Venezolanos haciendo algo

Venezuela es un país relativamente pequeño: 31 millones de habitantes, lo cual no es demasiado si se lo compara con otros como México de 119 millones o Francia de 66 millones. Es por eso que siempre me da un no-se-qué de sorpresa cuando me topo con algún otro venezolano. Tengo la idea de que conformamos una ínfima minoría planetaria y que además estamos poco esparcidos por el territorio global. No hay ciudad en el mundo que no tenga un restaurante mexicano, un bar irlandés y un sushi bar. En cambio, creo que la presencia de areperas y restaurantes venezolanos se limitaba, hasta hace poco, a pequeñísimos lugares en algunos de los grandes receptores migratorios, como Miami, Nueva York o las Islas Canarias.

En fin, siempre tuve la sensación de que cuando decía que era venezolana la gente no sabía de qué les estaba hablando; sensación que venía amplificada por la ignorancia geográfica de la gente de los países que yo más comúnmente visitaba. Una de mis diversiones cuando vivía en España era inventar datos geográficos absurdos sobre países africanos, asiáticos o del cono sur y ver cuáles eran los límites de la credulidad de mis interlocutores. Un amigo de Guinea Ecuatorial me comentó como convenció a un conocido de que el plato típico de su país era feto de rata y luego se divertía preguntándose si realmente sería viable cazar y cocinar tal cosa, suponiendo que se descubriese que tiene importantes propiedades proteínicas.

Siempre pensé que daba lo mismo decir que era de Narnia o de Utopía que decir que era de Venezuela, nadie podía ubicar a ninguno de los tres en un mapa. Pero creo que este hecho está cambiando, los venezolanos nos estamos esparciendo y no se debe sólo a un fenómeno de diáspora. De hecho es una expansión que no depende, o no solo, de la presencia física sino de una presencia que podría llamarse creativa o intelectual. Y no es nuevo esto de que los venezolanos tengan presencia internacional: Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Andrés bello, por ejemplo. América Latina no sería la misma sin este cacho de tierra en forma de elefante que es mi país.

Después de Chávez la gente comenzó a conocernos un poco más. Si no le vamos a reconocer nada mas, hay que aceptar que nos puso en el mapa de lo que era políticamente relevante, para bien o para mal. Recuerdo que cuando viajé a Turquía todos allí querían saber nuestra opinión sobre la revolución, pero parecían quedar decepcionados con cualquier respuesta que diésemos a favor o en contra. Desde ese momento yo concluí que si alguien parecía saber algo de Venezuela era porque sea persona estaba políticamente informada. Nuestra relevancia se limitaba a la lista de lugares políticamente interesantes y socialmente complicados.

Pero de nuevo, las cosas cambian. Y siempre está bien que a uno lo conozcan por quién uno es y no por quién a uno lo gobierna. Además los venezolanos somos más complejos que la derecha y la izquierda. Somos más bien una especie de laberinto que pierde el sentido hacia los extremos y vuelve a encontrarlo cerca del núcleo y si los chinos ya no lo hubiesen hecho, nosotros hubiésemos inventando el ying y el yang dentro de unos añitos. Algunos podrán pensar que somos una nación demasiado ocupada políticamente; pero la verdad, aún nos da tiempo a más.

Por ejemplo, hace mucho tiempo que sigo en YouTube un canal que se llama minutephysics y desde luego asumí que pertenecía a algún estadounidense, lo cual era obvio porque los videos están en inglés americano. Hace un par de días aparece en mi feed un video de este canal sobre la situación en Venezuela y me llamó mucho la atención que un americano con talento para explicar conceptos científicos complicados decidiese dedicar un video a mi país. Si no hubiese sido por este video nunca me hubiese enterado que la persona que realiza los dibujos para ese canal que llevo meses siguiendo es un profesor universitario de Ciudad Guayana. La sorpresa fue grata, algo así como cuando una vez caminando por Boston, me topé con un lugar que vendía Malta Regional.

