerra fría y de una forma que no logro comprender este hecho ha debido marcar mi vida. No vine a percatarme que había nacido en “tiempo de guerra” hasta ya bien entrada en la adultez. No recuerdo que en el colegio hubiese un capítulo sobre la guerra fría en el currículo de historia universal, ni de historia nacional, aún cuando América Latina entera era zona de influencia de los Estados Unidos y aún cuando mucha de nuestra política contemporánea toca los sucesos de la guerra fría.

Cuando se hablaba de Cuba, no se hablaba de la guerra fría. Y ni siquiera se hablaba de  la guerra fría cuando se hablaba de Rusia. Estaba ahí como una sombra solo vivible para aquellos que, nacidos bastante antes que mi generación, habrán vivido entre hippies y pacifistas.

Mis coetáneos europeos saben igualmente poco sobre la guerra en medio de la que nacieron. No entendieron ellos -porque nunca supieron- que el llamado Islam Político estuvo (por usar el pasado) apoyado por los Estados Unidos y que la Yihad era en principio otra estrategia de combate contra la Unión Soviética. Y aunque hoy el terrorismo se cuente entre sus principales preocupaciones, pueden ver solo la punta del Iceberg. Un avión que se estrella contra un edificio es mucho más que un intento de asesinar infieles y no es una cuestión religiosa, sino política, y no es meramente un acto de venganza.  Como tampoco es un acto de venganza la posterior intromisión de las potencias mundiales en los países donde residen las organizaciones terroristas, esto es también, y obviamente, una acción con interés político-económico, pero eso es algo que todos hemos aceptado sin saber exactamente lo que significa.

Convertimos en premisa simple “los estados unidos intervienen con la excusa de la democracia” un problema fundamental de nuestro tiempo. como simplificamos también “los políticos roban”, “en África se muere la gente de hambre” o ” el gobierno no hace nada por la gente”. Convertimos en verdades irrefutables hechos puntuales sobre los que al final sabemos muy poco ¿Cuánto roban? ¿Quiénes se mueren? ¿Cómo se gobierna? son preguntas que quedan en el aire, porque nosotros, ciudadanos comunes, no podemos encontrar las respuestas.

Igual quedan para mi en el aire preguntas fundamentales sobre la esencia de la guerra fría, porque no pude comprenderlo, nunca me lo explicaron, las versiones que parecen mas completas son demasiado complejas para mi entendimiento… y finalmente sucede que tengo poco tiempo para sentarme a leer sobre la guerra y el tiempo que tengo quizás prefiero usarlo para otras cosas. Así y todo, yo nací durante la guerra fría, y de alguna forma que no puedo exactamente decir, debió de marcar mi vida.

Lo que es un mal día

En la vida hay eventos malos: la muerte de un familiar, los divorcios, los abortos espontáneos… que empañan nuestras tranquilas existencias. Para un latinoamericano esos eventos incluyen golpes de estado, protestas estudiantiles y viernes negros; son eventos que nos arruinan una velada, un mes, nuestros planes para las vacaciones o -porque a veces llega a eso- nos determinan para toda la vida; de todas formas son eventos puntales, aunque nos empañen toda la semana, lo malo son solamente ellos.

Pero ayer yo tuve lo que se puede tildar de un verdadero mal día; ni un evento político, ni cultural, ni natural preciso, sino un desfile de calamidades que me tocó ver desde la ventana. Y como siempre, las causas hay que empezarlas a buscar en el pasado; desde hacía unos días, debido al cierre por asamblea del colegio de médicos, me suspendieron el taller de cuantacuentos (¡oh!, perdón, narración oral)  al que asisto todos los miércoles y que es el vaso de buen vinotinto en la bañera de agua helada que son siempre los miércoles. Además, desde la semana pasada se vienen dando protestas estudiantiles.

