En mayo escribiré un diario

Como el árbol, el hijo y el libro del Talmud yo he ido juntando una humilde lista de cosas que quisiera lograr en los años venideros. Un dos mil trece estresado, aunque no tanto para justificar la  lista de “to do” que le heredó el dos mil catorce, dejó también algunos agregados a la lista.

Una vez más, mis resoluciones de año nuevo incluyen hacer ejercicio, ser organizada y trabajar por la paz mundial. Y una vez más, sé que ocuparé demasiadas horas divagando, corrigiendo exámenes, leyendo investigaciones cuestionables y tomando café.

Las resoluciones son como apuestas en las que sabes que fracasarás desde el momento mismo en que te levantas el dos de enero y botas todos los chocolates de la casa. Al menos hay apuestas que pierdes y son divertidas, como cuando tus “amigos” te hacen bailar una cumbia con el mesonero en un bar, porque no pudiste contener la respiración por un minuto, o te hacen saludar diciendo “hola, imbécil” a las cinco siguientes personas que veas, porque no pudiste nombrar cinco equipos de futbol.

Este año quise hacer una segunda lista, menos hipócrita, que pueda revisar y sonreír, sea cual sea el resultado, porque lo que hay en ella no es para nada determinante. Esta lista incluye, entre otras cosas, leer Les Miserables (he comenzado el libro varias veces y en varios idiomas, sin éxito), conocer África, leer Aristóteles y esta vez, entenderlo, mantener una conversación, o al menos, un breve intercambio de palabras con alguna escritora tipo Leila Macor o Jamaica Kincaid y adoptar un gato. Desde luego, todas estas son resoluciones a largo plazo, que requieren tiempo y dinero, dos recursos que ahora poseo en cantidades muy limitadas.

Pero, lo que si pienso hacer, en mayo, fecha que he escogido porque entonces realizaré una mudanza importante, es escribir durante todo un año, un diario personal. El principal problema de los diarios es que salvo que seas un joven alemán que sufre terriblemente o una adolescente Judía que sufre en manos de los alemanes, no sé qué cuestiones interesantes podrían escribirse allí.

Y entonces, el segundo problema, es que a falta de nada interesante que escribir, los diarios se vuelven documentos que impresionan por su ridiculez. Pero una vez para mi clase de italiano, hice una exposición de media hora sobre la historia de los sombreros. Juro que nadie se durmió.

Si logré eso, puedo escribir un diario. Atrás quedaron las falsas promesas de cambiar y ser mejor persona, de responder que he hecho con mi vida y empezar a lamentarme durante el Rosh Hashaná. Eso sí, me niego a que tenga un candadito en forma de corazón y si alguien lo encuentra, siempre puedo decir – como a veces digo con este blog- que “perdí una apuesta”.

Lo que me pasó en el parque

474,481 no es un número primo, ni se encuentra en la secuencia de Fibonacci, tiene en total cuatro divisores y es el número de asociación al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán que fue otorgado a Albert Speer, mejor conocido como el Nazi que pidió perdón durante los juicios de Núremberg.

Aunque verdaderamente, solo pidió disculpas en un momento en que su participación estaba más que comprobada, el periodista William Shire, dijo que de todos los acusados, fue Speer el único que habló con notable honestidad y sin ningún deseos de justificar sus acciones o esquivar sus culpas.

Fue él, una de las únicas personas que advirtió a Hitler que la guerra estaba perdida y, durante los últimos meses del dictador, saboteó programas de gobierno que habrían destruido diversas fábricas e instalaciones en Alemania y habrían dificultado marcadamente su recuperación durante la posguerra. Por esta única acción de valentía, pudo Speer evitar la condena a muerte.

Dentro de lo que cabe, no era un tipo insensato. Al menos, no lo era más que quienes propusieron el tratado de Versalles, tan alabado en los libros de historia, pero que fue claramente la primera ficha de dominó en lo que terminaría siendo la Segunda Guerra Mundial. Ni Francia, ni Inglaterra ni Woodrow Wilson se disculparon por el artículo 231 que establecía a Alemania y sus aliados como únicos responsables de la Guerra Mundial (que para entonces no necesitaba la denominación de “primera”).

Ayer, le comentaba algunas de estas anécdotas de guerra a mi sobrino de 8 años y le aclaraba: “pero tú y yo no, Manuel, tu y yo somos pacifistas”. Los pacifistas fueron una corriente menospreciada a principios del siglo pasado, pero reconocida y respetada después de los horrores de la guerra. Y la razón por la que le comentaba esto a un niño tan pequeño, es porque el primer instinto infantil, quizás el más humano de todos, es el de golpear e insultar a quién nos agrede.

Es tan el primer instinto, que en Manu aflora incluso antes del de voltear el manubrio de una bicicleta cuando va a chocar contra un árbol. Sucedió así, que a unos 9 metros de donde su madre y yo lo vigilábamos, en la pista de bicicletas para menores de 10 años de un parque de la ciudad, cayó el niño contra el pavimento. Un grupo numeroso de adultos que estaba alrededor, en vez de hacer lo que, pienso yo, haría cualquier adulto responsable de una sociedad medianamente constituida, y ayudar al niño a levantarse, se burlaron de el por su poca agilidad.  No solamente incurrieron en un fallo por omisión (en algunos lugares es delito no socorrer), sino en una agresión contra la dignidad infantil, que estoy segura, en este país está penado por la LOPNA.

Después de recoger su bicicleta en medio de las burlas, caminar hasta nosotras y contarnos lo que sucedió, Manolo lo pensó un momento y me dijo: “tendríamos que pegarles”. Desde luego, no fue lo que hicimos, su madre habló con los agresores quienes por toda respuesta admitieron la conducta y le dijeron “total, ustedes y nosotros no nos vamos a ver más nunca”.

Cómo si no tuviésemos que convivir en esta sociedad, trabajar los unos con los otros, marchar juntos en revueltas políticas, pararnos los unos detrás de los otros en los semáforos en rojo, colaborar unos y otros para combatir la pobreza, educar los unos a los hijos de los otros (yo soy profesora), votar por los mismos candidatos o, en contra de los mismo candidatos, asistir a los mismos centros comerciales y juntos bajar el consumo de luz y agua para disminuir la contaminación del planeta.

Siguiendo esa lógica, yo puedo matar a quién sea, porque en ese caso es más cierto que nunca que “no lo voy a ver más”. Total, que nos fuimos sin una disculpa para Manuel y con ese mal sabor que deja la injusticia por pequeña que sea. Eso sí, el niño aprendió a montar bicicleta y la valiosa lección de que uno no tiene que dejar de hacer lo que le gusta por causa de lo que diga la gente, además, aprendió la palabra pacifista.

La otra lección, que no le hicimos explícita, pero que quizás sea la que recuerde más vívidamente dentro de muchos años, es que más común que pedirle una bicicleta a Santa Claus es ese impulso barbárico de menospreciar al indefenso y sentirnos superiores por ello, de divertirnos a costa de la desgracia ajena. Sin ese impulso, el fenómeno Nazi habría sido imposible.

Manu y yo en el Parque del Este.

Manu y yo en el Parque del Este.

Cómo Albert Speer, quizás esa gente del parque eran personas sensatas, que ocultan un pequeño nazi, que despertó en ese momento. Probablemente no debería haber escrito esa última frase, porque a mí nada me dolería más que eso de que me compararán con los Nazis. Pero supongo que este artículo es una pequeña venganza privada que se hace eco de ese instinto tan primario de atacar cuando somos atacados. Porque somos pacifistas, pero no pendejos.

New York, El sueño

Mi generación, la de los niños de los noventa, la generación Y de la sociología (no a la que se refiriere Yoani Sánchez) o la que los gringos denominan Milenials, se divide, al menos de donde yo vengo, en dos tipos de integrantes. El primero, apenas tiene rasgos que los diferencien de la generación X, la anterior, salvo en el uso del twitter y el correo electrónico, en lugar de la prensa impresa y las cartas escritas a mano; sus diferencias son más cosméticas, pues aunque estén usando una tablet en lugar de un cuaderno, los usan exclusivamente de la misma forma y con el mismo fin. Los integrantes del este primer grupo son familiares, trabajadores, buenos cocineros.

