Lo que es un mal día

En la vida hay eventos malos: la muerte de un familiar, los divorcios, los abortos espontáneos… que empañan nuestras tranquilas existencias. Para un latinoamericano esos eventos incluyen golpes de estado, protestas estudiantiles y viernes negros; son eventos que nos arruinan una velada, un mes, nuestros planes para las vacaciones o -porque a veces llega a eso- nos determinan para toda la vida; de todas formas son eventos puntales, aunque nos empañen toda la semana, lo malo son solamente ellos.

Pero ayer yo tuve lo que se puede tildar de un verdadero mal día; ni un evento político, ni cultural, ni natural preciso, sino un desfile de calamidades que me tocó ver desde la ventana. Y como siempre, las causas hay que empezarlas a buscar en el pasado; desde hacía unos días, debido al cierre por asamblea del colegio de médicos, me suspendieron el taller de cuantacuentos (¡oh!, perdón, narración oral)  al que asisto todos los miércoles y que es el vaso de buen vinotinto en la bañera de agua helada que son siempre los miércoles. Además, desde la semana pasada se vienen dando protestas estudiantiles.

Todo el mundo sabe que lo mejor con los estudiantes es dejarlos protestar, gritar consignas, quizás, si tienen razón (y a veces aunque no la tengan), hacer concesiones. De aquí a Pekín todos sabemos que cuando se trata de los estudiantes de universidades públicas, bajo absolutamente ninguna circunstancia es legítimo sacar una horda de militares armados, una tanqueta y agredirlos. Esos chamos tumban gobiernos, esos chamos destruyen edificios, esos chamos son jóvenes y son muchos y, por lo general, algo de razón tienen. Lo mejor es dejarlos que protesten, tranquen calles y se vayan a su casa cuando estén cansados. Nada les da más energía que lanzarles una lacrimógena y nada está peor visto en la prensa internacional. Pero el gobierno de Venezuela está demasiado absorto en sus propia corrupción como para reconocer esas verdades que todos sabemos. Además, la protesta en cuestión les sirve para desviar la atención de sus seguidores del tema de la devaluación y la escasez, entre otros. Y todo esto me sitúa en el día de ayer, miércoles 19.

Tenía previsto despertar a las 7, pero a las 6:40 sentí que me movían la cama (y no, no es lo que están pensando), se trataba de un temblor de magnitud 5,2 en la escala de Ritcher. Calculo que duró unos siete segundos, pues me dio tiempo de despertar, correr a la puerta, llamar a mi madre y aún temblaba. Para las nueve de la mañana ya había habido 3 réplicas del temblor y en otros asuntos, se había muerto Simón Díaz. Para mí, Latinoamérica es comer frijoles con carne y tomar papelón con un garoto mientras leo un libro de Beatriz Sarlo o Cien Años de Soledad y escucho a Simón Díaz cantar un tango (si alguna vez se cumple el sueño de una unión latinoamericana de naciones, esto tiene que estar en el himno). Pues sí, murió tío simón y con él se acabó una era… una era que podríamos denominar “Venezuela es mejor que Nueva York”.

Simón Díaz

  Mientras almorzaba, leí en twitter que había muerto Génesis Carmona, una Miss (porque si no, no sería Venezuela) herida en la protesta del martes. Lo lamenté mucho, por las razones obvias – esta pérdida es otra tragedia- pero además, porque si se liga esto a la anterior de Mónica Spear, adquiere una significancia diferente, ya que los concursos de belleza son prácticamente el deporte nacional y son, aunque a algunos les guste negarlo, un componente de la identidad nacional. Es decir, la identidad nacional recibió un balazo, lo mismo que las “Misses”.

Génesis Carmona

Sin nada que poder hacer en la tarde, con la universidad (donde trabajo) cerrada y sin taller de cuentería ni poder salir a la calle por el peligro que representaba, me acuartelé en mi casa a repasar algunos contenidos de una materia que vi cuando estudiaba (el ensayo en América Latina) y a escribir por whatsapp a mis conocidos y recibir de ellos noticias de lo que pasaba en las diferentes zonas de la ciudad.

Para cuando cayó la noche, la calle estaba tranquila, desierta. Los manifestantes se habían concentrado a unas 10 cuadras de mi casa y aquello, me contaba uno de mis mejores amigos, mientras me escribía mensajes en los que me trasmitía su miedo, se convirtió en una zona de guerra que el comparaba con la de Siria y otra amiga con la Alemania de la postguerra. Las balas rebotaban en la pared de su casa; desde un tanque de guerra un militar con altavoz gritaba que iba contra todos, que se fueran a sus casas; desde los edificios se daba refugio a los manifestantes y la sobrina pequeña de mi amigo tuvo que subir a la azotea para no respirar los gases tóxicos.

Yo veía en la televisión el discurso aprendido, repetido, carente de sentido de nuestro presidente, que consiste sencillamente en repetir la palabra “fascistas” (sin que aplique realmente a la situación) unas quinientas veces y hablar de un socialismo en el que todos sabemos, el gobierno no cree, en desviarse del tema de la corrupción y desmentir lo que de todas formas sabemos que sucede.