Todo el mundo sabe que lo mejor con los estudiantes es dejarlos protestar, gritar consignas, quizás, si tienen razón (y a veces aunque no la tengan), hacer concesiones. De aquí a Pekín todos sabemos que cuando se trata de los estudiantes de universidades públicas, bajo absolutamente ninguna circunstancia es legítimo sacar una horda de militares armados, una tanqueta y agredirlos. Esos chamos tumban gobiernos, esos chamos destruyen edificios, esos chamos son jóvenes y son muchos y, por lo general, algo de razón tienen. Lo mejor es dejarlos que protesten, tranquen calles y se vayan a su casa cuando estén cansados. Nada les da más energía que lanzarles una lacrimógena y nada está peor visto en la prensa internacional. Pero el gobierno de Venezuela está demasiado absorto en sus propia corrupción como para reconocer esas verdades que todos sabemos. Además, la protesta en cuestión les sirve para desviar la atención de sus seguidores del tema de la devaluación y la escasez, entre otros. Y todo esto me sitúa en el día de ayer, miércoles 19.

Tenía previsto despertar a las 7, pero a las 6:40 sentí que me movían la cama (y no, no es lo que están pensando), se trataba de un temblor de magnitud 5,2 en la escala de Ritcher. Calculo que duró unos siete segundos, pues me dio tiempo de despertar, correr a la puerta, llamar a mi madre y aún temblaba. Para las nueve de la mañana ya había habido 3 réplicas del temblor y en otros asuntos, se había muerto Simón Díaz. Para mí, Latinoamérica es comer frijoles con carne y tomar papelón con un garoto mientras leo un libro de Beatriz Sarlo o Cien Años de Soledad y escucho a Simón Díaz cantar un tango (si alguna vez se cumple el sueño de una unión latinoamericana de naciones, esto tiene que estar en el himno). Pues sí, murió tío simón y con él se acabó una era… una era que podríamos denominar “Venezuela es mejor que Nueva York”.

Simón Díaz

  Mientras almorzaba, leí en twitter que había muerto Génesis Carmona, una Miss (porque si no, no sería Venezuela) herida en la protesta del martes. Lo lamenté mucho, por las razones obvias – esta pérdida es otra tragedia- pero además, porque si se liga esto a la anterior de Mónica Spear, adquiere una significancia diferente, ya que los concursos de belleza son prácticamente el deporte nacional y son, aunque a algunos les guste negarlo, un componente de la identidad nacional. Es decir, la identidad nacional recibió un balazo, lo mismo que las “Misses”.

Génesis Carmona

Sin nada que poder hacer en la tarde, con la universidad (donde trabajo) cerrada y sin taller de cuentería ni poder salir a la calle por el peligro que representaba, me acuartelé en mi casa a repasar algunos contenidos de una materia que vi cuando estudiaba (el ensayo en América Latina) y a escribir por whatsapp a mis conocidos y recibir de ellos noticias de lo que pasaba en las diferentes zonas de la ciudad.

Para cuando cayó la noche, la calle estaba tranquila, desierta. Los manifestantes se habían concentrado a unas 10 cuadras de mi casa y aquello, me contaba uno de mis mejores amigos, mientras me escribía mensajes en los que me trasmitía su miedo, se convirtió en una zona de guerra que el comparaba con la de Siria y otra amiga con la Alemania de la postguerra. Las balas rebotaban en la pared de su casa; desde un tanque de guerra un militar con altavoz gritaba que iba contra todos, que se fueran a sus casas; desde los edificios se daba refugio a los manifestantes y la sobrina pequeña de mi amigo tuvo que subir a la azotea para no respirar los gases tóxicos.

Yo veía en la televisión el discurso aprendido, repetido, carente de sentido de nuestro presidente, que consiste sencillamente en repetir la palabra “fascistas” (sin que aplique realmente a la situación) unas quinientas veces y hablar de un socialismo en el que todos sabemos, el gobierno no cree, en desviarse del tema de la corrupción y desmentir lo que de todas formas sabemos que sucede.