El segundo grupo es la víctima directa del proceso de transculturización término del que se abusó al principio del siglo, y que de ser un lugar común tan concurrido, quedó desgastado hasta la inutilidad. El integrante de esta categoría es consumista de cultura pop y crítico de la cultura del consumo. Una especie de Rosa Luxemburgo fanática de Mickey Mouse. Este grupo habla inglés y recita las frases de NPH en HIMYM.  Celebran el festivus y la saturnalia como alternativas legítimas a la navidad. Leen mucho o al menos dicen que lo hacen. Van al teatro o siguen deportes elitistas como el Tenis o el Lacrosse. Crean sentido de pertenencia con compañías grandes a las que no pertenecen como Disney, Apple, McDonalds, Starbucks o Whole Foods. Pero sobre todo, este grupo creció en la época de los maratones sabatinos de FRIENDS, de la que pueden recitar capítulos enteros y fueron semieducado por la televisión, en aquel momento complejo de la historia contemporánea en que se creía que Sex and the City reflejaba el ideal feminista, por lo que pueden explicar la compleja relación entre Carrie y el Señor Big, adoptando una postura y lenguaje tan académicos que es más propio de una conversación sobre la Teoría de Cuerdas.

Por esa razón, un porcentaje no desdeñable de este maravilloso grupo de jóvenes de miras amplias y grandes aspiraciones culturales (no lo digo sarcásticamente, aunque lo parezca) tiene como ideal la vida neoyorkina. Nueva York se presenta como el símbolo de la libertad y la juventud ricas en posibilidades; porque se puede ser joven y libre y carecer de variedad de caminos. Ser soltero en Nueva York es la cúspide del éxito que no obstante solo puede ser alcanzado por un momento y de forma temprana en la vida, antes de que  quién exhibe este logro se convierta en un personaje viejo, solo y sin hacienda. Es decir, es una idea efímera de éxito, que no obstante, permite a quienes la tienen, darse cuenta pronto de que no la han alcanzado y moverse hacia otras aspiraciones.

Mi hermana (@orteg) y yo frente al Madison Square Garden

Quizás sea por eso que ahora se sufre la crisis del cuarto de vida, cuando la generación X solo conoció la crisis de la mediana edad. Porque ambas crisis tienen en su génesis la realización de que no se alcanzaron los sueños de la juventud.

Pero lo realmente triste de esta realidad, es que aquel sueño neoyorkino es un imposible, puesto que sus elementos constituyentes son incoherentes entre sí. Basta una búsqueda rápida para notar sobre todo dos cosas: El apartamento que era eje central de la vida neoyorkina de las series televisivas, no existe en ninguna parte; una búsqueda rápida de las páginas de Real State de New York muestran que el apartamento tipo Carrie Bradshaw está alrededor de los 3000 dólares al mes y el de Monica Geller solamente puede existir en Atlanta u Orlando.

No solamente eso, un paseo por los blogs de quienes han logrando hacerse con esta vida, demuestra que Seinfeld olvidó mencionar en sus monólogos dos elementos muy reales: los roomates, sin los cuales es casi imposible rentar un apartamento y las ratas y  las cucacharas, solo mencionadas en HIMYM cuando Ted explica que todo verdadero Neoyorkino ha matado alguna vez uno de estos insectos con la mano.

El cucaracha-ratón que hizo su aparición en How I met your mother.

El otro elemento principal del sueño dorado de los Millenials es el trabajo glamuroso, que tampoco existe. Los escritores, músicos, publicistas y expertos en PR trabajan freelance y no tienen ningún tipo de seguridad económica, ni seguro hospitalario. Los puestos de bailarines, profesores universitarios, actores y empresarios son escasos y si los querías debías haberlos obtenido a los catorce años, cuando no tenías tanta competencia. Luego quedan los trabajos normales en las tiendas, escuelas y restaurantes, para los cuales no hace falta estar en Nueva York.

Por último, está el tercer elemento que completa la triada de la vida perfecta. Y esta es la realidad más triste de todas, no tienen tanto sexo. Si algo tuvo que habernos quedado de las sitcoms, era que aquella era la vida del flirteo, de los one night stands, de las relaciones in-again-off-again y de las booty calls. Toda terminología en inglés, porque es un lenguaje creado exclusivamente para esta vida. Pero si el apartamento de Monica Geller no existía, tampoco parece existir la vida sexual de Samantha Jones.

Samantha Jones

Feeeeeliz cumpleaaaaaaño queriiiido bloooóóóÓÓÓg

Hoy se cumple justamente un año de haber iniciado la tarea de poner por escrito las reflexiones de mis 25 (ya 26) años de vida, urbe18 es un bloggañero. No es que lo sepa porque lo haya anotado en mi agenda, o mi memoria eidética no me haya dejado olvidarlo; no, los otros blogueros sabrán que wordpress coloca un “trofeíto” en la pantalla, que te permite recordarlo.

Es muy triste que este año se cumpla en medio de una sequía creativa que es la razón por la que he posteado muy pocas cosas en los últimos meses. La explicación de esta sequía es el fenómeno al que le he colocado el nombre de adormecimiento. Es, quiero pensar, una versión contemporánea- no postguerrista– de la náusea de la que hablaba Sartre, que también es el mismo tema expuesto por Martín Santos en la novela Tiempo de silencio (disponible gratuitamente en su página ilegal preferida).

Como el tema ha sido tratado, mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, por los escritores citados, me limitaré sencillamente a decir que llamo adormecimiento a las épocas de sequía intelectual, que generalmente ocurren después de un cambio brusco de rutina o, por el contrario, cuando la monotonía se vuelve demasiado pesada para ser soportada; por ello, la sensación a la que más comúnmente se asocia es al aburrimiento y el principal síntoma es el “googleísmo aproductivo” que es como yo llamo a la actividad de buscar cosas en Google sin siquiera pensar en lo que se está buscando, sino por mera costumbre de acceder a Chrome al encender la computadora. Es la actividad caracterizada por la búsqueda inefectiva de temas, en las que el usuario no termina de leer ninguno de los artículos arrojados por el buscador y en la que tampoco existe una meta clara sobre lo que se quiere encontrar, o por lo común, no se espera encontrar nada, sino que se realiza la actividad como en piloto automático.

El correlato fisiológico de este síndrome, seguramente se encontrará en la corteza prefrontal, pues es aquí donde tienen lugar los procesos psicológicos básicos y las funciones del sistema ejecutivo y la atención, pero además, porque a quienes lo padecemos nos parece sentir un cansancio en el cerebro, que se combina con una compulsión a prender la televisión y realizar zapping, para luego apagar el televisor pero volver a revisar si habrá cambiado la programación solo 5 minutos después.

Mientras se padece de esta condición, hay una pérdida importante de las capacidades para sobresalir en el trabajo, iniciar y soportar conversaciones sobre política, revisar las noticia más allá del twitter, además de una marcada preferencia por juegos y actividades que no requieran esfuerzo mental y una postura corporal inapropiada al enfrentarse a una tarea académica.

Sobre la cura al adormecimiento puedo decir muy poco. Solo que la lectura constante parece ser la principal actividad de prevención y remisión del trastorno. El deporte y el seguimiento de rutinas matutinas pueden ser beneficiosos. La alimentación sana (poca azúcar) y el trabajo después de las doce de la noche (este último porque obliga al mantenimiento de la atención con la promesa de una cama caliente) deben incluirse dentro de la terapia; el invierno y la falta de actividad familiar son, a menudo, detonantes y, sobre todo, la posibilidad de romper con compromisos que no acarrean una consecuencia inmediata (tal como no escribir en un blog) es una de las principales cosas que debe evitarse.