Hace unos días me estaba comunicando con una Bloguera que dirige una nueva revista (que esta genial) y al comentarle que era venezolana me dijo que el chico que realizaba los diseños para la revista era caraqueño “¡que fino, vale!” La verdad me pareció un descubrimiento feliz porque la revista me había gustado mucho y si se puede sentir pena ajena ¿Por qué no orgullo ajeno?

Esa misma semana estaba buscando un cuarto para rentar en Londres y vi uno cuya decoración era muy agradable, con unos dragoncitos de origami colgados en el techo de la pequeña sala. Aunque no estaba en una zona que me conviniese, decidí mirarlo un poco más. Para mi sorpresa, el apartamento pertenecía a dos chicos venezolanos que buscaban una tercera persona para vivir. Me gustó el hecho de que justo ese apartamento hubiese llamado mi atención.

Sé que hay algunos connacionales que no sienten esta especie de concomitancia. Que ven la chaqueta de la bandera en una calle de Barcelona o de París y cambian de acera, y no lo voy a criticar. Pero yo por el contrario siento una conexión que se extiende a todo lo que es latinoamericano. Escuchar a un par de colombianos basta para hacerme sentir en casa cuando estoy por otros derroteros y ¿Qué se yo? Haberme enterado por casualidad que tres cosas que me gustaron eran hechas por venezolanos me hace sentir bien, aunque no sea nada excepcional. Y sobre todo me hace pensar que debe haber millones de cosas más, que me gustan y que las hacen venezolanos, y yo aquí pensando que las hacen los chinos.

 

Lo que es un mal día

En la vida hay eventos malos: la muerte de un familiar, los divorcios, los abortos espontáneos… que empañan nuestras tranquilas existencias. Para un latinoamericano esos eventos incluyen golpes de estado, protestas estudiantiles y viernes negros; son eventos que nos arruinan una velada, un mes, nuestros planes para las vacaciones o -porque a veces llega a eso- nos determinan para toda la vida; de todas formas son eventos puntales, aunque nos empañen toda la semana, lo malo son solamente ellos.

Pero ayer yo tuve lo que se puede tildar de un verdadero mal día; ni un evento político, ni cultural, ni natural preciso, sino un desfile de calamidades que me tocó ver desde la ventana. Y como siempre, las causas hay que empezarlas a buscar en el pasado; desde hacía unos días, debido al cierre por asamblea del colegio de médicos, me suspendieron el taller de cuantacuentos (¡oh!, perdón, narración oral)  al que asisto todos los miércoles y que es el vaso de buen vinotinto en la bañera de agua helada que son siempre los miércoles. Además, desde la semana pasada se vienen dando protestas estudiantiles.

Todo el mundo sabe que lo mejor con los estudiantes es dejarlos protestar, gritar consignas, quizás, si tienen razón (y a veces aunque no la tengan), hacer concesiones. De aquí a Pekín todos sabemos que cuando se trata de los estudiantes de universidades públicas, bajo absolutamente ninguna circunstancia es legítimo sacar una horda de militares armados, una tanqueta y agredirlos. Esos chamos tumban gobiernos, esos chamos destruyen edificios, esos chamos son jóvenes y son muchos y, por lo general, algo de razón tienen. Lo mejor es dejarlos que protesten, tranquen calles y se vayan a su casa cuando estén cansados. Nada les da más energía que lanzarles una lacrimógena y nada está peor visto en la prensa internacional. Pero el gobierno de Venezuela está demasiado absorto en sus propia corrupción como para reconocer esas verdades que todos sabemos. Además, la protesta en cuestión les sirve para desviar la atención de sus seguidores del tema de la devaluación y la escasez, entre otros. Y todo esto me sitúa en el día de ayer, miércoles 19.