No fui a las protestas puesto que desde el principio me pareció una convocatoria desorganizada que podía salirse de las manos. Y porque no apoyo la salida del gobierno por una vía no democrática, cosa que estaba implícita en algunos de los llamados. En cambio quisiera que el gobierno se hiciese de una vez responsable y dejase de culpar a una “élite” que hace quince años no gobierna y para nuestra sorpresa nada ha mejorado. Por un lado dicen que tienen todo el poder y por otro que no pueden hacer nada porque este enemigo imaginario que es la derrocada oligarquía, no se los permite.

Después, vi un programa especial sobre la vida de Simón Díaz y a las doce de la noche decidí despedirme de los distintos grupos de whatsapp en los que estoy e irme a dormir. Escuché, para aclarar mi mente y olvidarme de las 24 horas anteriores, la historia de Iván el Terrible contada por Diana Uribe… Así habrá estado el día, que Iván el Terrible sirvió de canción de cuna.

Iván el terrible

Feeeeeliz cumpleaaaaaaño queriiiido bloooóóóÓÓÓg

Hoy se cumple justamente un año de haber iniciado la tarea de poner por escrito las reflexiones de mis 25 (ya 26) años de vida, urbe18 es un bloggañero. No es que lo sepa porque lo haya anotado en mi agenda, o mi memoria eidética no me haya dejado olvidarlo; no, los otros blogueros sabrán que wordpress coloca un “trofeíto” en la pantalla, que te permite recordarlo.

Es muy triste que este año se cumpla en medio de una sequía creativa que es la razón por la que he posteado muy pocas cosas en los últimos meses. La explicación de esta sequía es el fenómeno al que le he colocado el nombre de adormecimiento. Es, quiero pensar, una versión contemporánea- no postguerrista– de la náusea de la que hablaba Sartre, que también es el mismo tema expuesto por Martín Santos en la novela Tiempo de silencio (disponible gratuitamente en su página ilegal preferida).

Como el tema ha sido tratado, mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, por los escritores citados, me limitaré sencillamente a decir que llamo adormecimiento a las épocas de sequía intelectual, que generalmente ocurren después de un cambio brusco de rutina o, por el contrario, cuando la monotonía se vuelve demasiado pesada para ser soportada; por ello, la sensación a la que más comúnmente se asocia es al aburrimiento y el principal síntoma es el “googleísmo aproductivo” que es como yo llamo a la actividad de buscar cosas en Google sin siquiera pensar en lo que se está buscando, sino por mera costumbre de acceder a Chrome al encender la computadora. Es la actividad caracterizada por la búsqueda inefectiva de temas, en las que el usuario no termina de leer ninguno de los artículos arrojados por el buscador y en la que tampoco existe una meta clara sobre lo que se quiere encontrar, o por lo común, no se espera encontrar nada, sino que se realiza la actividad como en piloto automático.

El correlato fisiológico de este síndrome, seguramente se encontrará en la corteza prefrontal, pues es aquí donde tienen lugar los procesos psicológicos básicos y las funciones del sistema ejecutivo y la atención, pero además, porque a quienes lo padecemos nos parece sentir un cansancio en el cerebro, que se combina con una compulsión a prender la televisión y realizar zapping, para luego apagar el televisor pero volver a revisar si habrá cambiado la programación solo 5 minutos después.

Mientras se padece de esta condición, hay una pérdida importante de las capacidades para sobresalir en el trabajo, iniciar y soportar conversaciones sobre política, revisar las noticia más allá del twitter, además de una marcada preferencia por juegos y actividades que no requieran esfuerzo mental y una postura corporal inapropiada al enfrentarse a una tarea académica.