Por ello, de ahora en adelante quisiera comprometerme a escribir más seguido, otorgando al blogueo un status superior al de mero hobby en mi agenda. Si usted ha sufrido de épocas improductivas, disminución de sus efectividad y síntomas relacionados con el adormecimiento continúe leyendo este blog o comuníquese con su autora y podrá formar parte de una investigación informal, netamente fortuita y ocasional, sobre el tema.

 Cómo ven, este post es, a la vez que un bosquejo de excusa, un intento por dar forma a algo que se que existe, pero de cuya existencia no tengo ninguna prueba. Los eruditos de la psicología seguramente querrán llamarlo depresión, pero no, no es propiamente eso, de lo que Sartre, Martín y yo (¡uy! que importante) hablamos y que viene asociado a un evento social o histórico; se trata una especie de fastidio crónico ante las cosas que no nos fastidian, y la incoherencia que supone la existencia de tal oxímoron plantea un problema interesante que, no obstante, el sujeto no puede dejar de evitar abordar. Querer hacer algo y querer dejar de hacerlo al mismo tiempo…. La existencia de tal sin sentido insoportable generará en ustedes una absoluta incredulidad y, sin embargo, confío en que recordarán haberlo sentido.

Feliz cumple, Urbe18. Torta cortesía de Google Images

Mujeres, cigarros y penes

Todos sabemos que Signmund Freud fue el padre del psicoanálisis. A quien pocos conocen es al mejor usuario de su teoría, su sobrino “malvado” Edward Bernays. Nacido en Austria en 1891, Bernays se mudaría a Nueva York para  revolucionar la industria de la publicidad. Entre otras cosas, se le debe a él la popularización de los estudios de mercado, los cuales realizaba desdeñando las preguntas directas y estructurando las sesiones en forma de terapias grupales con el objetivo de descubrir los más profundos deseos de los consumidores. Bernays era fiel seguidor de su tío y demostró que las investigaciones sobre el inconsciente podrían beneficiar a la industria y la política.

En la época en que Einstein y Hannah Arendt proveían al mundo de avances intelectuales en ciencias y humanidades respectivamente, Bernays se introducía en el mundo de la comunicación en el que dejaría su huella. Una de las anécdotas que mejor ejemplifica en qué consistía su trabajo involucra a la compañía Betty Crocker y a uno de sus productos más innovadores: la mezcla lista para tortas.

Cuando el producto salió al mercado, fue un total fracaso. A pesar de que era original, delicioso y de que simplificaba enormemente la tarea de la ama de casa, estas no lo compraban. Bernays y su equipo proveyeron la simple solución: la mezcla sería un éxito si, en lugar de estar lista para hacer la torta, requería que se le agregara un huevo.

Esta solución parecía absurda. No solamente incluía el gasto innecesario de un huevo, sino que además, eliminaba la innovación misma del producto: la torta lista para hornear, puesto que en lugar sustituir todo el trabajo de la ama de casa, facilitaba solo parcialmente la tarea.

No obstante la solución de Bernays provó ser exitosa en el mercado. La explicación no era demasiado compleja: las amas de casa no solo tienen el deseo de servir una deliciosa torta a su familia durante la cena, tienen la ilusión de hacerla ellas misma. Agregar el huevo alimenta esa ilusión, a la vez que garantiza el resultado. El producto lograba así satisfacer los deseos de las consumidoras sobre su propia eficiencia como esposas y madres, y no simplemente vender una torta.

Pero el trabajo del publicista no solo involucraba el dar la solución del huevo, también incluía crear una campaña en la que podía palparse la idea americana de la ama de casa perfecta. Una idea que requería de libros enteros para ponerse en palabras, pero que Bernays y su equipo demostraban en una sola imagen.

Bernays se regía por un principio: los deseos podían ser creados desde fuera y luego implantados “ready-made” en la mente del consumidor. Para ello, se basaba en una premisa simple, y cierta: la gente quiere cosas que no necesita. Y edificaba su trabajo a partir de un hallazgo psicológico, cierto también: no sometemos a la razón todo lo que deseamos. Utilizando conceptos del psicoanálisis y de la psicología de las masas de Gustave LeBon, Bernays dedicó su vida profesional a demostrar las enormes posibilidades que yacían en la práctica de la manipulación mediática.

Para ponerlo sencillamente, si había que apoyar la liberación de las mujeres para venderles cigarros, se hacía. Y si en cambio, había que favorecer las estructuras patriarcales tradicionales para vender crucifijos, se hacía también. Para ser justos, Bernays realmente nunca vendió crucifijos, pero si vendió cigarrillos, y lo hizo con una estrategia sencilla: en una época en que solo los hombres fumaban Bernays colocó mujeres haciéndolo en televisión, apeló a las sufragistas y llamó al producto “antorchas de libertad”. De esta manera logró que el público prestase atención al objeto y lo equiparó con una lucha importante, el voto femenino; una vez lograda esa asociación, el trabajo estaba hecho.

Mientras que votar requiere (o quisiera yo que requiriese) de un proceso de reflexión, encender un cigarrillo es más sencillo que dibujar un muñeco de palitos. Mientras que cuestiones como el trabajo, el gobierno y la vida pública estaban intricadamente asociadas a lo masculino, lo único que el cigarro tiene de varonil es su forma fálica. No importa, las compañías tabacaleras duplicaron sus consumidores.

Pero adquirir uno de esos palitos que “eran como tu propio pene” no equiparó a las compradoras con sus contrapartes del sexo opuesto. Mientras ellos solo necesitaban fuego y adquirir el hábito, ellas se sometieron a clases de etiqueta para fumadoras, impartidas por la señorita Florence E. Linden. Porque además de fumar, había que verse lindas.

Las bases de la propaganda política pueden ser encontradas en los hallazgos de Bernays. La identificación con un candidato, la idea de libertad e incluso la necesidad de bienestar pueden ser prefabricadas, enaltecidas, modificadas, maquilladas, mejoradas y entalladas, hechas a la medida de la mente del público. De esta manera se manipulan los deseos de los posibles consumidores y se modifica también el producto de acuerdo con estos deseos, y en un punto medio, donde ambas manipulaciones se unen, se consuma el acto de compra-venta.

Las ideas de Bernays no eran solo un inofensivo juego de mercado. Una de sus campañas más famosas fue realizada en nombre de la compañía United Fruit Co. y del gobierno de los estados unidos, mientras derrocaban al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz Guzmán, electo democráticamente. La propaganda involucró presentar a Guzmán como un comunista ante los medios y mostrar las acciones del gobierno norteamericanos como heroicas y legítimas. De esta manera, los ciudadanos norteamericanos no protestaron el golpe, mientras que la compañía pudo continuar explotando el producto, y a los trabajadores, en Centroamérica, sin la incómoda intervención de un gobierno que no le era favorable.

Para Bernays la manipulación no solo era posible, sino necesaria en las sociedades democráticas. La democracia requiere del acto público de selección del candidato, pero debía protegerse al país de los errores que sus ciudadanos pudiesen cometer al elegir. El verdadero gobierno debía estar constituido por aquellas personas con la capacidad de moldear la mente de los ciudadanos y luego satisfacer los deseos previamente creados. Solamente así podrían ser compatibles la idea de organización y la idea de democracia. La única manera de gobernar a la masa, parecía ser, hacerlo sin que esta estuviese consciente de que era gobernada.

La política podía equipararse a la industria; las ideas eran un producto, el candidato debía ser como un actor que las presentaba. La cultura también podía fabricarse en las agencias de publicidad y la de Bernays fue responsable por la instauración de los huevos y el Bacon como el verdadero desayuno norteamericano.

Todo producto puede incorporarse a una idea cultural previa y ser presentado como la materialización del linaje de un valor auténtico: a una muñeca, el valor de la familia; a una patineta rosada, el valor de la igualdad entre géneros; a una coca-cola, el valor de la amistad; a un vibrador, la liberación; a una espada de juguete, la fuerza, la lucha, la infancia; al acto de entregar un regalo costoso, el amor.