Tenía previsto despertar a las 7, pero a las 6:40 sentí que me movían la cama (y no, no es lo que están pensando), se trataba de un temblor de magnitud 5,2 en la escala de Ritcher. Calculo que duró unos siete segundos, pues me dio tiempo de despertar, correr a la puerta, llamar a mi madre y aún temblaba. Para las nueve de la mañana ya había habido 3 réplicas del temblor y en otros asuntos, se había muerto Simón Díaz. Para mí, Latinoamérica es comer frijoles con carne y tomar papelón con un garoto mientras leo un libro de Beatriz Sarlo o Cien Años de Soledad y escucho a Simón Díaz cantar un tango (si alguna vez se cumple el sueño de una unión latinoamericana de naciones, esto tiene que estar en el himno). Pues sí, murió tío simón y con él se acabó una era… una era que podríamos denominar “Venezuela es mejor que Nueva York”.

Simón Díaz

  Mientras almorzaba, leí en twitter que había muerto Génesis Carmona, una Miss (porque si no, no sería Venezuela) herida en la protesta del martes. Lo lamenté mucho, por las razones obvias – esta pérdida es otra tragedia- pero además, porque si se liga esto a la anterior de Mónica Spear, adquiere una significancia diferente, ya que los concursos de belleza son prácticamente el deporte nacional y son, aunque a algunos les guste negarlo, un componente de la identidad nacional. Es decir, la identidad nacional recibió un balazo, lo mismo que las “Misses”.

Génesis Carmona

Sin nada que poder hacer en la tarde, con la universidad (donde trabajo) cerrada y sin taller de cuentería ni poder salir a la calle por el peligro que representaba, me acuartelé en mi casa a repasar algunos contenidos de una materia que vi cuando estudiaba (el ensayo en América Latina) y a escribir por whatsapp a mis conocidos y recibir de ellos noticias de lo que pasaba en las diferentes zonas de la ciudad.

Para cuando cayó la noche, la calle estaba tranquila, desierta. Los manifestantes se habían concentrado a unas 10 cuadras de mi casa y aquello, me contaba uno de mis mejores amigos, mientras me escribía mensajes en los que me trasmitía su miedo, se convirtió en una zona de guerra que el comparaba con la de Siria y otra amiga con la Alemania de la postguerra. Las balas rebotaban en la pared de su casa; desde un tanque de guerra un militar con altavoz gritaba que iba contra todos, que se fueran a sus casas; desde los edificios se daba refugio a los manifestantes y la sobrina pequeña de mi amigo tuvo que subir a la azotea para no respirar los gases tóxicos.

Yo veía en la televisión el discurso aprendido, repetido, carente de sentido de nuestro presidente, que consiste sencillamente en repetir la palabra “fascistas” (sin que aplique realmente a la situación) unas quinientas veces y hablar de un socialismo en el que todos sabemos, el gobierno no cree, en desviarse del tema de la corrupción y desmentir lo que de todas formas sabemos que sucede.

No fui a las protestas puesto que desde el principio me pareció una convocatoria desorganizada que podía salirse de las manos. Y porque no apoyo la salida del gobierno por una vía no democrática, cosa que estaba implícita en algunos de los llamados. En cambio quisiera que el gobierno se hiciese de una vez responsable y dejase de culpar a una “élite” que hace quince años no gobierna y para nuestra sorpresa nada ha mejorado. Por un lado dicen que tienen todo el poder y por otro que no pueden hacer nada porque este enemigo imaginario que es la derrocada oligarquía, no se los permite.

Después, vi un programa especial sobre la vida de Simón Díaz y a las doce de la noche decidí despedirme de los distintos grupos de whatsapp en los que estoy e irme a dormir. Escuché, para aclarar mi mente y olvidarme de las 24 horas anteriores, la historia de Iván el Terrible contada por Diana Uribe… Así habrá estado el día, que Iván el Terrible sirvió de canción de cuna.