Sobre la cura al adormecimiento puedo decir muy poco. Solo que la lectura constante parece ser la principal actividad de prevención y remisión del trastorno. El deporte y el seguimiento de rutinas matutinas pueden ser beneficiosos. La alimentación sana (poca azúcar) y el trabajo después de las doce de la noche (este último porque obliga al mantenimiento de la atención con la promesa de una cama caliente) deben incluirse dentro de la terapia; el invierno y la falta de actividad familiar son, a menudo, detonantes y, sobre todo, la posibilidad de romper con compromisos que no acarrean una consecuencia inmediata (tal como no escribir en un blog) es una de las principales cosas que debe evitarse.

Por ello, de ahora en adelante quisiera comprometerme a escribir más seguido, otorgando al blogueo un status superior al de mero hobby en mi agenda. Si usted ha sufrido de épocas improductivas, disminución de sus efectividad y síntomas relacionados con el adormecimiento continúe leyendo este blog o comuníquese con su autora y podrá formar parte de una investigación informal, netamente fortuita y ocasional, sobre el tema.

 Cómo ven, este post es, a la vez que un bosquejo de excusa, un intento por dar forma a algo que se que existe, pero de cuya existencia no tengo ninguna prueba. Los eruditos de la psicología seguramente querrán llamarlo depresión, pero no, no es propiamente eso, de lo que Sartre, Martín y yo (¡uy! que importante) hablamos y que viene asociado a un evento social o histórico; se trata una especie de fastidio crónico ante las cosas que no nos fastidian, y la incoherencia que supone la existencia de tal oxímoron plantea un problema interesante que, no obstante, el sujeto no puede dejar de evitar abordar. Querer hacer algo y querer dejar de hacerlo al mismo tiempo…. La existencia de tal sin sentido insoportable generará en ustedes una absoluta incredulidad y, sin embargo, confío en que recordarán haberlo sentido.

Feliz cumple, Urbe18. Torta cortesía de Google Images

Nosotros, las ovejas negras de la revolución bolivariana

Se acuerdan los lectores venezolanos, cuando Winston Vallenilla gritaba “FAMILIA!!” por la pantalla de RCTV. ¿A quién le gritaba? No a su familia, ni a las hipotéticas familias que estarían viendo el programa, porque a decir verdad, es posible que muy pocos televidentes estuviesen de hecho viendo el programa en familia: la audiencia target tenía una delimitación de edad que hacía difícil que el programa apelara a todos los miembros de un grupo intergeneracional, como es la familia. Vallenilla lo gritaba sin más, a toda Venezuela o a la “familia televidente” de aprieta y gana.

La equiparación de un grupo social cualquiera con la célula base de la sociedad es tan común que pasa sin el menor análisis. “mis amigos son mi familia”, “este mundo es una gran familia” y ¿por qué no? El país como familia, equiparación que funciona mejor en países americanos que en países europeos… y probablemente mucho mejor en países árabes y/o asiáticos, puesto que depende de los niveles de la identificación del individuo con su patria.

La equiparación se ve más clara en expresiones como la “madre patria” (usada en Hispanoamérica para referirse a España, si bien hoy solo se hace a modo de broma)  o los hijos de la patria.

Quienes pertenecemos a la generación de los tardíos 80  (yo soy del 87) caemos en una línea divisoria borrosa. Nuestros padres son los hijos de la democracia, nacidos alrededor de la caída de Marcos Pérez Jiménez y criados en esos primeros años en que la democracia parecía no estar aún demasiado viciada. Tenía que probar a la población que funcionaba.

Mi generación, que ha vivido la mayoría de su vida, y desde luego, toda su vida política, bajo el gobierno de Hugo Chávez está formada por los hijos adoptivos de la revolución bolivariana que llegó al poder en nuestra infancia tardía.

Yo tenía 11 o 12 años y estaba en el último grado de primaria cuando inició la campaña por la presidencia que terminaría con el 54% de los votos para Chávez. Nosotros crecimos experimentando los cambios que la revolución introdujo al sistema educativo, escuchando o al menos haciendo zapping por el programa de aló presidente y las cadenas presidenciales.