Nuestros deseos de fama, nuestra pasión por la moda y la satisfacción que derivamos de una visita al centro comercial, todo es producto de una cultura en la que sus agentes han sabido emplear la psicología común a cada integrante para fines de consumo.

La cultura es construcción, todos sabemos eso. La construcción es esencial a la cultura. La influencia mediática es tópico de sobremesa en nuestra cultura actual, que se discute siempre en conjunción con una crítica al capitalismo, a las imágenes de modelos super flacas y a la proliferación de juguetes innecesariamente costosos. No obstante, mientras que todos saben quién fue Freud, muy pocos saben quién fue Bernays. Eso, pienso yo, nos hace más vulnerables.

Dos Chemas y un Liebster award

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Todavía estoy de racha. He cambiado mi aptitud, he cambiado mi suerte. Dañé una de mis camisas favoritas en la lavadora, perdí una bufanda en un ciudad extranjera, casi me deja un avión y me da miedo revisar el estado de cuenta de mi tarjeta de crédito… pero son nimiedades.

La semana pasada fue genial, estuve en Inglaterra, conociendo una de las mejores ciudades que he visitado (Londres) y compartiendo con gente a la que quiero y hace tiempo no veía. Pero cuando aterricé allí, en lugar de flores y un cartelito de “Welcome, darling” lo primero que vi fue un mensaje de Chema, autor de ‘el blog de Chema’, en el que me informaba que me había nominado a los premios Liebster.

Los premios Liebster funcionan de forma interesante. Primero, a un bloguero le es concedido el premio pero para aceptarlo agradecer quien(es) le ha(n) concedido el premio, otorgarlo a otros blogs y, los más importante, responder a unas preguntas hechas por la persona que ha hecho la nominación. Así se va creando una cadena entre bloggers.

Mientas pasaba debajo del cartel que en letras gigantes decía “arrivals” recordé que no llevaba Tablet, ni ordenador; conté las libras en mi bolsillo pensado que debía ubicar rápidamente un sitio de internet para responder a las preguntas, pero paré en seco. Las preguntas de Chema eran interesantes y merecían ser sopesadas… y no tenía suficientes pounds

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Necesitaría responderlas en mi cabeza antes de ir a copiar rápidamente mis ideas en alguna computadora de alquiler. A mí, escribir un artículo me lleva varias horas de teclado y pantalla y con solo la Tablet, se vuelven días. Por primera vez me di cuenta que a veces uno no se puede costear la situación de pensar como es debido, como los estudiantes internacionales que no pueden acceder  buenas bibliotecas en sus países de origen o yo misma cuando no me puedo comprar un libro porque Amazon no entrega en mi zona. Pensar se nos está poniendo caro y, si había que pagarlo en libras, yo iba a perder mi Liebster.

Pero no iba a dejar de disfrutar Londres y, mientras visitaba los lugares más típicamente británicos, las preguntas de Chema volvían una y otra vez a mi cabeza: “Si pudieses ser un personaje literario, ¿Cuál serías?”.

***

En Oxford hay un bar llamado Eagle and Child, allí C.S. Lewis, J.R.R. Tolkien y otros célebres Inklings se reunían para comentar sus escritos y tener esas reuniones intelectuales que marcaron la modernidad y que hoy esperamos sean revividas por los portales de formación online. Tomarme una cerveza allí era una de las cosas en mi lista y, mientras la disfrutaba, recibí un mensaje de otro de los blogueros que sigo, Chema Ferrero con un mensaje similar al de su tocayo: ¡Me había nominado a otro Liebster!

Pensé: Es el destino que yo tenga un Liebster, concedido por un chico de nombre Chema ¡¡Y a solo dos días de reunirme con mi computadora!!

Muchas gracias a ambos Chemas, bloggeros que sigo y recomiendo y a quienes espero este post agrade y provea la explicación de porqué mi respuesta ha tardado tanto. Y ahora, no me alargaré más y pasaré a responder las preguntas, nominar los blogs y disfrutar mi Liebster.

Preguntas de chemarey.wordpress.com y 7callemelancolía.wordpress.com (noten los colores):

¿Qué es lo importante para ti a la hora de escribir en un blog?

Lo más importante, y también lo más difícil, es lograr un balance entre la honestidad y la estética del mensaje. En V de Venganza, Moore dice: los artistas usan mentiras para decir la verdad, los políticos las usan para ocultar la verdad. A veces para lograr la experiencia estética que permite comprometer al lector, se requiere la poetización de los eventos reales, lo que supone la modificación de los hechos para trasmitir la moraleja del evento de forma más atractiva.

Confieso que, a veces, modifico algún hecho o el orden de acontecimientos, porque pienso que de esa forma el post es más sonoro o el mensaje es más comprensible. En ocasiones agrego invenciones a hechos reales para poner el acento en lo que me interesa o me guardo ideas que aunque parecen importantes, podrían dejar un sabor de “estar de más” o hacer el post demasiado largo. Sin embargo, me gusta escribir cosas reales, por eso me cuido de no cambiar demasiado los hechos y de no dejar de escribir cosas que realmente necesito decir. Lograr el balance entre honestidad y “buena prosa” es una de mis luchas constantes.

¿Por qué escribes? /¿Por qué escribes un blog?

Cuando escribo me digo algo a mí misma. Empecé este blog en el mismo mes que abandoné la religión católica con la que había crecido. Cuando me separé de los paradigmas de mi infancia descubrí una nueva manera, más libre, más lógica, más hermosa, de ver el mundo. Me puse los lentes ateos, los agnósticos, los intelectuales, los científicos y los naturalistas. Pude pensar por mí misma e interpretar de una nueva manera los grandes temas de nuestro tiempo: la pobreza, el matrimonio igualitario, la multiculturalidad y dar a la humanidad el valor y la responsabilidad que se merece.

Pensé que tendría miedo, que necesitaba creer en un Dios que diera sentido al mundo, no fue así, en cambio, el miedo se disipó junto con el peso de dos milenios sobre mi espalda, el miedo lo creaba justamente la institución que decía disiparlo. Sin la necesidad de probar a cada instante que algo que pasó hace dos mil años tenía que ser cierto sino preguntándome ¿Es cierto… realmente cierto? Me sentí libre y encontré el valor de la autenticidad. Leí la biblia, no me gustó. Pero seguí leyendo a todos los que antes se habían hecho preguntas similares a las mías, me volví a enamorar de la ciencia y la filosofía, por la manera que tienen de dar respuestas, de cuestionarse a sí mismas, de abandonar lo innecesario, de romper jerarquías y guiar el progreso, y por su forma de hacerse un lugar en el futuro. Y al final, sentí que tenía algo que decir.

En esa búsqueda aprendí muchas cosas. La más importante: aprendí a escribir. Gertrude Stein decía: escribir es escribir es escribir es escribir. Yo escribo para escribir. Pero no voy a negar, que me encanta ser leída. (Para una mejor respuesta a esta pregunta, ver Lugares Comunes y Soñando Con Maletas).

¿Darías (o has dado) el salto a escribir un libro?

No lo he hecho aún, me encantaría hacerlo alguna vez, pero creo que necesito madurar mucho como escritora.

¿Qué cualidades crees que debe poseer un buen escritor?

Debe cultivar el talento, preocuparse por temas trascendentales y/o de importancia social, ser un buen lector y querer comunicarse con el público fuera de la torre de marfil, apelar a la persona de a pie.

¿Cuáles son tus estilos literarios preferidos? Y ¿Quiénes son tus autores preferidos?

Fácil. Literatura académica y relato corto; Sarlo, Borges, Baroja y García Márquez, siempre.

¿Qué libro te ha impactado más?

