Flojera invertebrada

“Para encender una vela hace falta a lo menos que la vela esté apagada”. De las 84 páginas que componen la edición de España Invertebrada de Ortega y Gasset que sostengo en mis manos, esta frase, que se encuentra en la página 49, es una de las que más ha llamado mi atención.

La vela necesita fuego. Las acciones humanas, ideales. Pero no vivimos en una época de idealistas. En nuestra sociedad la ambición por el bienestar social ha tomado el cariz de lo ridículo, de lo irrisorio.

Si esperas políticos honestos, eres una ilusa. Si esperas una iglesia que reflexione, eres un infiel. Y si quieres una economía justa, sencillamente eres nuevo por aquí. Si exiges eres un idealista, y la nuestra no es una sociedad de idealistas.

Reevaluemos por un momento los discursos que nos rigen. Nuestro presidente enaltece las virtudes de la pobreza; es maravilloso vivir en los arrabales. Nuestros creyentes recomiendan no meterse en cuestiones de teología. Nuestros jóvenes (aunque no todos, en estos si tengo esperanza) denigran la lectura y otras ñoñerías. Se valora la ignorancia. Las faltas gramaticales al hablar son el chiste del día, y denigrar del propio país es el deporte nacional.

¿Qué somos: cínicos o perezosos? El resultado es de cualquier manera el mismo: nos ahogamos en la autoindulgencia y sin embargo seguimos adelante y, algunos, hasta nos implicamos en causas nobles. Votamos, apadrinamos un niño y ayudamos a la vecina con las bolsas del mercado. Somos buenos. Y acabaríamos con el hambre del mundo, siempre y cuando no haya que despertarse el sábado por la mañana para hacerlo.

Pero hasta eso haríamos si consiguiésemos algo que importarse lo suficiente. Tenemos a nuestro alrededor demasiadas de estas cuestiones importantes. Pero hemos votado, alimentado y dejado de dormir tantas veces sin resultados positivos que ya no vale la pena.

Lo que sucede es que a alguien se le olvidó darnos un dato: los ideales son, por definición, inalcanzables. La desilusión es tan parte de la lucha como la espada. Y sin embargo, nada puede hacerse sin ideales que potencien nuestras acciones. He aquí la cuestión: no son alcanzables, pero son infinitamente aproximables.

La libertad, igualdad y la fraternidad,  la compasión, el respeto por la vida y la integridad. Los ideales son el combustible que permite arriesgar la vida, el sueño y la alimentación por una causa mayor. No son los sueños, son los ideales. No es la casa con piscina y Brad Pitt incluido, sino la creencia en que el trabajo duro es recompensado.

Para sumar a esto, algún vendedor interesado nos dio en oferta la idea de que eramos libres para hacer lo que quisiéramos  Esto no es exactamente cierto. No somos libres para hacer lo que queremos, somos libres para hacer lo que debemos. Si nos provoca acostarnos con el novio de la vecina, debemos recordar que no somos libres para hacer lo que nos da la gana sino para escoger lo que es más sano, moral y conveniente. Discúlpame si esta revelación arruina tus planes de esta noche.

Y es que ningún deber cumplido por obligación tiene el valor del que se cumple porque se acepta libremente la tarea. Somos libres para darnos cuenta de las necesidades sociales y para suplirlas.

Es fácil ver como una sociedad cuyos individuos se rigiesen por códigos de honor fomentaría la seguridad y la confianza. Desde luego, para que las cosas funcionasen así habría que agregar la regla de oro: “haz a los demás lo que te gusta que te hagan a ti”. Y fomentar la reciprocidad: “ojo por ojo”, no en el sentido de la venganza, sino de la justicia.

Una sociedad tal es inalcanzable, pero también es infinitamente aproximable. La aproximación depende del esfuerzo que se haga.

Yo reivindico que no somos flojos, no somos cínicos. Lo que parece pereza es una máscara tras la que se esconde una profunda carencia. No comprendemos el por qué de nuestros deberes, no nos hemos apropiado de nuestras responsabilidades. Si lo hiciéramos seríamos unos cohetes, pero sencillamente carecemos de las ideas con los cuales dar fuego a nuestras acciones.

Es más fácil levantarse temprano por la mañana o dejar de salir con tu novio si se hace por una idea de bondad o por el bienestar de un hijo y no porque es una obligación que infringe sobre nosotros la terrible sociedad. Entonces, no es solo que no hayamos encendido la vela que imaginó Ortega y Gasset. No nos hemos dado ni tan siquiera cuenta de que está apagada.

En nosotros mismos están las capacidades, en la historia están la ideas y en nuestras comunidades están las razones. Nos falta unir estas tres cosas para que nuestros sacrificios cobren sentido.

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