Se fueron borrando nuestros vagos recuerdos de otros presidentes en el poder. Yo recordaba haber escuchado a un anciano Caldera hablar por televisión desde el lugar donde muchas veces había visto a Hugo Rafael…. Pero el recuerdo estaba más alimentado por los libros de historia que por la verdad de un hecho pasado.

La confirmación de que somos los hijos de la revolución me llegó durante los funerales de Chávez. Se nombró a los jóvenes que iban a rendir honores al padre de la revolución que los había criado y quienes aparecieron tenían edades que rondaban la mía. Lo que sucede con un grupo de nosotros es que no somos sus hijos mimados.

Recientemente hablaba con un amigo, chavista de pura cepa, 10 u 11 años mayor que yo, y él me recordaba los males de la democracia caduca que antecedió a las elecciones del 98, en caso de que mi mente infantil hubiese olvidado lo que nunca supo y de lo que solo me enteré después. La democracia había olvidado a sus hijos más frágiles, y estos se habían emancipado en un episodio edípico.

Él me recordaba la pobreza, la insuficiencia de los planes sociales (o su virtual inexistencia), el descuido en el que había caído la educación pública, la consolidación de una élite en el poder. Y desde luego, sus acusaciones eran justas y adecuadas. El era un hijo de esa democracia, pero en tanto que le había tocado ese rol, era la oveja negra de la familia.

Sus críticas tenían el propósito de hacerme entender lo que debía agradecerle a la revolución que me adoptó, y con ello me salvó de una adolescencia de espectadora en la cancha de ping pong donde Acción Democrática  y Copei se intercalaban el poder.

Yo soy una hija de la revolución, pero en tanto que su hija, yo y también una porción importante de mi generación, somos sus ovejas negras. Criados con historias de promesas incumplidas, la revolución nos abrió los ojos. Pero una vez bien abiertos, nos percatamos de la lotería arbitraria en la que los más pobres se juegan la posibilidad de tener una vivienda propia. 200 familias sin hogar, reparte 30 y los demás votarán por la posibilidad de ser ellos los próximos afortunados.

Baja algo de dinero por la cadena de mando… No importa en bolsillos de quién acabe mientras que la comunidad vea que un dinero se repartió…. La culpa no es del gobierno.

Construye enemigos comunes, aún cuando se desafíe a la lógica: los productores no quieren distribuir lo que produjeron, los vendedores no quieren vender y los chigüires están en contra de la compañía eléctrica de la nación (por eso se va la luz). Culpa a los productores, mientras que atacas al consumismo.

Mientras tanto, las compañías son del gobierno (o de los gobernantes), los vendedores saben que en tu sistema económico el producto escaseará mañana, y quienes podrían ser productores, no producen, porque les sale más económico guardar su dinero en moneda extranjera que trabajar en una economía que se infla por minutos y estallará en cualquier momento.

Sería interesante ver competir dos propuestas de socialismo, la actual, contra otra que no se olvide que el bienestar económico es requisito para el bienestar social y se enfoque propiamente en garantizar el progreso de toda población, desdeñando, como no ha hecho esta, la corrupción y la consolidación de su élite.

Por ahora, una persona 30 años mayor que yo, me habla de las maravillas de la democracia, una persona 11 años mayor que yo me habla de los vicios de los políticos de la democracia.

Una persona 11 años mayor que yo me habla de las maravillas de socialismo. Y yo le hablo de sus vicios. La historia se repite con precisión irónica.

Muy segura

Me paro en medio de la calle con mi celular en la mano, la cámara lista, camino hacia la esquina, doy vuelta a la cuadra y en el trayecto hablo con algunas personas. Podría estar describiendo una escena sobre cualquier chica, cualquier día en cualquier lugar del mundo.

Más tarde, mientras estiro mis dedos a las 8:40 de la noche, con una olla en una mano y una cuchara en la otra, analizo los eventos de un día que empezó “excesivamente normal” y culminó en cansancio.
A las 10:00a.m. recibí el mensaje de que el mundo vendría para mi cuadra. A la 1:00 de la tarde se escuchaban las frases de protesta y el himno nacional que se dirigían al Consejo Nacional Electoral (CNE). Mi favorita:

“no nos da la gana,
no nos da la gana,
de una dictadura,
como la cubana”.