Cien años de soledad porque fue el primer libro que leí por placer, a los doce años, y me impresionó la forma en que Márquez transmite la cotidianidad de la vida latinoamericana. Era leer el libro, salir a la calle (en Venezuela), mirar a la gente y sentir que seguía leyendo el libro. El realismo mágico fue un gran descubrimiento para mí. Luego, en la universidad, leí a Beatriz Sarlo, que es una crítica literaria, y con su libro ‘escenas de la vida posmoderna’ reaprendí a leer. Me di cuenta que leía de forma pasiva, que no sacaba todo el significado de las historias y que estas estaban llenas de mensajes “ocultos”. Siempre leo y releo a Sarlo, veo sus entrevistas y busco sus artículos. Desde Argentina, me enseña a leer.

Un personaje literario al que te gustaría parecerte y por qué

Luché mucho con esta pregunta. Quería dar una respuesta inteligente, pero al final, me decanté por una respuesta sencilla.

Astrid Lindgren es la 18va autora más traducida en el mundo. Cuanto tuvo a su primer hijo, Lars, era tan pobre que tuvo que dejarlo al cuidado de una familia adoptiva. Trabajó como periodista y secretaria y luchó por los derechos de las mujeres y los trabajadores. Se casó y un día, cuando su segunda hija, de nueve años, estaba enferma y le pidió una historia, Lindgren le contó el cuento de una niña con fuerza sobre humana, hija de un marinero y amiga de un niño llamado Tommy, y una niña llamada Annika; Pippi  Långstrump, o Pippi Calzaslargas en español, es una niña independiente, inteligente y asertiva que en ocasiones se burla de los adultos condescendientes.

Este es el cuento que leeré en voz alta si alguna vez tengo un hijo. De alguna manera, al inventar esta historia, la autora quería incluir todas sus ideas sobre el feminismo y la igualdad social y presentarlos a su pequeña hija, y Pippi caracteriza muy bien la ruptura de estereotipos y la búsqueda de la justicia. Mucha gente diría que Pippi no es una persona común. Pippi es maravillosa, y eso, yo encuentro, es bastante común.

Los blogs que nominaré:

Senda en el margen

Salvela

Bodegón con Teclado

En seudónimo

Cenizas y Estrellas

Reflexiones 4 Karen

El bosque de la larga espera

La recacha

La realidad alterna

Deshojándonos

Los cuadros de Vicky

A continuación, las preguntas que hago a los nominados, alentándolos a dar respuestas largas (+- dos párrafos) siempre que puedan:

  • ¿Qué es ser blogger para ti? ¿Te sientes miembro de una comunidad de bloggers?
  • ¿Has tenido otros blogs en el pasado que hayas abandonado?
  • ¿Cómo preparas una nueva entrada: te viene una idea de repente y la publicas directamente o te tomas varios días; las ideas son tuyas o alguien más de aconseja; la escribe y luego la relees veinte veces o nunca lees lo que escribes; tienes alguna cábala?
  • ¿Has tenido algún problema por algo que hayas publicado en tu blog?
  • ¿Cuál es una meta personal que persigues con tu blog?
  • ¿Cuál es un tema sobre el que nunca postearías?
  • Cuenta una anécdota graciosa que no tenga que ver con el blog y que no hayas publicado aún. (Opcional).

reglas

La racha de buena suerte

(Un post algo banal, pero creo que tengo un punto)

Lo mejor que le puede pasar a una persona que usa lentes es que, a falta de dinero para comprar unos nuevos y de tiempo para mandar a ajustar los que ya tiene, deba, para evitar que sus lentes se deslicen hacia abajo por su nariz, mantener en todo momento, la cabeza en alto. Si alguna enseñanza puede rescatarse de la crianza materialista que sufrió nuestra generación, de los años de inmersión en el capitalismo, de los encuentros repentinos con la Nueva Era y de las implacables búsquedas de trabajo en el sector comercial e informático, es que, tal como decía hace algunos años la publicidad del canal sony: “es cuestión de actitud”. La vida es cuestión de actitud. Y Recientemente me tocó comprobarlo:

Primero, hay que dejar algo claro, ¡Yo soy un pato! Porque años de leer las tiras cómicas de los domingos me han enseñado que son siempre los patos los que escenifican la mala suerte; no son nunca Bugs y Mickey, sino Donald y Lucas los que viven en discordia con la fortuna.

Recientemente tuve que planificar un viaje académico con el propósito de dedicarme a la parte teórica de una investigación en la que me embarqué hace algún tiempo, y, consciente de mis limitaciones de pato, inicié dicha planificación con suficiente antelación, tomando en cuenta todo lo que pudiese salir mal. Organicé las tareas que tenía que llevar a cabo y revisé el clima para que no hubiese sorpresas…  la mala suerte se las iba a ver conmigo, con mi paraguas viejo y con la foto de un gato negro en la portada de mi agenda.

Muchas de las cosas que debía hacer para garantizar un viaje productivo y sin eventualidades eran bastante sencillas. Primero, fui a comprar un ratón nuevo, para facilitar el trabajo en mi laptop; quería comodidad, iba a pasar muchas horas frente a la computadora. Dejé de utilizar las tarjetas de crédito que usaría durante el viaje, para asegurarme de no dañar ningún chip, exceder ningún límite, rayar ninguna banda magnética o enojar a la gente de Visa y MasterCard. Compré alguna ropa de calor y una nueva chaqueta; un traje de baño y una bufanda… porque nunca se sabe.

Me aseguré de ver a tantos amigos y familiares como pude durante la semana previa, para que no hubiese visitas sorpresivas de último minuto que me impidiesen realizar mi tarea de revisión y repaso de la maleta y la rutina del pequeño ataque de nervios de “sé que dejo algo, pero no sé qué” que es ritual antes de este tipo de viajes.

Pedí permiso a mi jefe, adelanté todo el trabajo que pude, porque siempre surge una reunión de último minuto, una entrega que no recordabas o un alumno que te necesita o “no se gradúa” (esta parte nunca es cierta). A todo el que pude mentirle diciendo que me iba antes de lo que en realidad planeaba irme, le mentí. Que la gente pensase que yo estaba ya a un océano de distancia.

Aeropuerto Internacional “Simón Bolívar”

Y todo iba bien, hasta que dejó de ir bien.  Un par de días antes del viaje, el cursor de mi nuevo ratón empezó a desaparecer de la pantalla; al salir del trabajo me apresuré a buscar la garantía y dirigirme al proveedor. Por cuestiones del destino, y, realmente, por culpa de los cambios de cartera que tanto tiempo nos hacen perder a las mujeres elegantes (guiño, guiño) al llegar a la tienda, la única fuente de dinero que llevaba conmigo era la tarjeta que había apartado para usar durante el viaje, por un minuto dudé en si debía volver a mi casa a buscar dinero, pero la tienda hubiese cerrado para entonces.

El chico de atención al cliente me informó que darían mi ratón al técnico y que lo tendría de vuelta en cinco días.  A estas alturas no tengo cinco días, lo único que podía hacer era dejar el ratón en sus manos y buscarlo en el momento lejano en que volviera de mi viaje. El chico me garantiza que no habría problema.

Decidido esto, me aproximo al estante para escoger un ratón nuevo, paso con cierta reticencia la tarjeta al chico y el, sin tomar la tarjeta me da una mirada de compasión “en este momento no tenemos línea, solo estamos aceptando dinero en efectivo”. Miro al reloj y al cajero automático que queda al final de un corredor por el que pasó corriendo y apenas esquivando a los niños que se me atraviesan con sus goteantes helados de vainilla. Coloco la tarjeta en el cajero que me responde con un mensaje: “error, consulte a su banco”.

A la mañana siguiente llamo al banco y otro chico de atención al cliente me avisa que deberán enviarme una correspondencia con un cambio de clave a mi oficina de confianza, me asegura que estará allí en un par de días, la cosa, es que yo no.

Intento no preocuparme, vaciar mi  mente, conectar el yin y yan las estrellas con el universo, entrar en estado de paz, ser una con el mundo… y comienzo a hacer la maleta. Esta parte la disfruto hasta que me doy cuenta de que la chaqueta que compré no combina con nada de la ropa que pensaba llevar. Los diseñadores han querido que la ropa de verano sea brillante y jovial y la de frío te haga sentir en el año 1847. Parece que no podré combinar mi chaqueta con la ropa de verano, pero a los turistas se nos indulta en este tipo de crímenes. Acabo la maleta y comienzo con el equipaje de mano, y, como es natural, no encuentro el pasaporte.