Iván el terrible

El día que Google me llevó a conocer la modernidad

(post invitado escrito por Ernesto Yepez)

Durante una entrevista dada por Gabriel García Márquez a la Radio Cultural de Caracas , el Premio Nobel describió el origen de la primera frase del libro 100 Años de Soledad. Un comienzo cautivador a una historia muy interesante, escuchar esta radiodifusión genero dos efectos en mi, el primero fue el que me llevo a la obra maestra del colombiano  y admito que esta obra me gusto pues me permitió conectarme con mi abuelo a quien conocí poco menos que a mi padre. El segundo efecto fue que comprendí que para dar a entender una idea a veces ayuda acompañarla de una historia.

​​ Mi abuelo paterno en pocas y gentiles palabras era un hombre de su generación(uno no debe hablar mal de los muertos). Nacido a principios de siglo 20 en el Tocuyo, Venezuela nunca fue para mí más que un pintoresco y folclórico señor con su sombrero, pantalones de caqui y bastón de madera, profundamente lleno de defectos del que solo escuche historias de segunda mano, solo tengo de el pocos recuerdos de niño.

De estas historias nunca dichas, puede saber de su machismo , predilección por el alcohol y la violencia que generalmente los acompaña , hoy puedo inferir que maltrataba a mi abuela( madre de sus 5 hijos), Esto ocurrió por supuesto hasta el día que mi padre fue lo suficientemente mayor para hacer algo, asumir el rol de sostén de familia, trabajar desde la adolescencia más temprana, sacrificando sus estudios para ayudar a sus hermanos, hasta el sol de hoy ninguna de las partes involucradas reconoció la palabra maltrato .A mi padre en cambio lo conocí más que a mi abuelo, sin embargo siento aun que fue poco, lo vi todo solo con los ojos de niño, y al igual como mi visión sobre mi madre cambio al hacerme adulto sé con el habría pasado lo mismo de haberlo conocido un poco más pero de algo estoy seguro, mi padre era incapaz de ser físicamente violento conmigo o con mi madre y era un esfuerzo consciente de su parte, un intento de ser mejor que lo anterior, de no repetir esos errores, se empeño en que yo estudiara y se enorgullecía del precoz interés en la lectura e historia que mi hermano y yo mostramos, me enseño muchas cosas y le faltaron otras tantas pero entiendo hoy que con su ejemplo me dijo: deben ser mejor que yo…

El otro día una chica muy agradable, ¡una buena muchacha!, con la cual no existió necesidad de pedir el número, aunque le hable más de 10 segundos , me hizo una pregunta de esas profundas , quizás fue la situación o la cerveza pero me dejo desconcertado y no pude responderla en ese instante, no a la extensión del discurso ya preparado por mí para tales e inesperadas situaciones. He aquí mi respuesta pensada y no dicha “Tratar de cambiar el mundo, para mejor (Léase con voz y música dramática)”

Quizás es difícil de entender esto de cambiar el mundo, dirás probablemente no es posible, cada quien tiene sus motivos, en mi historia comento solo algunos de los míos. Los cambios se logran tanto por la obra excepcional de hombres geniales como la suma de las pequeñas obras de hombres ordinarios. La motivación que da no poder cerrar los ojos a un mundo que sufre y el deseo de querer ser mejor cada vez, como ciudadanos, de cambiar, es una fuerza poderosa. Lo admito, soy un idealista y en este mundo no hay espacio para nosotros. Sin embargo no dejaré de serlo, mi propia naturaleza no me permite dejarlo, aún siendo consciente de lo imposible de la lucha, sufriré las grandes derrotas y saborearemos las pequeñas victorias(por favor reproducir música al gusto).

La autora de Urbe18 me reto a escribir este siendo generoso con la palabra, artículo, Yo para evitar anquilosarme en mis maneras lo hice, del pasado aprendemos, el presente lo vivimos, pero el futuro no esta hecho y eso es una atemorizante y obvia revelación.