A las 2:00 forcejábamos contra los militares para ganarnos el derecho de estar en la acera, ellos exigían que nos quedásemos dentro del edificio (nuestra propiedad privada)… vaya socialistas. Yo, celular en mano, leía los tweets que me informaban de lo que sucedía más allá de mi calle, todo traquilo.

Barquisimeto Frente al CNE

A las tres, corrimos a protegernos de las primeras balas y bombas lacrimógenas que anunciaban el cambio de lo pacífico a lo perturbador. A las cuatro vi la proclamación de Maduro. Subí a la azotea con mis vecinos y vi como la manifestación continuaba.

Manifestación desde la azotea

A las 6:00 hice un recorrido por la ciudad. Los cauchos quemados nos indicaban que debíamos cambiar de camino; las gorras tricolores, que teníamos aliados. Los militares, que necesitaremos buenos mediadores. Desde mi ventana seguía viéndose a la autoridad que evitaba el paso de los manifestantes, y se escuchaban perdigones, bombas lacrimógenas y otras armas que competían con las piedras y los cauchos de los estudiantes.

Militares frente al CNE, Barquisimeto

La pobreza ha aumentado, haciéndole la competencia a la inseguridad. Mientras que virtualmente todos los países de la región van progresando, nuestra universidad pública carece de recursos monetarios necesarios para impulsar el talento humano que no le falta. Y los riquitos que nos gobiernan no saben cuánto cuesta un paquete de arroz… importado, porque aquí no se produce.

Al volver a mi casa, esperé que iniciara el cacerolazo; como dicen los british: history in the making. Recordé los eventos del día. Calle y celular en mano. Efectivamente fue un día fuera de lo normal, porque al verme allí, tomando fotos de los protestantes, pensé que ningún otro día me hubiese atrevido a sacar el celular en esa calle, donde me han “atracado” dos veces…

Celulares en la manifestación

Mientras que el gobierno dice que el país marcha muy bien… Hoy los venezolanos, por primera vez en muchos años, nos sentimos seguros… de algo.

Earthrise y Earth Hour

Earthrise

Corría el año 1968… corría un año corriente. Y sin embargo a este año he querido dedicarle una entrada. 1968 fue declarado Año Internacional de los Derechos Humanos, fue bisiesto y, salvo por algún terremoto, el asesinato de Robert F. Kennedy, el inicio del régimen militar de Velazco Alvarado en Perú y algún otro evento del estilo, no fue un año de particular mala suerte.

Rafael Caldera ganó las elecciones presidenciales en Venezuela. En Tasmania se derogó la pena de muerte. Y aunque ya se había realizado una cirugía de trasplante de corazón, durante el primer y segundo mes de este año se realizaron exitosamente la segunda y tercera cirugía de este tipo, en Sudáfrica. El trasplante de corazón era un hecho. Y también el mundo empezaba a tener un corazón completamente nuevo.

1968 también fue el año en que se tomó la fotografía que ven al inicio del blog, se llama Earthrise y muestra a nuestro planeta flotante, calmado y como a la deriva. Es la primera fotografía de la Tierra y un hito en la toma de consciencia sobre quiénes somos y donde habitamos. El hombre había traspasado uno de sus enormes límites, el de su propia casa.

Sir Julian Huxley exclamó por esa época lo siguiente: “como resultado de millones de años de evolución, el universo se está haciendo consciente de sí mismo, capaz de entender algo sobre su pasado, sobre su historia y su posible futuro… esta autoconsciencia cósmica está sucediendo en una pequeña porción del universo- a unos pocos de nosotros, seres humanos”.