Mi mamá tiene una receta para estas situaciones: “Pilato, Pilato las manos te ato, si no consigo el pasaporte no te las desato”. Es una tontería porque no sabemos realmente nada de Pilato como personaje histórico y la gente cuando muere realmente no está en un lugar esperando que quieras pedirles algo y la frase tendría el mismo efecto que si en lugar de Pilato dijeras Buda o Fred o Michael Jackson. De todas formas, cierro los ojos y digo la frase correctamente, todo el mundo sabe que a los agnósticos nos da por rezar a deidades en las que no creemos en momentos de verdadera desesperación en los que la razón y la inteligencia no proveen ninguna solución. Este comportamiento es la versión atea de la frase “de que vuelan, vuelan”.

Empiezo a voltear gavetas y deshacer cajones, y esto resulta afortunado, puesto que algunos regalitos venezolanos que había comprado con mucho tiempo de anticipación habían quedado olvidados en esos cajones y seguramente no me hubiese acordado de ellos hasta que no tuviese en frente a las personas para quienes estaban destinados. Lo raro es que si había recordado que “comprar recuerdos” era una de las cosas que no tenía que hacer, la última vez que estuve en el centro comercial, aunque, aun si hubiese tenido que hacerlo no hubiese podido, por el percance de mi tarjeta. Al final, es una suerte haber tenido que vaciar las gavetas. Recuerdos en mano, un repentino flashback me guía hacia el lugar donde meses antes había colocado mi pasaporte para encontrarlo cuando lo necesitara.

Esa noche suena el teléfono. Una amiga, que siempre está súper ocupada, y con quién es posible que no coincida en tiempo y ciudad en meses, o quizás en años, me dice que necesita verme. Quedamos para almorzar. Mi amiga me recoge en el trabajo y se enoja porque la hice esperar. Desde luego en el trabajo surgieron varias cosas de último minuto y debía dejarlas listas, porque me voy mañana.

El centro comercial no es mi lugar favorito para comer, pero está cerca y ofrece opciones que satisfacen los gustos, muy distintos, de mi amiga y mío. Para lo que mi amiga si tiene gusto excelente, es para la ropa y dos o tres consejos de ella me ayudan a solucionar mi problema de la chaqueta victoriana.

Ya que estoy en el centro comercial, decido pasar a comprar el ratón y evitarme la incomodidad de tener que recorrer toda una ciudad extranjera buscando uno o llegar y enterarme que allí no se estila su uso, o que la tienda que los vende queda al otro lado de la ciudad. Además, voy a estudiar no a comprar y no pienso perseguir un ratón por una ciudad que no es la mía, porque además yo no soy gato sigiloso y con siete vidas, yo, yo soy un pato y seguro que, a donde voy, no habrán oído de los ratones para computadoras o estos se habrán agotado antes de mi llegada. ¿Por qué? Porque soy un pato.

El chico de la tienda me informa que han revisado mi ratón dañado y que no tiene solución y me dan uno nuevo. Genial. Vuelvo al trabajo, mi jefa (perdón, coordinadora de área) me desea feliz viaje. Me voy temprano a casa. Mi mamá va al banco, la acompaño y ¡zas! El problema de la tarjeta está resuelto. Voy a despedirme de mi abuela y hay café y chocolocate.

Mi prima pasa con su hijo pequeño, mi ahijadito, a despedirse de mí. El niño insiste en usar la computadora y, como es un mocoso irresistible, se la enciendo, solo para recordar que hay una carpeta con artículos en pdf que debía subir al skydrive para poder usarlos en cualquier lugar del mundo, durante mi viaje. ¡Mocoso irresistible, como te amo! Estoy de racha. De repente, en las últimas horas antes de mi viaje, todo cambió a mi favor.

Me levanto justo a tiempo, soy de las primeras en llegar al mostrador de la aerolínea, que abre inmediatamente. El mismo avión, que hace unos días se retrasó e hizo a mi prima perder una conexión, hoy, sale a tiempo. A mi lado hay gente amable, les sonrío. Duermo durante el vuelo y cuando estamos a punto de aterrizar, un líquido color Coca-Cola empieza a gotear de los maleteros que están sobre mí “quizás una lata que explotó con la presión de la cabina” dice mi vecino de asiento, mientras ambos nos apartamos justo antes de que el líquido cayera donde hace unos segundos estaban mi pierna y pantalón caqui. Mi vecino de asiento y yo vemos como cae el líquido durante unos segundos justo al tiempo que se realice el aterrizaje. Por fin, reacciono y me levanto del asiento.

Cuando la azafata está a punto de llamarme la atención como maestra a niño de primer grado, miro (veo?) un puesto vacío y lo tomo. El chico que ahora está mi lado, huele delicioso, y es joven y atractivo, lo cual siempre es agradable, hacemos un par de bromas sobre la naturaleza, composición, olor y procedencia del líquido goteante. Varios de los que estamos alrededor reímos. ¡Ni siquiera me tocó el pantalón!

Mientras espero mi próximo vuelo me dirijo a una tienda y un artículo me hace recordar a alguien a quien había olvidado llevar un obsequio; está barato, cosa que en un aeropuerto es menos común que un eclipse. Es definitivo, tengo una racha de buena suerte. Todo está a mi favor. Mientras lo pienso unas guajiras pasan a mi lado, llevan las acostumbradas batas pero lujosísimas, una de las ropas étnicas más hermosas que me haya topado en un aeropuerto. Me encantan los aeropuertos y hoy hay gente especialmente variada. Estoy realmente feliz. Es como si el universo me estuviese acompañando, ¡a mí! ¡Que soy solo un pobre pato!

Bata Guajira

La bailaora Diana Patricia dijo una vez en una entrevista que ella era una mujer con suerte y “mientras más trabajo, más suerte tengo” agregó. Yo realmente creo que hice un buen trabajo organizando este viaje y, sobre todo, cuidando los pequeños detalles.

Todo lo que he narrado aquí son pequeñas banalidades sobre ropa, almuerzos con amigos y trabajos que de ninguna manera implican estar en una mina o picar piedras, superar el cáncer o aguantar la pobreza. Pero son esas pequeñas cosas las que nos hacen sentir con más o menos suerte. Es poner la atención a los detalles y alegrarse por los pequeños instantes de fortuna, tanto como por los grandes acontecimientos afortunados.

Para cuando usted esté leyendo este post, es posible que mi racha de buena suerte ya haya tomado otro rumbo, dejándome con la suerte acostumbrada de una persona normal. De todas formas yo seguiré pensando que en la próxima esquina, en el próximo evento, en el próximo encuentro con un amigo y en cada visita al banco, voy a tener suerte.

 Si no vamos a creer en nada más, al menos creamos que tenemos suerte, porque si nada más es cierto, lo es el que en algún momento, tendremos, por mera estadística, que toparnos con eso que se llama suerte.

Si yo tuviese una escuela

Si yo tuviese una escuela, pero no cualquier escuela, sino un lugarcillo libre, alejado de la garra del ministerio de educación y las obligatoriedades de un currículo; una  escuela que fuese mía y pudiese decidir de qué cantidad de cosas llenar los cuadernos de los alumnos, los estantes y pizarrones,  sin otros límites que los del cerebro humano, a edades ya identificadas por Piaget; si yo tuviese una escuela para llenarla hasta reventar de información, ejercicios, conversaciones, juegos, recursos, maestros, padres, alumnos y ferias escolares; si pudiese poner cualquier cosa, no pondría más cosas.

Si yo tuviese una escuela no invertiría demasiado tiempo en enseñar a los alumnos todo lo que yo se , ni en que investigásemos lo que no sé, si yo tuviese un lugarcillo de estos a los que los niños de 3 a 17 años están condenados a asistir por ley, colocaría una sola materia, necesaria, me parece a mí, para el mundo.