No fui a las protestas puesto que desde el principio me pareció una convocatoria desorganizada que podía salirse de las manos. Y porque no apoyo la salida del gobierno por una vía no democrática, cosa que estaba implícita en algunos de los llamados. En cambio quisiera que el gobierno se hiciese de una vez responsable y dejase de culpar a una “élite” que hace quince años no gobierna y para nuestra sorpresa nada ha mejorado. Por un lado dicen que tienen todo el poder y por otro que no pueden hacer nada porque este enemigo imaginario que es la derrocada oligarquía, no se los permite.

Después, vi un programa especial sobre la vida de Simón Díaz y a las doce de la noche decidí despedirme de los distintos grupos de whatsapp en los que estoy e irme a dormir. Escuché, para aclarar mi mente y olvidarme de las 24 horas anteriores, la historia de Iván el Terrible contada por Diana Uribe… Así habrá estado el día, que Iván el Terrible sirvió de canción de cuna.

Iván el terrible

Los neopopulismos latinoamericanos. Caso Venezuela= un entrenamiento en incredulidad.

El término ‘neopopulismo latinoamericano’ no es cosa mía, es un robo terminológico del cual soy la perpetuadora y cuya víctima es el intelectual argentino Juan José Sebrelli, a quién se lo escuché en una entrevista a propósito de las relaciones Hugo-Cristina-(Barcelona).  Lo que planeo hacer en estas breves líneas es exponer como los neopopulismos LA juegan con los sentimientos de sus fieles opositores y nos someten a un constante “te creo, no te creo, te creo, no te creo”. No se alarmen, en este breve artículo no planeo hacer un análisis político-sociológico del gobierno venezolano y del curso que económica e ideológicamente ha de seguir durante este periodo presidencial, predicciones incluidas. Esto es en cambio un Mea Culpa público, un momento de confesión frente a mis prójimos (ejem, los lectores).

¿Se acuerdan que hace un poco más de un año tuvimos las primeras noticias sobre la enfermedad del presidente Chavez? Yo fui una de esas personas que creyó que era (inserte voz de aló ciudadano aquí) una mentira más. Fui una crédula como cuando pensé que Capriles ganaría las elecciones (inserte cara de Érica tipo 11 aquí). Y ayer, durante las elecciones de gobernador pensé que Táchira y Mérida eran cosa segura. Es más, cuando vimos los resultados de las presidenciales mi madre no comprendía por qué a los gochos se les llamaba brutos…. Son los venezolanos más inteligentes del mundo.

La primera pieza del rompecabezas de la incredulidad fue la escena ocurrida durante la visita del para entonces presidente de China, durante la cual Chávez sacó una perinola y comenzó a jugar -irrespetando las normas más básicas de comportamiento diplomático-. De ahí, en picada. Puedo mencionar los comentarios de corte sexual sobre su entonces esposa y su hija; la declaración del día de júbilo por los diez años de su intento de golpe de estado; el despido colectivo de trabajadores petroleros con un pito; y, desde luego, la reelección indefinida.

Estos hechos fueron el entrenamiento para que al llegar al punto en que se anunció el cáncer del presidente y, por otro lado, se sugirió la idea de que esto sería una estrategia política, lo segundo era perfectamente creíble y por lo tanto, lo primero, no. Hoy me doy cuenta que a este hombre le pasa algo. ¿Qué que le pasa? No sé, pues aquí no hemos tenido el primer parte médico.  De lo que me ofrecen como posibles explicaciones, me atrevo a creer cualquier cosa.

Hubiese creído que Capriles y Henri no ganaban sus gobernaciones y me costó creer que lo hicieron. Me cuesta creer que Barinas se perdió por cómo 40 votes (quiero decir, por menos de lo que yo esperaba). Me cuesta creer que Fidel Castro se va a morir algún día, como el resto de nosotros y que Chavez no llegará al 2021, pero también me cuesta creer que llegará.

¿Qué por qué se maneja así nuestra política? sucede que los populismos no respetan las leyes impuestas por la razón y la sensatez. Responden a una sola fórmula: Besar niños y abrazar viejitas. Y fingir que todo está bien. Los populistas son como las malas de la novela: sonríe y asiente, sonríe y asiente. No importan los ideales y no importan las consecuencias, importan los votos.

Desde luego a todos los políticos les importan los votos, pero para los populistas son lo único que importa y como un asfixiado buscando aire: se obtienen a costa de lo que sea. Cómo no creen en ninguna ideología, no les importa sacrificar sus ideales.

Necesitamos devolverle la sensatez a la política. Si pudieron los alemanes, ¿Por qué no nosotros? Es por ello, señores y señoras, que confieso ¡y en latín! Mi fórmula para enfrentarme a la política venezolana, ahora más que nunca: de omnibus dubitatum est (hay que dudar de todo), someter todo a la razón. Se viene un 2013 muy interesante en política. Así que ya lo saben: de omnibus du-bi-ta-tum.