Me parece que como resultado de esta toma de conciencia surgió una nueva forma de temor al futuro. Tal parece que hasta el momento el temor al futuro era temor a la vida después de la muerte, a lo desconocido y a las acciones de hombres perversos. Ahora nos embarga el miedo de nuestras propias acciones y de cómo ellas van a afectar a la Tierra. Le tememos a la pobreza, a la superpoblación, a las armas nucleares y a la contaminación. No por el daño que puedan acarrearnos, sino por las consecuencias de estos males sobre nuestra casa, nuestro planeta.

Es un miedo, no sé si racional, pero sí científico. Tenemos evidencias de que estás cosas pueden suceder, y sucederán dadas ciertas acciones humanas. Al contrario del miedo a lo desconocido, este es un miedo que surge del conocimiento. Le pertenece sobre todo a las personas educadas, a los niños de escuela y a los buenos políticos. Hemos debido evolucionar mucho para ser capaces de miedos tales.

Es bien sabido que a menudo, la reacción primaria al miedo es la parálisis, pero este no es el caso de un temor tan consiente y sopesado como el nuestro. Como se demostró el sábado 23 de marzo a las 8:30 de la noche, la figuración de una consecuencia compartida conduce a la acción compartida.

La primera vez que se realizó el Earth Hour fue en el 2008 -40 años después de que se tomará nuestra primera foto. Y desde entonces, cada año a finales de marzo millones de personas alrededor del mundo apagan sus luces a la hora acordada en un esfuerzo conjunto por recordarnos a nosotros mismos que debemos utilizar la energía con moderación.

El Earth Hour es uno de los eventos anuales que yo espero con más emoción. Disfruto las grabaciones del apagado de las luces, apurarme para terminar a tiempo mi trabajo en la computadora y sobre todo, disfruto la hora de silencio, tranquilidad, oscuridad y divagación, que sin embargo, no es improductiva, es una hora en la que estamos mandando un mensaje. No a quienes no participan, diciéndoles: “Hey, ustedes, los de las luces, ¿no saben lo que es el cambio climático?”, no, no es eso, es un mensaje para los que sí participan: “ustedes, al otro lado del mundo, estamos juntos en esto”. Es una hora que nos regalamos a nosotros mismo, y los unos a los otros, a la vez que a algunos les gusta pensar que se la regalamos al planeta.

El ya mencionado Sir Huxley tenía la siguiente previsión para la sociedad de consumo: “algún día nadie trabajará más que dos días a la semana… el ser humano puede consumir solo una cantidad limitada de productos. Cuando hayamos logrado producir todo lo que el mundo necesita en dos días, cosa que sucederá inevitablemente… deberemos dirigir nuestra atención hacia en gran problema de qué hacer con todo ese tiempo libre”.

Pero el señor Huxley, me parece, estaba equivocado, no llegaremos a trabajar nunca solo dos días a la semana, pues, a medida que preveamos que la industria y la producción necesitan menos trabajadores, iremos incorporándonos a nuevos trabajos, más acordes a nuestras capacidades como seres creadores, como “evolucionadores”. No tendremos tiempo para no hacer nada, haremos cosas nuevas.

Ya empezamos a ver la creación de puestos totalmente nuevos. Se abren campos de estudio sobre todo en la ciencia y las humanidades, estos últimos muy ligados con aquello de conocernos a nosotros mismos (como la psicología, los estudios de Hispanoamérica o los estudios de género). Vamos dándole forma a una sociedad con un increíble acceso a la educación y la información.

Si lo hacemos bien, señores, probaremos que el Sir estaba equivocado. En el futuro no trabajaremos dos días a la semana, no trabajaremos nunca. No en el sentido de trabajo como tediosa ocupación. Podremos dedicarnos a crear como no lo hemos hecho antes. Y en este crear, lo primero serán soluciones para aquello que tanto tememos. Pero solo si lo hacemos bien. El mundo puede latir a otro ritmo ¿A qué ritmo latirá a 50 años de los primeros trasplantes de corazón?