Y pensarán, los conocedores, que enseñaría matemáticas o lenguaje, las dos materias básicas en cualquier currículo educativo, según la UNESCO, pero no. Pondría en primer lugar las matemáticas de lado y la lengua de lado. Y de lado la química y la psicología, el arte, la educación física y la biología; no para olvidarlas sino para retomarlas poco a poco.

Entonces, enseñaría solo historia. Por descabellada que la idea parezca, yo solo enseñaría historia. Soy una total convencida de que la historia NO se repite, el mundo cambia todo el tiempo, avanza todo el tiempo, aunque a veces podamos ver algunos patrones, algunas similitudes que parten del hecho obvio de que siendo los humanos todos igualmente humanos, toda creación humana ha de tener un hálito de lo mismo. Sin embargo, la importancia de la historia no radica en su posible repetición en el futuro, cosa absurda, pues es obvio que la importancia de    la historia está en el pasado, y yo enseñaría a mis alumnos, la historia de nosotros, sencillamente eso.

Y, como mi propósito es enseñar historia, no tendría que pasar tiempo seleccionando pedagogos y profesores entrenados, en cambio, pediría cuentacuentos, porque a los seres humanos nos gustan los cuentos y no tienen las escuelas que ser lugares aburridos mientras el cine es el entretenimiento del domingo ¿No tiene la educación ventaja sobre Hollywood en la formación de las mentes jóvenes?

Para contratar a alguien solo exigiría que cada cuento que cuenten se cierto, cierto y antiguo. Que donde falten datos, se formulen hipótesis, pero se diga que son solo eso.

Los estudiantes solo tendrían cuadernos de historias en las que estén interesados, porque vamos a partir del reconocimiento de que no se puede  enseñar toda la historia, y, partiendo de que no podemos enseñarlo todo, debatiremos si siquiera  es necesario enseñar mucho. Vamos a estar claros, ¿Para qué ocupar tanto tiempo en llenar las cabezas de los niños de información que todos sabemos que nunca van a recordar?

Estampilla cubana

Estampilla cubana

Pondría en la puerta de cada aula, un cartelito con el título de un período o de  una disciplina, por ejemplo: egiptología, historia de América, el holocausto. Enseñaría historia de la guerra y como Florence Nightingale logró, ella sola, que la profesión de enfermera fuese respetablemente ejercida por mujeres durante el conflicto de Crimea ¿Qué hubiese sido del mundo sin enfermeras? De allí, quizás pasemos a la historia de la medicina.

Veríamos también, y sobre todo, la historia de la india y de hecho, de todo Asia, porque no quiero que mis alumnos crezcan pensado que solo un puñado de hombres (Platón, Aristóteles, Galileo, Colón y Bolívar) forjó nuestro destino, cuando en realidad fueron miles de personas, en todas partes. Que incluso antes de Aristóteles, o, al mismo tiempo que él, las ideas que se le atribuyen aparecieron en otras partes del mundo, con Confucio y otros pensadores importantes. No hay porque endiosar hombres, cuando se les desmitifica tan fácilmente, aprendiendo historia.

Les enseñaré la historia de la política, ¿Por qué llamamos a la derecha, derecha y a la izquierda, izquierda? Sin decirles nada más, les diré tan solo como se ha comportado hasta ahora la gente que hace política. Divorciaré a la gente de las ideas y casaré a las ideas con los contextos y a los contextos con los seres humanos… y les enseñaré política.

Los alumnos, cada mañana, se dirigirían al salón en el que se imparta la historia que les interese, a escuchar los cuentos de la gente que vivió antes que ellos. Los exámenes consistirán precisamente en contar las historias que se han aprendido durante el semestre. Demostrar que han aprendido algo… cualquier cosa.

Mis estudiantes sabrán que los seres humanos a veces somos débiles y capaces de comportarnos de forma vil, no tanto por acción, sino por omisión. Serán comprensivos con las personas mayores, porque conocerán la historia que las marcó, sus sufrimientos, sus carencias, sus oportunidades. Es que es fácil comprender cuando se conoce.

Cuando mis alumnos salgan a la calle, no serán de esos niños engreídos que piensan que el mundo gira a su alrededor; mis alumnos sabrán, desde el primer día de clase, que el mundo lleva girando ya mucho tiempo, y nunca ha girado alrededor de nadie.

Si se enfrentan a un problema, no sucumbirán ante la sensación de que están parados al borde de un abismo, en el fin del mundo. Mis alumnos sabrán que también lo que sucede hoy, mientras sucede, es historia. Les pediré que enfrenten sus vidas con la perspectiva de quien se enfrenta a la escritura de una novela… un autor enamorado de su protagonista, que solo desea la felicidad de este.

Cuando necesiten saber matemáticas o física o química -porque estas cosas son necesarias- estudiaremos la historia de las matemáticas y de la física y de la química y de la gente que poco a poco nos fue legando un vasto conocimiento. Cuando mis alumnos se enfrenten a un problema matemático, más que saber la solución, el procedimiento, el método y los datos, sabrán cómo se han enfrentado otras mentes humanas a los  problemas y así, podrán intentar resolver aún aquellos cuyas soluciones no se conocen.

Además, sabrán de Hipatia, la primera matemática y astrónoma de quién se tiene conocimiento en el mundo occidental,  porque ya se ha repetido muchas veces que hay que acabar con ese error de la cultura por cuya cuenta se conduce casi exclusivamente a hombres hacia la ingeniería y las ciencias “duras”, justificando este tipo de talento como inherente al género.

Si alguno de mis alumnos decide que quiere ser científico, entonces estudiará la historia de la ciencia. Sabrá que la ciencia no es una cosa estática que sencillamente se aprende y luego se reproduce. La ciencia es creatividad e innovación. Lejos de ser un campo para la gente que solo puede lidiar con certezas, las ciencias, tanto como las artes, son para quién puede lidiar con la incertidumbre, pero al mismo tiempo, combatirla.

A veces, la única manera de entender la historia, es poniéndonos en el lugar de sus protagonistas. La del deporte es un buen ejemplo. Mis alumnos jugarán, pero también sabrán de los peligros de la industria del deporte profesional, sabrán de la importancia de la perseverancia y la honradez, tanto como sabrán de atrapar y pasar la pelota.

Les hablaré de la diáspora africana y el genocidio, del racismo y la esclavitud, pero si en mi clase hay alumnos hijos de estos pueblos, no sentiré lástima por ellos. Les hablaré de como en los pueblos sobrevivientes, en los oprimidos que cortan sus cadenas, la raza humana tiene su única fuente legítima de orgullo.

Les contaré, los viernes, historias románticas. Uno de los ámbitos más importantes de nuestra vida es el de hacer pareja y familia. Mis alumnos habrán conocido miles de matrimonios, cientos de divorcios. Cuando estén con alguien que les atraiga, sabrán mirar más allá del momento, pues, si bien cada historia de amor es única, hay ciertas cosas que si no están ahí, sencillamente, no están ahí. Como dijo Tolstoi: “todas las familias felices se parecen. Las infelices, lo son cada una a su manera” pero ¿En qué se parecen? Preguntaré a mis alumnos.

La nuestra, es la época de las generaciones que se casan con la gente a quién antes oprimían o a quién antes no hubiesen podido ni soñar con conocer. Somos la generación que mira atrás y se pregunta ¿Para qué? Y mira hacia adelante y se pregunta ¿Para dónde? Pero estamos destinados, como las generaciones antes de nosotros, a ser, sencillamente, parte de una historia.

¡Historia!, les diré, somos el producto de millones de empresas bélicas, de trabajo duro, de ideas, de luchas, de historias románticas, de grandes pasiones, somos nietos de héroes y villanos, al final, de personas. Somos miles y miles de años de historia, que a veces compartimos y que otras, nos separa.