Una detallada revisión de este “artículo” dejara ver como se entrelaza lo que quiero decir con lo ya se ha dicho en Urbe18, porque allí (aquí) se habla desde un espacio muy honesto y personal que ha cautivado mi alma idealista, es un espacio donde se pueden hacer esas pequeñas cosas para cambiar el mundo, para ser mejor y creo todos debemos subirnos en este propósito.

Epílogo

El mundo ya cambio, me gritan desde el ciberespacio se actualizó a la versión 2.0, ahora tenemos ayuda en esto de nadar contra corriente, esta twitter, Facebook, la educación en línea ,el Internet como una biblioteca de conocimiento siempre creciente, nosotros los soñadores ilusos no podemos esperar a ver la versión 3.0, mas justicia, mas igualdad pero hasta que llegue seguiremos encontrando en Urbe18 una voz suave pero firme que promueve  el cambio,que trabajaa por ese terrible ideal de un mundo mejor.

Muy segura

Me paro en medio de la calle con mi celular en la mano, la cámara lista, camino hacia la esquina, doy vuelta a la cuadra y en el trayecto hablo con algunas personas. Podría estar describiendo una escena sobre cualquier chica, cualquier día en cualquier lugar del mundo.

Más tarde, mientras estiro mis dedos a las 8:40 de la noche, con una olla en una mano y una cuchara en la otra, analizo los eventos de un día que empezó “excesivamente normal” y culminó en cansancio.
A las 10:00a.m. recibí el mensaje de que el mundo vendría para mi cuadra. A la 1:00 de la tarde se escuchaban las frases de protesta y el himno nacional que se dirigían al Consejo Nacional Electoral (CNE). Mi favorita:

“no nos da la gana,
no nos da la gana,
de una dictadura,
como la cubana”.

A las 2:00 forcejábamos contra los militares para ganarnos el derecho de estar en la acera, ellos exigían que nos quedásemos dentro del edificio (nuestra propiedad privada)… vaya socialistas. Yo, celular en mano, leía los tweets que me informaban de lo que sucedía más allá de mi calle, todo traquilo.

Barquisimeto Frente al CNE

A las tres, corrimos a protegernos de las primeras balas y bombas lacrimógenas que anunciaban el cambio de lo pacífico a lo perturbador. A las cuatro vi la proclamación de Maduro. Subí a la azotea con mis vecinos y vi como la manifestación continuaba.

Manifestación desde la azotea

A las 6:00 hice un recorrido por la ciudad. Los cauchos quemados nos indicaban que debíamos cambiar de camino; las gorras tricolores, que teníamos aliados. Los militares, que necesitaremos buenos mediadores. Desde mi ventana seguía viéndose a la autoridad que evitaba el paso de los manifestantes, y se escuchaban perdigones, bombas lacrimógenas y otras armas que competían con las piedras y los cauchos de los estudiantes.

Militares frente al CNE, Barquisimeto

La pobreza ha aumentado, haciéndole la competencia a la inseguridad. Mientras que virtualmente todos los países de la región van progresando, nuestra universidad pública carece de recursos monetarios necesarios para impulsar el talento humano que no le falta. Y los riquitos que nos gobiernan no saben cuánto cuesta un paquete de arroz… importado, porque aquí no se produce.

Al volver a mi casa, esperé que iniciara el cacerolazo; como dicen los british: history in the making. Recordé los eventos del día. Calle y celular en mano. Efectivamente fue un día fuera de lo normal, porque al verme allí, tomando fotos de los protestantes, pensé que ningún otro día me hubiese atrevido a sacar el celular en esa calle, donde me han “atracado” dos veces…

Celulares en la manifestación

Mientras que el gobierno dice que el país marcha muy bien… Hoy los venezolanos, por primera vez en muchos años, nos sentimos seguros… de algo.

Los neopopulismos latinoamericanos. Caso Venezuela= un entrenamiento en incredulidad.