Los neopopulismos latinoamericanos. Caso Venezuela= un entrenamiento en incredulidad.

El término ‘neopopulismo latinoamericano’ no es cosa mía, es un robo terminológico del cual soy la perpetuadora y cuya víctima es el intelectual argentino Juan José Sebrelli, a quién se lo escuché en una entrevista a propósito de las relaciones Hugo-Cristina-(Barcelona).  Lo que planeo hacer en estas breves líneas es exponer como los neopopulismos LA juegan con los sentimientos de sus fieles opositores y nos someten a un constante “te creo, no te creo, te creo, no te creo”. No se alarmen, en este breve artículo no planeo hacer un análisis político-sociológico del gobierno venezolano y del curso que económica e ideológicamente ha de seguir durante este periodo presidencial, predicciones incluidas. Esto es en cambio un Mea Culpa público, un momento de confesión frente a mis prójimos (ejem, los lectores).

¿Se acuerdan que hace un poco más de un año tuvimos las primeras noticias sobre la enfermedad del presidente Chavez? Yo fui una de esas personas que creyó que era (inserte voz de aló ciudadano aquí) una mentira más. Fui una crédula como cuando pensé que Capriles ganaría las elecciones (inserte cara de Érica tipo 11 aquí). Y ayer, durante las elecciones de gobernador pensé que Táchira y Mérida eran cosa segura. Es más, cuando vimos los resultados de las presidenciales mi madre no comprendía por qué a los gochos se les llamaba brutos…. Son los venezolanos más inteligentes del mundo.

La primera pieza del rompecabezas de la incredulidad fue la escena ocurrida durante la visita del para entonces presidente de China, durante la cual Chávez sacó una perinola y comenzó a jugar -irrespetando las normas más básicas de comportamiento diplomático-. De ahí, en picada. Puedo mencionar los comentarios de corte sexual sobre su entonces esposa y su hija; la declaración del día de júbilo por los diez años de su intento de golpe de estado; el despido colectivo de trabajadores petroleros con un pito; y, desde luego, la reelección indefinida.

Estos hechos fueron el entrenamiento para que al llegar al punto en que se anunció el cáncer del presidente y, por otro lado, se sugirió la idea de que esto sería una estrategia política, lo segundo era perfectamente creíble y por lo tanto, lo primero, no. Hoy me doy cuenta que a este hombre le pasa algo. ¿Qué que le pasa? No sé, pues aquí no hemos tenido el primer parte médico.  De lo que me ofrecen como posibles explicaciones, me atrevo a creer cualquier cosa.

Hubiese creído que Capriles y Henri no ganaban sus gobernaciones y me costó creer que lo hicieron. Me cuesta creer que Barinas se perdió por cómo 40 votes (quiero decir, por menos de lo que yo esperaba). Me cuesta creer que Fidel Castro se va a morir algún día, como el resto de nosotros y que Chavez no llegará al 2021, pero también me cuesta creer que llegará.

¿Qué por qué se maneja así nuestra política? sucede que los populismos no respetan las leyes impuestas por la razón y la sensatez. Responden a una sola fórmula: Besar niños y abrazar viejitas. Y fingir que todo está bien. Los populistas son como las malas de la novela: sonríe y asiente, sonríe y asiente. No importan los ideales y no importan las consecuencias, importan los votos.

Desde luego a todos los políticos les importan los votos, pero para los populistas son lo único que importa y como un asfixiado buscando aire: se obtienen a costa de lo que sea. Cómo no creen en ninguna ideología, no les importa sacrificar sus ideales.

Necesitamos devolverle la sensatez a la política. Si pudieron los alemanes, ¿Por qué no nosotros? Es por ello, señores y señoras, que confieso ¡y en latín! Mi fórmula para enfrentarme a la política venezolana, ahora más que nunca: de omnibus dubitatum est (hay que dudar de todo), someter todo a la razón. Se viene un 2013 muy interesante en política. Así que ya lo saben: de omnibus du-bi-ta-tum.