Con solamente una materia, podría enseñar a un montoncito de niños, cosas que creo, les servirían  para la vida. Y, cuando finalmente fuese el momento de que dejaran mi escuela, no me preguntaría si están preparados para la universidad o si les irá bien en sus trabajos. Como les habré enseñado una sola cosa, solo una cosa podrían hacer. Mis alumnos, saldrían a la calle… a hacer historia.

Billete venezolano que muestra a Luisa Cáceres

Billete venezolano que muestra a Luisa Cáceres


Películas para “gente educada”

(sarcasmo alert)

Si, así como usted lo leyó, con ese toquesito de elitismo y ese acento snob. Películas para un tipo de gente específico, el tipo de gente que lee este blog, porque la gente no educada no lee este blog. La verdad, nadie lee este blog, salvo mis amigos, que son, de lo mejorcito que hay por aquí. La crème de la crème. El tipo de gente que no le dice a la gente que ama que la ama sino: “Je t’aime, baby. Je t’aime”. El tipo de gente que conoce autores de oriente medio que en oriente medio no los conocen ni en su casa. En fin, fulanita mejor que no venga, no la va a pasar bien (lenguaje esnobista para: no es como nosotros).

Películas para la persona que mientras escribe este blog saborea un plato de sushi y más tarde tiene cita para ir con amigos conocedores a disfrutar de un reiboos. Si usted no sabe lo que es reiboos, no es el tipo de gente, pero seguro los conoce, son los que cuando discuten con usted política, cultura o fútbol lanzan a la conversación un par de nombres (Jaspers, Naussbaum, Sartre) que usted ha escuchado en otro lugar, pero que hacen que pierda el hilo de su argumento.

Gente que te pregunta a  que universidad fuiste antes de preguntarte tu nombre y que no se saben el apellido de la señora que les limpia la casa. Que tienen amigos bolivianos o peruanos porque les parece que “son tan pintorescos”. Que van a áfrica, se toman fotos con niños locales y las colocan en su oficina en un intento por parecer interesantes. Que no volverían a África si pudiesen escoger Viena.

Cuando entras a sus casas te consigues un símbolo de fertilidad tribal o alguna letra china que significa “paz” o “imaginación” que ellos no les gusta, pero se ve bien. Gente que admite, con toda la honestidad de su alma que “el status es importante” y para ellos es más importante de lo que admiten.

Películas que estrictamente necesitan subtítulos para todos los presentes en la sala, películas buenas, que no necesitan valerse de la comedia física y los chiclés románticos para entretener al espectador. Películas hechas por gente que no las hizo por dinero, sino por la imperiosa necesidad de hacer un punto. Y claro, cobraron (¡se tiene que poder vivir del arte!) pero la prioridad era el argumento.

Historias de gente al otro lado del mundo. Cuentos reales sobre niños, pobreza, inteligencia y humanidad. Películas francesas. O pakistaníes, o israelíes. Clásicos que mucha gente no sabe que existieron y existen. Y  la gente que va a verlas, para luego comentar con un álito de pseudointelectualismo sus partes favoritas, y enorgullecerse porque ellos si entendieron lo que el director quiso hacer cuando colocó el vestido rojo colgando de la ventana: “un acto tan significativo, una afirmación sobre la sensualidad de la naturaleza”.

Películas hechas para educar, vistas por gente tan educada que ya no les cabe más. Cines que estarían mejor ubicados en las barriadas y los pueblos que en las vías importantes de las grandes ciudades. O, ¿por qué no?, En ambos lugares.

Películas excelentes desperdiciadas en gente que no es tan excelente. Que se conmueven con la pobreza que ven en la pantalla y no logran si quiera notar la que está a dos cuadras de su casa. Pero como el título prometía una recomendación de películas. Aquí les dejo 3, que, al menos a mi, me gustan:

– El secreto de sus ojos (Argentina).

Á la folie pas du tout (Francia).

Heidi (USA).

No vaya al Reina Sofía

Este post no tiene el ánimo de insultar a nadie, así que si usted es uno de los alumnos de los programas pedagógicos del museo o usted es la reina de España, por favor, no se sienta ofendido. Tengo gran respeto por la gente que sabe de arte. Sobre todo, tengo admiración por la gente que sabe de arte y que no se ofusca con la ignorancia de quienes nos paramos frente a las obras vanguardistas e intentamos divisar  en ese montón de “ceros y unos” algún rastro de figura que dote de significado al cuadro que tenemos en frente, o que cuando nos dicen que aquel círculo representa la cabeza humana intentamos parecer interesados y responder con el “ohhh” que sabemos, se espera de nosotros.

Y yo no odio al Reina Sofía, he estado dos veces. Disfruté mucho el cuartito donde te metes y cambia el color, las grabaciones radiales de la guerra y la peli con imágenes en blanco y negro. Allí taché de mi lista de “cosas que hacer antes de morirme” la número 27: ver un Picasso. Disfruté a Miró; me gusta Miró, frase que no implicita de ninguna manera que entiendo a Miró. Estéticamente lo disfruto.

Este post no es para el tipo de gente que creció con el arte, ama el arte y puede definir ahora mismo lo que es el postmodernismo y si la obra tal y cual puede ser considerada en qué tipo de avant-garde.

Omelette tombante (tortilla cayendo) obra de Claes Oldemburg

Omelette tombante. Claes Oldemburg. No se como esto es arte… para mí, no llega ni a juguete.

Este post es para gente como yo. Si usted es un ciudadano de a pie, está en Madrid para hacer un máster en derecho ambiental o para visitar a su tío y lo que sabe de historia y cultura española lo aprendió a partir de la frase “la conquista de nuestro país inició en el año___” hágame caso y no vaya al Reina Sofía. Si quiere ir a museos, vaya al Prado (gratuito después de las cinco, según recuerdo), al menos ahí sabe que es lo que está viendo. Al menos ahí puede decir con tono cínico: “ahh, esto lo pagaron con lo que nos robaron a nosotros”.

Si absolutamente tiene que ir a algún museo, pagué el guía (o el radiecito). Otra cosa es tiempo y entrada perdidos, porque no se va a enterar de nada. Créame, el guía vale la pena. Esto también aplica para el Palacio Real, que, en serio, es mi tour favorito de la ciudad.

Si usted está en Madrid no deje de comerse las pizzas de cono que los inmigrantes árabes venden en la Gran Vía, vaya a cien montaditos y, si no está corto de dinero, pase por el Botín. Sobre todo camine, camine mucho. Cuando llegue a la plaza de España párese frente a la escultura del Quijote y  pregunte, a modo de reto, a su acompañante: ¿Cómo se llamaba la mujer del caballero andante?…

cien montaditos

cien montaditos

Siga caminando y llegue al templo Debod; si no le agobian los espacios cerrados, entre. Tome el teleférico a casa de campo, una vez allí dese cuenta que está cansado de caminar, tome el metro de vuelta a la ciudad y vaya al Retiro. Pase mucho, mucho tiempo en el Retiro.

Camine por atocha, métase a los barrios de la gente común y ordene un bikini (sándwich de jamón y queso). Cuando se lo traigan el mesonero le dirá: “aquí tienes, guapa”. Flirtee con el mesonero, se lo merece, el pobre vive en Madrid.

Si lo desea, vaya a la catedral de la Almudena (¡pilas, que roban!). Sobre todo, piérdase por las callejuelas que rodean esa zona (ahí no roban) y si está con su pareja, haga planes de mudarse a un pisito allí y vivir de la fotografía.

Salvo que usted sea masoquista o hijo del rey, evite en lo posible cualquier cuestión monárquica. Si lo tratan mal, o mejor dicho, cuando lo traten mal, respire y cuente regresivamente desde el diez mientras piensa en la guerra de independencia… o hágales un gesto con la mano, lo que le resulte a usted más catártico. Eso sí, no se deje.

Disfrute, se lo merece. No vaya al Reina Sofía. Si usted tiene tiempo para perder en Madrid, no lo pierda en el Reina Sofía.

… Y la mujer se llamaba Dulcinea del Toboso.