El término ‘neopopulismo latinoamericano’ no es cosa mía, es un robo terminológico del cual soy la perpetuadora y cuya víctima es el intelectual argentino Juan José Sebrelli, a quién se lo escuché en una entrevista a propósito de las relaciones Hugo-Cristina-(Barcelona).  Lo que planeo hacer en estas breves líneas es exponer como los neopopulismos LA juegan con los sentimientos de sus fieles opositores y nos someten a un constante “te creo, no te creo, te creo, no te creo”. No se alarmen, en este breve artículo no planeo hacer un análisis político-sociológico del gobierno venezolano y del curso que económica e ideológicamente ha de seguir durante este periodo presidencial, predicciones incluidas. Esto es en cambio un Mea Culpa público, un momento de confesión frente a mis prójimos (ejem, los lectores).

¿Se acuerdan que hace un poco más de un año tuvimos las primeras noticias sobre la enfermedad del presidente Chavez? Yo fui una de esas personas que creyó que era (inserte voz de aló ciudadano aquí) una mentira más. Fui una crédula como cuando pensé que Capriles ganaría las elecciones (inserte cara de Érica tipo 11 aquí). Y ayer, durante las elecciones de gobernador pensé que Táchira y Mérida eran cosa segura. Es más, cuando vimos los resultados de las presidenciales mi madre no comprendía por qué a los gochos se les llamaba brutos…. Son los venezolanos más inteligentes del mundo.

La primera pieza del rompecabezas de la incredulidad fue la escena ocurrida durante la visita del para entonces presidente de China, durante la cual Chávez sacó una perinola y comenzó a jugar -irrespetando las normas más básicas de comportamiento diplomático-. De ahí, en picada. Puedo mencionar los comentarios de corte sexual sobre su entonces esposa y su hija; la declaración del día de júbilo por los diez años de su intento de golpe de estado; el despido colectivo de trabajadores petroleros con un pito; y, desde luego, la reelección indefinida.

Estos hechos fueron el entrenamiento para que al llegar al punto en que se anunció el cáncer del presidente y, por otro lado, se sugirió la idea de que esto sería una estrategia política, lo segundo era perfectamente creíble y por lo tanto, lo primero, no. Hoy me doy cuenta que a este hombre le pasa algo. ¿Qué que le pasa? No sé, pues aquí no hemos tenido el primer parte médico.  De lo que me ofrecen como posibles explicaciones, me atrevo a creer cualquier cosa.

Hubiese creído que Capriles y Henri no ganaban sus gobernaciones y me costó creer que lo hicieron. Me cuesta creer que Barinas se perdió por cómo 40 votes (quiero decir, por menos de lo que yo esperaba). Me cuesta creer que Fidel Castro se va a morir algún día, como el resto de nosotros y que Chavez no llegará al 2021, pero también me cuesta creer que llegará.

¿Qué por qué se maneja así nuestra política? sucede que los populismos no respetan las leyes impuestas por la razón y la sensatez. Responden a una sola fórmula: Besar niños y abrazar viejitas. Y fingir que todo está bien. Los populistas son como las malas de la novela: sonríe y asiente, sonríe y asiente. No importan los ideales y no importan las consecuencias, importan los votos.

Desde luego a todos los políticos les importan los votos, pero para los populistas son lo único que importa y como un asfixiado buscando aire: se obtienen a costa de lo que sea. Cómo no creen en ninguna ideología, no les importa sacrificar sus ideales.

Necesitamos devolverle la sensatez a la política. Si pudieron los alemanes, ¿Por qué no nosotros? Es por ello, señores y señoras, que confieso ¡y en latín! Mi fórmula para enfrentarme a la política venezolana, ahora más que nunca: de omnibus dubitatum est (hay que dudar de todo), someter todo a la razón. Se viene un 2013 muy interesante en política. Así que ya lo saben: de omnibus du-bi-ta-tum.