Miedo mamá

problem child

Por lo general, No quiero tener niños, salvo en las ocasiones en que caminando por algún parque me topo con una pequeña de cabellos largos, o cuando en algún autobús veo a un adolescente leyendo un libro.

Tan es así que no quiero tenerlos que he pensado: Ziana si fuese niña, porque significa valiente y Arcadio, como mi abuelo, si fuese varón. La gente que sí quiere tenerlos, así: “una hembra y un varón, la parejita”, como por ejemplo mi novio, mi exnovio y el que vino antes de él, en fin, que ese tipo de gente tiene en la cabeza la publicidad de Honda o de cualquier otra marca de vehículos, con los niños sentados sonrientes en el asiento trasero y unos padres tomados de la mano mirándose con satisfacción, mientras el padre conduce por una carretera sin tráfico. Tengo en la cabeza yo algo muy distinto: un chico sentado frente a mí, con un piercing de 3 centímetros de diámetro en la oreja derecha y algún tipo de modificación corporal en los brazos y su novia, tatuada de la gargantilla a la coronilla y yo sin poder ponerle el dedo a qué cosa es lo que no me gusta de todo aquello. Sintiéndome terrible por rendirme a los estereotipos, diciéndome a mí misma mi discursito sobre que cada quién puede hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, pero conteniendo con dificultad una inminente reacción de repulsión por los dos jovencillos. El chico es mi hijo, digamos que mi primogénito, para agregar una nota Tchaikovskiana a la escena.

Que no es que me moleste el ocasional tatuaje de luciérnaga o de signo maya en algún lugar donde no pega el sol, y me llevo bien con el chico todo tatuado sentado a mi lado en el metro o recomendándome un libro de ficción en la biblioteca, pero sé que por una razón tan superficial como la estética no me encontrarían a mi yéndome a casa con ese chico después de una noche de copas. Y es que todavía podría soportar a un adolescente delgaducho con un túnel de un centímetro de diámetro en la oreja, pero la imagen de un chico fortachón, tatuado, rockero es de una masculinidad que siento que me agrede aunque no me toque.

Me atemoriza la idea, retirándonos ya de la situación anterior, de una veinteañera con cara de niña y falda debajo de las rodillas, camisa blanca abotonada hasta ahorcarse, suéter azul, que me habla de sus planes de unirse a una secta mega cristiana de derechas que prohíbe los trasplantes de órganos y niega la evolución. Y yo ahí, con mi ejemplar de psicología de las religiones escondido bajo el sillón intentando explicarle a mi hija –digamos otra vez que mi primogénita- las inconveniencias intelectuales de tales grupos sociales.

Me desanima incluso la idea, ahora que vivo en Londres, de un inglesito de valores intachables que en su adultez no sepa suficiente español para leer este artículo. Que no baile, no lea a García Márquez, y que vea en los inmigrantes una incomodidad necesaria para los trabajos más duros de la sociedad.

Opinará el lector que estos miedos son inocentes, por no decir irracionales, porque a los hijos los ha criado uno y la manzana no cae muy lejos del árbol. Y responderé que soy de la opinión de que eso de la crianza de la prole tiene mucho de coartarle la libertad a otro, de “esto no porque lo digo yo”, y que la carencia de explicaciones ha sido la marca esencial de la mayoría de las relaciones paterno-filiales que yo conozco. Y me parece que quizás, tenga que ser así. Que si no me quiero sentar a la mesa con la chica de cara de tinta que no usa productos de aseo personal como protesta política contra la P&G, tengo que coartarle la libertad a alguien, porque mis razones para la prohibición de tal forma de vida serían las superficiales típicas: la estética, el instinto, el sentido común sin basamento filosófico.

Me parece que admiraría el sentido de identidad del chico tatuado, que anhelaría el proceso de búsqueda de la veinteañera mojigata, la dedicación a los valores de su sociedad del caballerito inglés y que sin embargo no podría contener el impulso de pedirles por favor…y luego exigirles con amenazas, que dirijan el sentido de identidad, la búsqueda espiritual y los valores culturales a algo más a tono con mi propia experiencia. Me aterroriza que un panzón de tres kilos y 50 centímetros puede llegar a convertirse en la persona frente a la cual me deshago de los principios de libertad y justicia, de desapego a tradiciones insensatas que he mantenido toda mi vida. Que no podría decir “vete a tu cuarto sin televisión, ni internet” sin traicionarme a mí misma. Que mi vida con un niño sería un constante debatir posturas políticas simplificadas con un infante que invariablemente me mira con ojos de incomprensión. Y que mis actividades favoritas: leer, ir al teatro, viajar, tomar vino y estar en calma y en paz se verían supeditadas al horario de otro que con todo derecho impone sus necesidades frente a mi rutina.

Sin embargo, veo el atractivo de tener una razón para entrar a las jugueterías, de tener la obligación de repasar todos los libros infantiles y la oportunidad de poner a prueba todas las teorías que llevo años formulando en mi cabeza. Sería agradable tener a alguien a quien acompañar a su primer musical, a quien enseñar las fotos de la familia y a quien cuidar en los viajes al extranjero. Sería bonito, si tan solo se pudiese tener la seguridad, de que la chiquilla a la que le ha dado por cortarle la cabeza a las Barbies no será la próxima asesina en serie.

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